REFLEXIÓN

El mensaje del Nazareno: Alberto Valdés Tola

A través de la historia humana ha habido muchos padres espirituales cuya filosofía, pragmática existencial, ética y teológica han transformado, de una manera u otra, las principales concepciones axiológicas y morales de la humanidad.

Uno de estos pensadores universales es Jesucristo, quien propagó hace dos mil años un mensaje de salvación basado en la fe, el perdón de los pecados, la tolerancia, la superación de los placeres mundanos y la redención. Propuesta que, lejos de ser anacrónica o haber sido superada por otros sistemas de pensamiento o ideas trascendentales, cada día se percibe con mayor claridad la necesidad de este mensaje y su eterna vigencia.

Ya lo dijo el maestro: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24:35), y así ha sido desde entonces.

De esta manera, algunos cristianos aprovechan la Cuaresma para meditar y reflexionar las enseñanzas del Nazareno, sacrificar algunas apetencias en clara señal de solemne respeto (no comer carne los viernes, etc.), retiros espirituales, realizar mandas de agradecimiento al Señor por alguna bendición recibida o para purgar algún pecado; además de prepararse espiritualmente para la Semana Santa.

En este sentido, valdría decir que la Cuaresma es un tiempo de recogimiento, al tiempo que una oportunidad espiritual para crecer interiormente para el beneficio personal, familiar y de la sociedad en general.

Recordemos que las premisas de Jesucristo se encuentran orientadas siempre y, principalmente, hacia el amor incondicional al prójimo o a los semejantes. Por esta razón, el perdón, la tolerancia y la solidaridad constituyen el centro de su pragmática de vida.

Por otra parte, el prisma desde donde observó a la humanidad no se fundamentaba en criterios excluyentes (como hacen algunas iglesias), sino, en cambio, de inclusión social; por ende, Jesús no solo conocía la naturaleza y debilidades humanas, sino que no las juzgaba o señalaba como impedimento para alcanzar la buena nueva del reino. Así, se entiende que estuviera casi siempre rodeado de seguidores cuyos estigmas (prostitutas, sicarios, etc.) escandalizaban a muchos de su tiempo.

Como bien dijo el maestro, “los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mc 2:17), de esta manera, también nos enseña lo importante del reconocimiento de nuestras fallas y pasiones, en orden de poder cambiarlas; de este modo, si uno se considera perfecto y sano, no busca el medio para cambiar y se engaña a sí mismo, ya que todos estamos sujetos a pasiones, deseos, etc.

En cuanto a hacer buenas obras o no, se ha hablado mucho; sin embargo, no hay momento en los Evangelios en donde Jesucristo no haya aprovechado para ayudar de facto a alguien desinteresadamente (curación de enfermos, multiplicación de panes, asesoría espiritual, etcétera).

Veamos el cristianismo no solo como una representación colectiva, basada solo en tradiciones, creencias y rituales; en cambio, cristianos o no, empoderémonos del mensaje de empatía colectiva del Salvador, y entendamos a este último, no solo en su carácter divino, sino humano.

Que su sabiduría pragmática y espiritual nos permita replicar sus bienaventuranzas en la realidad social. De esta manera, estaremos cooperando con el advenimiento del reino de Dios en la Tierra.

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