ECONOMÍA

Otra mirada al debate sobre el salario mínimo: Luis García

Nuestro sistema económico es imperfecto, pero mejor que otros. Capitalismo, simbióticamente apareado con la libre oferta y demanda. En consecuencia, sufrimos por el abuso del salario mínimo, que cada vez que sube fastidia a casi todos. Quienes lo ganan, respiran un par de semanas. Los demás no verán aumento, pero también sufren el nuevo costo de vida. La pequeña parte de adinerados no tiene problemas, porque gana mucho más que cualquiera y puede pagar su cena.

Lo obsceno del asunto son las excusas que dan los empresarios para no subir el salario mínimo: que no pueden contratar a personas sin experiencia, si les tienen que pagar más; que tendrán que subir los precios para compensar; que se requiere aumento en la productividad... me indignan. La verdadera razón por la que los precios deben subir es que ellos mantienen a la mayor parte de su personal con el salario mínimo. Y no entiendo la mentira de “para los trabajadores no calificados” o “sin experiencia”, porque después de un año haciendo lo mismo, no puede ser que una persona no sea calificada ni experimentada. Antes de los tres meses ese empleado estaría de patitas en la calle si realmente no sirviera. Está mal que luego de demostrar capacidad y tener experiencia, el salario siga siendo mínimo. ¿No le parece?

Al calor del debate por este mismo tema en Estados Unidos, alguien dijo que la compañía que “dependa de pagar salario mínimo, no merece existir”. Pues bien, cada empresa que incrementa los precios al subir el salario mínimo es una de esas guaridas de explotación, en la que no se valora ni la experiencia ni la capacidad, porque sus empleados ganan solo lo mínimo que la ley obliga, y si encuentran la forma de pagar menos lo hacen. Por inhumanos como esos, debo agachar la cabeza y admitir que no me conviene que suban el salario mínimo. Quiero que las personas ganen más, lo justo, pero me perjudica cuando aumenta. Un alza general tampoco me conviene, porque nuevamente los empresarios harán lo que mejor saben: subir los precios de todo para acomodarse ellos.

Para mejorar la situación, el objetivo debe ser aquello que encarece la vida. ¿Qué le cuesta más a la gente? Comida y vivienda. Los alquileres son un robo: aprovechando que unos pocos (usualmente extranjeros) pueden pagarles las ganas, los arrendadores aniquilan el bolsillo de los panameños. Todos los alquileres deben bajar a un precio razonable. La comida es un asunto más complejo. El productor casi no tiene ganancia, quienes se aprovechan son los intermediarios. No funciona importar comida “más barata” porque la venden cuando menos al mismo precio que la nacional “más cara”. Lo que podemos hacer es exigir transparencia a los comerciantes, para que sepamos, al precio al que se nos vende, cuánto lucra cada uno en la cadena de producción. ¿De qué serviría? Así sabremos por qué el azúcar, un producto nacional, nos cuesta tanto.

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