RESPONSABILIDADES.

Para salvar culpas: Berna Calvit

Aunque de nada sirve, me entretiene la idea de pedirle a la NASA que me incluyan en el próximo viaje del Discovery o de alguna nave que parta en expedición hacia la Luna, Marte, o cualquier planeta lejano al nuestro, y me devuelvan a la Tierra el 2 de mayo, un día antes de las elecciones presidenciales para ahorrarme el zaperoco quinquenal que son las elecciones presidenciales en Panamá. ¡Y falta casi un año! Ese día le echaría una mirada a la lista de candidatos para decidir cómo ejercer mi derecho al voto.

Como ciudadana que considera su responsabilidad votar a quien desea llevar al Palacio de las Garzas, no debo mantenerme al margen de la oferta política; mantengo los ojos bien abiertos y las orejas bien paradas para recoger las palabras, las promesas, los proyectos de los candidatos y pre–candidatos, material que agrego a los expedientes que ya tengo en mi archivo mental, documentados debidamente con todos los antecedentes que sirven para calificarlos (o descalificarlos) para el puesto al que aspiran. Pero el caso es que “es bueno el culantro pero no tanto”. Repitiendo a toda hora por radio, prensa, televisión e internet, los de oposición han dicho ya lo que suele decirse en campaña: “Los de ahora no sirven, yo sí; voy a acabar con la pobreza, el desempleo, la corrupción, la impunidad y el nepotismo; y voy a brindar salud, seguridad, buen transporte, educación y trabajo para todos”. Y los que están en el Gobierno, para salir del atolladero dicen “nos hizo falta tiempo pero seguiremos cumpliendo los programas…”. Por esa razón, si hoy me fuera en viaje interplanetario, a mi regreso no encontraría novedad alguna. Me pregunto si somos nosotros, los ciudadanos de a pie, los que hemos hecho de los políticos lo que son; o si es que son ellos los que nos han acostumbrado y convencido de que es así como debe ser; que deben ganar nuestra voluntad con “jarabe de pico”, regalos, castillos en el aire, mentiras que, como la experiencia lo ha demostrado tantas veces, resultan en amargos desengaños.

Un pueblo que deposita su futuro y su bienestar, como lo hace el panameño, en manos de los políticos y los gobernantes se equivoca, y es error que se paga caro; los culpamos de todas nuestras desventuras para no tener que asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde. A pesar de la escasa simpatía que siento por los políticos, el momento actual es propicio para enfrentar una realidad: que a este desbarajuste que estamos viviendo, nosotros, los ciudadanos comunes contribuimos ¡y con ganas! Nos hemos acostumbrado a culpar a los gobernantes por nuestras desventuras. Y en esto incluyo hasta la formación de los hijos en el hogar. Hace unos días una señora mal encarada, de esas que se dice “padre–madre”, defendía a su hijo, pandillero por culpa del gobierno, porque “el pela’o no tiene trabajo”. ¿Culpar al Gobierno por los ladrones que roban los cables eléctricos, las tapas de hierro de las alcantarillas, las tuberías de agua potable? ¿Por el vandalismo vergonzoso de algunos estudiantes del Instituto Nacional; las estúpidas riñas violentas entre agrupaciones universitarias? Un padre de familia llega a la escuela y golpea a la maestra de su hijo, angelito de vocabulario soez y abusador de otros niños ¡y la culpa es del Gobierno! Exigimos un policía en cada esquina, en cada poste de luz, en cada escuela, y en cada milla de carretera donde la velocidad, la imprudencia y el licor, no la ausencia del policía, es lo que generalmente causa las muertes.

¿Qué tiene que ver el Gobierno con los trabajadores que compran certificados médicos para no ir a trabajar, y los doctores que los expiden; con los que se pasan las luces rojas; con los que se conectan ilegalmente a las tomas de agua; que ponen trampas para robar electricidad; con los que descargan la vejiga en las vías públicas? Ejemplos de esta naturaleza sobran. Pero es más cómodo pensar que la solución a este deterioro social es un estado policial, no la corrección de nuestra conducta desordenada y la falta de principios éticos.

Lo que sí debemos reprochar a los políticos es su dedicación a pervertir nuestra formación política al punto de que elegimos y reelegimos nefastos y corruptos individuos que lo menos que merecen es nuestro desprecio. A las autoridades enrostrarles la corrupción; la “paveadera” de los diputados, y ¡encima! pagarles las ausencias; los arreglos escandalosos como los que han hecho con el hotel Miramar y el Club de Yates y Pesca; que dejen sin castigo severo la devastación de bosques y manglares valiosos en Punta Chame y otros puntos, negocios de parientes y copartidarios; que delincuentes de cuello blanco y señoras enjoyadas que roban al fisco no vayan a dar, como merecen, a la cárcel; que las escuelas estén en ruinas y que el sistema de salud sea tan deficiente.

Somos los ciudadanos comunes, a fin de cuentas, los responsables de tantos males por escoger malos gobernantes; porque participamos, por omisión, o por comisión, en el desbarajuste que nos impide ser un mejor país. Por eso creo que es tan acertado lo que dijo George Bernard Shaw: “La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos”.

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