[EXTRACTO]

Sobrevivir la internet

La becaria más famosa del mundo, tras años de silencio aprovechados para ir a Europa, estudiar en la London School of Economics, convertirse en empresaria y pretender que la olvidaran, regresa a Estados Unidos haciéndose notar. Mónica Lewinsky se considera la protagonista involuntaria del primer episodio de la social media, una víctima cuyo sufrimiento fue tan vivo que la hizo pensar en el suicidio y ahora demanda una revolución cultural en el campo cibernético. En junio publicó en Vanity Fair su artículo “Shame and Survival” y en octubre pronunció una conferencia en el simposio “30 Under 30 Summit” organizado por Forbes. En ambas ocasiones ha sido aplaudida, contradicha y, por no variar, ridiculizada. “La vergüenza y la humillación online es diferente a la que se experimenta offline“, dijo.

No le falta razón, porque los derroteros que han tomado la electrónica y la computación son tan acelerados que no solo los usuarios, hasta los expertos se desconciertan. Nadie anticipó cómo las comunicaciones serían interceptadas por los gobiernos para espiar o por pillos para robar. Ni la adicción que ocasionarían los teléfonos celulares, los videojuegos, los sitios XXX o la simple navegación por la internet para enterarse de lo último. O la necesidad de contar minuto a minuto el diente que le salió a la niña, el empacho que te dio el fricasé de pollo o cualquier otra estupidez. Dolencias que demandan cura profesional.

Fue debido a un momento en que la humanidad creyó que el ímpetu de la tecnología resolvería todos los problemas. De las tareas duras se encargarían los robots mientras la gente se dedicaba a la recreación sin fin. Nos desplazaríamos en vehículos sin conductor y al llegar a casa con unas pocas palabras o teclas mil aparatos cumplimentarían nuestros deseos con la celeridad de esclavos eficientes. Por ese camino vamos, pero a un costo mayor del esperado, que es lo que denuncia Lewinsky. Porque no hay más que ver los comentarios de los internautas a las noticias de los periódicos para comprobar que la decencia y contención se pierden a pasos agigantados.

Mónica echa la culpa de su desgracia a Drudge Report por dar la noticia de su affaire con Bill Clinton, pero está tan errada como lo estuvo Hillary, quien responsabilizó a “la vasta conspiración de la derechona”. La culpa la tuvieron Mónica, por ambiciosa, romántica o tonta, el desvergonzado que mancillaba el despacho oval y una Hillary vengativa. Mónica no puede pedir un “cambio de actitud radical en la internet, en las plataformas móviles y en la sociedad de la cual son partes”, porque habrá mucho progreso tecnológico, pero menos moral.

Yo recuerdo con agrado el episodio. Fidel Castro había invitado aquel enero de 1998 a Juan Pablo II y todas las agencias y publicaciones importantes y las principales televisoras y radioemisoras habían enviado a sus reporteros más sagaces. Imaginen el show: el diabólico Castro, que había botado a patadas de la isla a curas y monjas, cerrado los colegios religiosos y vaciado las iglesias, era el hijo pródigo que regresaba a casa, la oveja descarriada que volvía al redil, el Saulo al que un fucilazo descabalgaba de sus pecaminosas correrías (entonces caería como fruta madura el “brutal bloqueo imperialista”). En medio de la visita papal, el notición de la interna de la Casa Blanca y el traslado precipitado de reporteros, cámaras y micrófonos a Washington. Castro, que había preparado aquella mise en scène con delectación y soñado con ella por años, se quedaba con los crespos hechos. Maravilloso.

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