REFLEXIÓN

De la guerra y la paz: Luis Antonio Pereira Sánchez

Luego de la II Guerra Mundial, los aliados vencedores propusieron la creación de un cuerpo internacional con el fin de impedir futuras guerras (objetivo que no logró la Liga de Naciones), naciendo así la Organización de Naciones Unidas (ONU). Hoy vemos que la ONU tampoco ha sido capaz de cumplir esa meta de la paz mundial, con conflictos permanentes ya sea entre naciones como Israel y el pueblo palestino, o internos, como el caso más reciente de Siria. No sé si esto será un motivo para salirnos de dicho ente, por inoperante y costoso, pero es importante señalar lo lamentable que es la aparente pérdida de claridad sobre tan fundamental condición.

Un ejemplo emblemático de esta mutación es recogido en la creación de la Constitución de Japón, luego del fin de la guerra. Último reducto de las fuerzas del eje, los aliados y particularmente Estados Unidos (EU) –que tenía sus razones luego de Pearl Harbor– prácticamente impusieron el texto de una nueva Constitución para Japón (y hay archivos de inteligencia ahora desclasificados que así lo demuestran), cosa que no sucedió ni siquiera en el caso de la Alemania ocupada. A pesar de esto, la Constitución recogió en su artículo 9 (aun antes de la sección de derechos fundamentales) la cláusula de renuncia a la guerra, que señala: “Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales”.

Este artículo supone la materialización de este ideario de paz universal predicado por los aliados. Sin embargo, es lamentable que hoy EU, responsable del texto, se haya convertido en uno de los países más guerreristas del siglo XXI en combates que ni siquiera son entre Estados, sino con el fin declarado de combatir el terrorismo, a la manera de una guerra privada. Estas guerras han resultado en un deterioro del estado de derecho, pero sobre todo han alejado al mundo del objetivo de la paz. Parece lamentable que los países aliados que dirigieron este movimiento que nos parecía conducir sin dudas al fortalecimiento de las democracias, la reducción del uso de la violencia, la desmilitarización y el desarme mundial, hoy sean por el contrario constantes violadores de libertades fundamentales, altamente militarizados (con el enorme gasto público que eso involucra) aun con el fin de la guerra fría y tentados por el uso de tecnologías cada vez más invasivas en la vida de los ciudadanos, así como destructivas.

Ciertamente, esto permite apreciar los intereses particulares de estos países, debidamente legitimados con el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, siendo Rusia y EU los que más han utilizado este recurso. Ya sea las acciones indicadas de EU, o su persistente apoyo a su aliado Israel en el conflicto con Palestina, o Rusia en el enfrentamiento en Osetia del Sur con Georgia en 2008 (que ha generado un proceso en la Corte Internacional de justicia) o su veto (junto a China) a la intervención en la hecatombe del conflicto sirio; no son acciones compatibles con la voluntad de paz en el mundo, sino con la mera defensa de posiciones estratégicas.

Más allá de las peculiaridades de cada caso, hay que evaluar los efectos de la guerra, no solo la destrucción económica, sino la pérdida de vidas humanas de jóvenes (incluso de civiles), así como los crímenes y las secuelas que un evento tan traumático deja entre los combatientes; los desplazamientos de refugiados a territorios vecinos, muchas veces en hacinamiento y en condiciones de riesgos extremos, perdiendo además todas sus posesiones materiales y afectivas (como su hogar y la interrupción en la educación de niños inocentes), pero, sobre todo, las heridas invisibles que se traducen en la división de un pueblo, el dolor de las familias y de una generación marcada por la guerra; todos estos deberían ser factores suficientemente disuasivos como para descartar toda guerra.

Teniendo en cuenta lo anterior, tal como la ONU impulsó los incumplidos Objetivos de Desarrollo del Milenio, parece conveniente retomar el esfuerzo para refrendar su misión histórica de la paz mundial, mediante el compromiso de los países de construir Estados democráticos y participativos, respetuosos del derecho de los ciudadanos; que permitan mayor libertad personal, aceptando la diversidad de los asociados, lo que requiere de la garantía de una condición mínima de cohesión social e igualdad material de los asociados pero, sobre todo, de gobiernos que procuren la desmilitarización, garanticen el uso de la violencia como último recurso, y que renuncien a la guerra como medio de solución de disputas, llevando incluso esto último como un compromiso a nivel constitucional.

Así, tal parece que la única forma de lograr una verdadera paz mundial, es aplicando aquel refrán tan conocido en nuestra política criolla: “Poner los intereses de los pueblos, por encima de los intereses particulares”.

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