CAMBIO DE GOBIERNO

Un nuevo país se abre ante nuestros ojos: Grethel Samudio de Aráuz

Siempre he sentido mucho orgullo de ser panameña, de mi tierra, de su gente, de tener el privilegio de vivir en un país en donde una casilla de etnia o religión no existe en un formulario, porque somos realmente un crisol de razas. Y cómo no estar orgullosa de lo que somos, un país lleno de todo en su exterior, y ahora ante una elección sorpresiva, nos damos cuenta de que también tenemos mucho más por dentro que lo que nos damos crédito.

Mucho hablamos del “juega vivo”, del toma lo que te den, de la necesidad, pero ante la apoteósica demostración de nuestro verdadero ADN cívico, hasta el mismo Maslow estaría orgulloso de que en este istmo su pirámide es invertida. Aquí gritamos fuerte lo que somos: Primero la dignidad que el clientelismo; primero la conciencia que el dinero recibido; primero la fe en un mejor mañana que la línea blanca que me dieron por mi voto. Con orgullo, veo un Panamá que yacía oculto ante los muchos que juegan con la necesidad del pobre y quieren comprar el orgullo del ser, esa única característica que nos separa de cualquier otro animal que se vende por comida y que ahora sale a sorprender a todos, y renovar la fe y el orgullo en nuestro hermoso pueblo.

Una vez más reaprendemos lo que es la democracia y volvemos a vivir lo que nos costó. Una vez más cuidamos el voto de eminentes amenazas de bullying, porque ese voto realmente representaba la diferencia entre la libertad de ser y no de sentirte prestado en tu país. Primera vez en 25 años, todos nos involucramos en ejercer nuestro derecho y deber divino. Y no porque nos daría más caudal material hacerlo, sino porque era lo moralmente correcto.

La gente no se dejó engañar por tendencias ni tendenciosos, por caminos y trechos premarcados por aquellos autodenominados líderes de opinión, y creyó en su propia observación, su propio sentir. No fue un borrego que va cabizbajo al matadero, sino un valiente David sin miedo ante una maquinaria goliática que pretendía comprar nuestras conciencias y lavarnos la cabeza hasta el punto de agotamiento y cesión.

Dijimos, alto y claro, hay más en mí que lo que tú piensas, y ahora respondo al reto diciendo a todos mis conciudadanos, ¡Atrevámonos, juntos, a darnos a conocer más! Porque fue este sentido de unión y de patria, esa sensación de comunidad extendida, esa participación cívica activa que nunca había sentido, todo ese sentir es lo que ahora debemos perpetuar no en un momento electoral, sino siempre. Es nuestro derecho exigir, ser oído, reclamar. Los elegidos no son reyes, son sirvientes. Los del poder somos aquellos que ahora entendemos el verdadero significado y peso de la palabra democracia.

Hoy más que nunca es necesario actuar como patriota. Sentir el corazón henchido de ser ciudadano de este hermoso país, lleno de oportunidades, pero así mismo plagado de necesidades del nivel más básico. Es tiempo de unificar la nación en calidad de vida, y hacerla equitativa en su manera de ejercer los tres poderes del Estado de manera separada. Elegimos por primera vez nuevos modelos de líder: Menos políticos antiguos, sangre joven y recta en circuitos que claman que se les escuche, mujeres independientes representando personas sin ataduras y nuevas promesas de gobierno, otras propuestas en circuitos que por décadas fueron representados por las mismas personas sin voz. Alto y claro se le da otro significado a la estrofa que arropa nuestro legado y que nos vaticina “con ardientes fulgores de gloria, se ilumina la nueva nación”.

No puedo terminar sin aclamar, también, a algunos representantes de la vieja clase política, ya que mucho hablamos de todos metiéndolos en el mismo saco representativo, pero esto sería esta vez craso error. En esta contienda, después de meses de campaña sucia, resurgió al fin la gallardía del que pierde con dignidad y el patriotismo del que entiende que es su deber ofrecer sus talentos al servicio de esa misma patria que lo impulsó a tirarse como candidato. Fue una lección de altura, de moral y de civismo, tanto la de ganadores como perdedores, quienes cerraron contiendas abriendo puentes que todos considerábamos quemados. A ellos extiendo mis respetos y profundo agradecimiento, de parte de un país que se encontraba desolado ante tanta negatividad.

Finalmente, una nota de advertencia para aquellos que hoy ganan curules o demás puestos de elección esperando hacer lo mismo para obtener lo mismo. Este es un nuevo Panamá, y estos son nuevos panameños. Aquel que espera que tendrá otro quinquenio antes de caminar y rendir cuentas, está enfilado hacia el fracaso. Aquellos que fueron reelegidos, aprendan de la otra mitad que no lo fueron, y recuerden que podrían ser ustedes. Los tiempos en que el voto era una reflejo subconsciente y donde podíamos programar a las personas a elegir como autómatas una casilla han terminado. Siempre he sentido orgullo de ser panameña, ¡pero nunca más orgullo que hoy!

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