[ESTUDIO]

El legado paterno

La revista Science ha dedicado su número del 15 de agosto de este año a la cuestión de la paternidad, o mejor dicho –como aclara la introducción del monográfico– al legado paterno que trasciende a los genes. En aquellos seres que dedican muchos esfuerzos y tiempo al cuidado de la descendencia, como somos casi todos los primates, ese legado se mide en términos de protección, cuidado, enseñanza y tutela.

Toda una ciencia, la sociobiología, tuvo como objetivo el estudio de ese fenómeno. Pero además de las atenciones paternas obvias aparece una herencia intrigante: la que supone el pasar a los hijos un bagaje molecular que va más allá de los cromosomas y que en realidad dota a la idea de “trascender a los genes” de un sentido que desafía al núcleo duro de la genética neodarwinista.

Cuando se descubrieron las funciones de los ácidos nucleicos, un científico de enorme talento, Jacques Monod, explicó en su libro El azar y la necesidad cómo resulta imposible dar la vuelta a la cadena determinista que lleva desde los genes a las proteínas, es decir, del genotipo al fenotipo.

La especulación lamarckiana de herencia de los caracteres adquiridos recibía así una refutación que parecía definitiva. Sin embargo, los avances en el estudio de los mecanismos epigenéticos, aquellos que se encargan de transformar la herencia genética recibida por el nuevo ser, haciendo, por ejemplo, que se silencien los genes –idénticos para todas las células– que no han de intervenir en la síntesis de las proteínas y enzimas de un determinado tejido, esos avances, como decía, llevan a lo que algunos autores han llamado la resurrección de Lamarck.

La reprogramación epigenética que se produce bajo determinadas condiciones medioambientales –y que es un rasgo adquirido– puede heredarse en algunos casos. La razón de que sea así no es ni mágica, ni siquiera misteriosa: lo que el nuevo ser hereda no es solo el material genético, sino el óvulo entero de la madre, que contiene elementos moleculares extragenéticos como los ácidos ribonucleicos no codificantes. Si se añade la importancia de la conducta de la madre –su dieta, por ejemplo– durante la gestación, queda claro que no solo los genes van a intervenir en el desarrollo embrionario.

Otra cosa es detallar por qué mecanismo se heredan las reprogramaciones epigenéticas. Se trata de una cuestión en debate cuya respuesta es cualquier cosa menos simple. En particular, porque son varios los mecanismos de epigénesis implicados, desde la metilación del ADN a los cambios en las proteínas histonas, pasando por el papel probablemente esencial del RNA no codificante. Entretanto, se aclara el sentido de la herencia epigenética transgeneracional –que no se da por existente hasta que se mantiene durante tres generaciones–, quizá fuese el momento de corregir un mal uso lingüístico. Porque habida cuenta de cómo funciona, el legado que se transmite así a los hijos no debería llamarse paterno, sino materno en realidad.

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