DONOSO. lA migración INDÍGENA REVELA UN DOLOROSO DRAMA.

Los sueños de dos amigas

Muchos ngäbes llegados a Donoso practican la minería artesanal, con la cual obtienen algún dinero para alimentos y vestidos en su lucha por la vida.

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Para las mujeres originarias, el río es un consuelo para su permanente pobreza; un escenario en que sus hijos también pueden entretenerse. Para las mujeres originarias, el río es un consuelo para su permanente pobreza; un escenario en que sus hijos también pueden entretenerse.
Para las mujeres originarias, el río es un consuelo para su permanente pobreza; un escenario en que sus hijos también pueden entretenerse.

Llegar a la comunidad de Nueva Lucha, en las montañas del distrito de Donoso, provincia de Colón, no es nada fácil.

En su exuberante y apabullante vegetación se esconde una comunidad integrada por una población inmigrante de indígenas de la etnia ngäbe buglé.

Llegaron hace unos años a Donoso procedentes de las provincias de Veraguas, Chiriquí y del sur de Costa Rica, en medio del auge de la industria minera en el área de la que se extraen minerales preciosos como el oro.

En la actualidad, la comunidad de Nueva Lucha la habitan 350 individuos, entre niños, adultos y ancianos.

Minería artesanal

En la provincia de Coclé, el gramo de oro para su venta alcanza los $28, refiere Anastacio Molino, un campesino del Platanal de Donoso, quien anteriormente practicaba la agricultura.

Hoy se dedica al transporte marítimo de personas durante los días de semana en las diversas comunidades ubicadas en las cercanías de Miguel de la Borda, cabecera de Donoso, mientras que los fines de semana escarba oro artesanalmente en ríos y quebradas del área.

Molino, de 33 años de edad, asegura que nunca había visto a indígenas ngäbes, solo en diarios y en la televisión, y que no fue sino hasta hace menos de cinco años cuando empezó la “oleada” de originarios, quienes ingresaban por el distrito de La Pintada, provincia de Coclé, con rumbo a sectores como Coclesito y Coclé del Norte, donde se han radicado en asentamientos muy vulnerables.

Para este campesino colonense, esta avalancha humana ha generado una presión sobre los servicios básicos de salud, educación y vivienda en el distrito.

DOS MIRADAS

Angélica Montezuma es una mujer delgada, de 24 años de edad, madre de dos hijos, quien junto a su esposo llegó hace seis meses a Nueva Lucha, donde se han radicado más de 300 hermanos de raza.

En la comunidad pululan muchos niños con aspecto desnutrido, con sus barriguitas infladas de parásitos y erupciones en la piel. Comprende que como su llegada es reciente, los siembros aún no producen para alimentar a esta gran masa de gente.

Ante este triste panorama, Angélica estima que es tiempo de regresar a la comarca. Considera que el auge de la extracción de oro ya no se refleja en la población indígena, menos en los latinos de Donoso.

En su mirada se observa una marcada tristeza y derrota ante la pobreza que domina el paisaje. Quiere volver en septiembre y regresar al periplo de irse a Boquete a recoger café o a Coto Brus, Costa Rica.

No obstante, su amiga Rosaura Atencio, de 32 años, y madre de cuatro hijos, tiene otra visión. Aunque reconoce que muchas veces no hay qué comer en el hogar, otras familias la están ayudando a sobrevivir, mientras que maduren las primeras cosechas de arroz, guineo y plátanos que los ayudarán a sobrevivir.

Rosaura quiere una vivienda digna en Nueva Lucha, y no desea irse de Donoso, porque tiene la esperanza de que su marido logre obtener un trabajo en las empresas mineras que explotan minerales preciosos.

Mientras esto pasa, su vida transcurre entre lavar su ropa y la de los suyos en el río, ayudar a otras familias en sus parcelas, a cambio de un bocado para ella y sus niños, los que asisten a la escuela rancho del lugar, aunque a veces desertan para irse a trabajar con su padre.

Así, sigue luchando por sostenerse en las montañas de Donoso, donde su marido va todas las mañanas a lavar la arenilla de los ríos para extraer pepitas de oro que luego venderá en La Pintada de Coclé o en Coclesito.

Para llegar a San José del General (Coclesito) son seis horas a pie. El esposo de Rosaura emprende el camino con su bolsita, con la esperanza de que mejore el precio por los pocos gramos de oro lavados en el río.

Las autoridades

Hasta el momento, las gobernaciones de Colón y Coclé analizan el tema de los indígenas. Se estima que 3 mil 500 han ingresado a estas zonas, donde han creado asentamientos improvisados de extrema precariedad.

Dionisia Atkinson, jefa regional del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) mantiene un calendario de visitas regulares, dado que la carga social que ha generado la invasión indígena no puede ser desatendida.

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