CÁRCELES EDUCATIVAS

Tu hijo no está mal, el sistema lo está: John A. Bennett N.

José Ferreira, fundador y gerente de Knewton, una empresa con una plataforma que le permite personalizar el contenido educativo, también conocido como “aprendizaje adaptivo”, nos advierte acerca de seguir senderos caducos. Los servicios de Knewton son ofrecidos a través de internet con la colaboración de otras empresas dedicadas al aprendizaje y contenido digital. Ferreira advierte que el sistema tradicional que copiamos de Europa, encarcela a nuestros hijos, por edad, en celdas en las que deben cumplir una condena por crímenes que no han cometido.

En muchos sentidos, la educación que practicamos en Panamá es perversa, rígida, arbitraria e impersonal. El propósito original del sistema fabril que copiamos era uno de reducción de costos, que a la vez le permitiera al Estado adoctrinar a los futuros ciudadanos, según la visión de las oligarquías dominantes. Dicho eso, ahora veamos lo peor de todo el asunto.

En las cárceles educativas fabriles el secreto del “éxito” está en descifrar y adaptarse a la mayor “burrocracia” del planeta, repleta de reglas invisibles, intereses politiqueros conflictivos e incentivos perversos. Todo ello en una línea de ensamblaje malévola que garantiza el retraso y la ignorancia.

¡Claro! Algunos niños logran salir más o menos bien por disponer de personalidades, temperamento y otras cualidades que les permiten prosperar en semejante sistema penitenciario. Pero…¡hay si eres de aquellos que piensan diferente y no les gusta la filosofía del rebaño! O si por naturaleza eres distraído, o si te entusiasmas por las moscas y no por las relaciones con los gringos, estás frito. Son sistemas que no están para sacar el mejor provecho de cada quien, porque ser diferente es malo.

A todo esto, la tecnología educativa ha ido descubriendo mucho sobre las diferencias cognitivas. Como bien lo dijo mi amigo Rafael Spalding: “todos somos inteligentes”, cada quien a su manera. A cierto extraordinario compositor que conozco le cuesta seguir el hilo de una conversación, porque a cada vuelta de idea se va por ese camino, y luego dice algo como: “repite todo lo que dijiste desde…”.

Al respecto, el connotado educador Ken Robinson nos advierte que el síndrome del trastorno por déficit de atención con hiperactividad (ADHD, por sus siglas en inglés) es una “ficción epidémica”. La medicina para el ADHD no es el Ritalin sino un sistema educativo que se adapte a su particular modo de ser; pues en ello está la riqueza humana… en que somos diferentes. Imagínense lo pobre que sería un país en donde solo se vende arroz.

Los camotes no son nuestros hijos, sino quienes los forzamos en un sistema que pretende que todos se amolden; mientras que en otros lugares surgen sistemas capaces de adaptarse a cada estudiante, según sus inclinaciones y potenciales. Si su hijo fracasa en matemáticas, no corramos a culparle y tacharlo de bruto. A todo esto, no medimos el daño que le hacemos; no los preparamos para el futuro que se nos viene encima.

Ya en Estados Unidos vi un robot que se vende por $25 mil, que no requiere programación tradicional, ni pide vacaciones ni décimo, etc. Y les aseguro que dentro de unos años más lo podrás comprar por $1,000 o menos. Pero más allá de todo eso, el peor daño que dispensamos alegremente es ir contra la autoestima. No son los jóvenes los fracasados, somos nosotros.

Y entonces están los educadores a quienes acusamos de ineptos, sin entender que los maestros no son el sistema. Muchos se la pasan luchando contra este. Y sí, muchos otros se especializaron en ordeñarlo porque para ello fue diseñado. ¿Pero qué podemos cosechar, cuando sembramos espinosas dormideras?

Cerremos el Ministerio de Educación y démosle los fondos a los padres que los necesitan, por medio de una cuenta de ahorro y tarjetas de débito y veremos que el dinero sobra, así como buenos educadores. A esto se le llama sacar a los politiqueros y promover la acción independiente ciudadana. Lo único malo de esto es que muchos le llaman “privatización” y eso ¡jamás! Imagínense, ya no más huelgas, cierre de calles, tiradera de piedra, fibra de vidrio, contratos amañados, etc. ¡Qué horror!

En un mundo en el que creamos más información –cada dos días– de lo que se creó en toda la historia humana, resulta espeluznante que aún apadrinemos formas caducas y corruptas de educar. Es más, ya en Estados Unidos hay escuelas en donde los niños escogen qué quieren hacer, cuándo y cómo lo harán. Vayan a ver los resultados y quedarán sorprendidos.

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