[INVESTIGACIÓN]

Polvorín Murdoch

El escándalo está poniendo al descubierto unas connivencias políticas y policiales que dejan en precaria situación a varios inquilinos de Downing Street y a mandos de los investigadores. Dos de ellos ya han dimitido, no sin antes –el comisario jefe de Scotland Yard, Paul Stephenson– apuntar con dedo acusador al primer ministro David Cameron, que mantuvo durante varios meses como portavoz al exdirector del News of the World, Andy Coulson. Que los Murdoch hayan sido llamados a declarar hoy ante la Cámara de los Comunes, cita para la que Cameron ha interrumpido un viaje oficial, es parte de la rápida y amplia escalada que está cobrando el caso.

El imperio de Rupert Murdoch, News Corporation, uno de los más influyentes del mundo, ha afrontado escándalos similares en el pasado por su predilección por el periodismo sin escrúpulos. Ahora, sin embargo, está acorralado. De poco ha servido el cierre del News of the World, la renuncia a comprar la plataforma televisiva BSkyB y las excusas pedidas con grandes caracteres en los periódicos británicos. Si Murdoch creyó alguna vez que con tales gestos y sacrificios zanjaba el asunto estaba equivocado. El domingo tuvo que encajar uno de sus golpes más duros: el arresto de Rebekah Brooks, ahora en libertad bajo fianza, exresponsable del grupo en el Reino Unido. Con ella, ya son una decena los directivos detenidos.

Las investigaciones apuntan directamente hacia presuntas prácticas delictivas y el conglomerado de Murdoch está seriamente amenazado también al otro lado del Atlántico, donde posee The Wall Street Journal y la cadena de televisión Fox. El fiscal general, Eric H. Holder, ha abierto una investigación paralela sobre las operaciones de News Corporation en suelo estadounidense.

La quiebra de Lehman Brothers en 2008 ha demostrado que ya no hay vacas sagradas, y que lo que en otros tiempos podría haber sido tratado con muestras de repulsa pero pocas consecuencias es hoy una bomba de elevada potencia con petición de responsabilidades penales y políticas a ambos lados del Atlántico.

El imperio Murdoch se tambalea y no es precisamente por una laxa aplicación del código deontológico del periodismo, sino algo mucho más grave. El laborista Ed Miliband, antes errático e inseguro, ha consolidado su liderazgo al frente de la oposición británica con esta crisis, pero está fuera de lugar su petición de una nueva regulación para la prensa. En este caso basta con aplicar el Código Penal.

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