LA VIDA EN MEDIO DE LA GUERRA

Los contrastes de Israel

El Estado judío se debate entre la paz y la guerra, entre la religión y el laicismo, entre la izquierda y la derecha.
El Ejército de Israel custodia los Altos del Golán, cordillera que marca la frontera con Siria. En la cima hay un mirador que permite ver y escuchar los bombardeos en el país vecino, y también un restaurante para refugiarse del sol con una cerveza. LA PRENSA/Luis Burón-Barahona. El Ejército de Israel custodia los Altos del Golán, cordillera que marca la frontera con Siria. En la cima hay un mirador que permite ver y escuchar los bombardeos en el país vecino, y también un restaurante para refugiarse del sol con una cerveza. LA PRENSA/Luis Burón-Barahona.
El Ejército de Israel custodia los Altos del Golán, cordillera que marca la frontera con Siria. En la cima hay un mirador que permite ver y escuchar los bombardeos en el país vecino, y también un restaurante para refugiarse del sol con una cerveza. LA PRENSA/Luis Burón-Barahona.

En los Altos del Golán, al norte de Israel, los bombardeos en Siria son la atracción principal. A lo lejos se escuchan las detonaciones estruendosas, seguidas por columnas de humo que pueden apreciarse mejor a través de los binóculos reservados para los turistas.

En la cima de la cordillera también está el restaurante Coffee Anan, en el que uno puede refugiarse de los estallidos con una cerveza, un emparedado gourmet y música moderna.

Israel está acostumbrado a la guerra; al menos así lo sugiere la escena.

Desde su creación en 1948, el Estado judío tiene una larga lista de conflictos. El del momento es contra Hamas, organización que gobierna la Franja de Gaza desde 2007 y que se ha dedicado a intercambiar sus misiles rudimentarios con proyectiles israelíes de alta tecnología y destrucción.

La zozobra de un ataque inesperado desde la Franja de Gaza, sin embargo, no impide la serenidad en ciudades como Tel Aviv, Kfar Saba, o Sderot, esta última apenas a dos kilómetros del enclave.

Si no fuera por la trascendencia de las noticias de ese conflicto, sería imposible darse cuenta de que hace poco más de un mes la cotidianidad estaba llena de alertas de bomba y carreras hacia el refugio en 15, 30, 60 o 90 segundos. Todo dependía de qué tan lejos estuviese de Hamas.

VECINOS Y ENEMIGOS

Fundada en 1956, Sderot fue concebida como área de paso durante el éxodo de los judíos desde países musulmanes hacia Israel. Su nombre es una palabra hebrea que simboliza el florecimiento del desierto. Tiene calles amplias, con plazas verdes y arquitectura moderna. También cientos, sino miles, de refugios antibombas; es el principal objetivo de los misiles de corta distancia de Hamas.

Nicolás, de 25 años, es un estudiante de comunicación de la universidad Sapir, en Sderot. Prefiere no revelar su apellido por temor a represalias antisemitas contra su familia que vive en Argentina, donde él nació. “Nadie sabe lo que es tener 15 segundos para entrar a un refugio”, dice en una sala de reuniones de su universidad.

Cuenta que varios de sus compañeros reducen su número de duchas durante los conflictos con Hamas para evitar no escuchar la alarma de bombas.

Del otro lado, en Gaza, un territorio de 360 kilómetros cuadrados, no hay alarma que valga. Solo el misil.

Por la cercanía con la zona gobernada por Hamas, el Ejército israelí colocó allí uno de los ocho equipos que conforman la cúpula de hierro: un sistema que triangula dónde caerán los proyectiles gazatíes, y si determina que será sobre una zona poblada, lo destruye en el aire con misiles de alta tecnología.

En 1981, Relik Shafir fue uno de los ocho pilotos que bombardearon y destruyeron un reactor nuclear en Irak. Shafir es hoy uno de los encargados de la cúpula de hierro. Habla un inglés perfecto y le da completa lógica –mediante citas bíblicas- a que Israel gaste miles de millones de dólares en enfrentar el conflicto con Hamas a la fuerza y no con diálogo.

En Israel, la izquierda y la derecha poco tienen que ver con el matiz social latinoamericano. Los de tendencia aspiran a dos territorios para dos pueblos (Israel y Palestina), y los conservadores reclaman la tierra que habitan desde hace más de tres mil años. Shafir es de derecha.

EL DIABLO Y EL MARTILLO

A finales de 2000, una visita del primer ministro israelí Ariel Sharon a la mezquita Cúpula de la Roca, en el Monte del Templo en Jerusalén, fue el último detonante de la segunda intifada. Primero, palestinos con piedras contra armas de alto calibre israelíes; días después, terrorismo contra un ejército. Los judíos aspiraban a caminar sin miedo de morir por culpa de un cochebomba o un chaleco explosivo en un autobús; los árabes anhelaban autonomía.

La ciudad israelí Kfar Saba está casi en el centro del país, muy cerca de Cisjordania, principal territorio palestino con poco más de 5 mil 600 kilómetros cuadrados y una población de 2.3 millones. Qalqilya, ciudad árabe, está apenas a 15 kilómetros de Kfar Saba, lo que convirtió a esta zona en un punto álgido durante la segunda intifada: explosiones, disparos, heridos, y muertes; el cóctel usual de cualquier conflicto.

Sus calles ya pasaron esa página, y el bulevar central despliega todo tipo de comercios y actividades de una ciudad moderna. Su alcalde, Yehuda Ben Hamo, invierte la mayor parte de su presupuesto en políticas ambientales y no de seguridad. Sobre el conflicto, afirma que el ego es el principal error de su país. “Si queremos paz, tenemos que ceder territorios”. Ben Hamo es de izquierda.

Pese a la actitud del funcionario, y la apariencia de las calles, el temor hacia los palestinos es aún palpable. Hasta 1949, Tira era una ciudad palestina. Con la delimitación de la llamada línea verde, quedó del otro lado y se convirtió en una ciudad árabe israelí. Desde la segunda intifada, el popular mercado sabatino de Tira comenzó a perder afluencia. Con cada conflicto, menos israelíes se sienten seguros en sus calles.

Muhammad Mansour, funcionario de la municipalidad, se considera palestino, al igual que su familia que vive al otro lado de la línea verde, en Cisjordania. Aun así, paga a Israel sus impuestos sin falta, agradece su trabajo y elogia la educación. “Estamos entre el diablo y el martillo”, dice.

PEDAZO DE OCCIDENTE

Tel Aviv es occidente puro en el Oriente Medio. Cualquiera podría confundirla con una ciudad de Europa: autos modernos, trajes refinados, bares, cultura, y un centro histórico con precios muy elevados.

Pese a ello, Tel Aviv no es la capital de Israel. La tradición se impuso sobre la economía, y Jerusalén es la que consiguió esa distinción, aun cuando es parte medular en el conflicto entre árabes y judíos.

Jerusalén, con orígenes desde 4 mil años a.C. y conquistada 44 veces por una cultura diferente a la otra, es un territorio en disputa.

Los judíos acuden a la memoria del rey David, los musulmanes a la del profeta Mahoma.

Mientras tanto, en Tel Aviv cualquier frustración se puede resolver con una zambullida en el mar Mediterráneo que bordea la ciudad; o con una cerveza fría frente a los últimos rayos de un atardecer naranja que coquetean con la arena blanca previo a rendirse ante la luna. La buena vida europea.

En el último conflicto con Hamas, en Tel Aviv la vida se mantuvo normal, excepto cuando alguno de los misiles de más inversión salía desde Gaza con esa dirección. Eso, aunque nunca llegaran al destino tras ser interceptados por la cúpula de hierro. Por ello hay pocos refugios, más que nada para protegerse de la basura de los cohetes que explotaron sobre sus cabezas.

En Tel Aviv, árabes y judíos interactúan con normalidad, como si el conflicto por tierra no existiese.

Por las noches, eso sí, los palestinos regresan a sus comunidades en Cisjordania luego de pasar uno de los puntos de control con los que Israel domina su frontera. Ese territorio está dividido en tres zonas, dos en las que el Gobierno judío tiene injerencia y regula seguridad y otros servicios.

La mayor parte de la frontera está delineada con una cerca electrónica que avisa a los palestinos cuando están muy cerca; una muralla de nueve metros de altura separa los lugares de mayor densidad y beligerancia, como es el caso entre Kfar Saba y Qalqilya.

Entre las ciudades de un lado y el otro, empero, no hay mayor diferencia, salvo alguna medialuna islámica que sobresale entre los edificios, o el color de los tanques de agua en el techo: negros en las casas palestinas, blancos en las judías. Una ironía que resume el conflicto a solo dos colores.

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