[ECOLOGISMO]

El poder de la palabra ‘cambio’

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La palabra cambio y sus inevitables connotaciones positivas tienen un poder anfetamínico en nuestros cerebros. Por eso, los políticos la usan tan a menudo. El filósofo José Antonio Marina, en su último libro Despertad al Diplodocus, un ensayo imprescindible y valiente en el que traza una hoja de ruta para revolucionar la educación en España, nos recuerda que ese subidón puede anestesiarnos parcialmente el cerebro y hacernos olvidar una realidad evidente: los cambios trascendentes son siempre complejos y la historia ha demostrado de forma taxativa que nadie nos asegura un feliz desenlace.

Las transformaciones decisivas son procesos que generan mucha energía en forma de tensión. Seguramente, estés de acuerdo conmigo en que la peor reacción ante la necesidad de cambio es la parálisis o el inmovilismo que derivan del miedo y del conformismo. El reto, por tanto, es canalizar con destreza toda esa tensión. Para surfear esa gran ola del cambio debemos ser muy ágiles. Pero también tenemos que estar muy bien preparados.

Cuando hace cinco años lanzamos la revista Ethic, decidimos que nuestro objetivo era ayudar a construir un debate certero en torno a los cambios decisivos que se están produciendo y los que se tienen que producir.

Nuestras coordenadas editoriales nos situaron en la economía social de mercado, aunque desde el primer momento entendimos que teníamos, y tenemos, que defender una regeneración de ese sistema más social que se predica en la Europa que acaba de desahuciar a los refugiados y donde el capitalismo de amiguetes, la corrupción y la desigualdad han abierto enormes grietas entre la ciudadanía y las élites. Unas grietas que abren las puertas al populismo.

Es justo subrayar que la Unión Europa está haciendo esfuerzos para liderar la batalla en la defensa del medio ambiente y plantándole cara a los dos mayores contaminantes, China y Estados Unidos. Pero la comunidad científica coincide en que ni siquiera los estándares europeos son suficientes para frenar el cambio climático.

Tenemos que transformar nuestro modelo de crecimiento y situar el ecologismo en su centro de gravedad. No sé si habéis visto alguna vez las imágenes de los vertederos digitales de Ghana, en África, pero quizá, junto con la destrucción del litoral, el ejemplo que mejor ilustra el estado de delirio que alcanzamos en el siglo XX y que aún no hemos corregido en el XXI es la obsolescencia programada, un fenómeno que consiste en acortar el ciclo de vida de un producto para que tengamos que volver a comprarlo. Tampoco el ciudadano favorece el consumo sostenible al deshacerse inmediatamente de su teléfono móvil que, por supuesto, funciona sin ningún problema, en cuanto aparece en el mercado un modelo en teoría más cool y sofisticado. El progreso es un arma de doble filo y aún no hemos aprendido a usarlo.

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