Al borde de un ataque de nervios

La obra ‘El loco y la camisa’, de Nelson Valente y dirigida por Agustín Clément, aborda temas como la convivencia, la salud mental y la violencia doméstica.

Temas:

Este montaje se presenta hasta hoy en Casa Melissa, en San Francisco. Este montaje se presenta hasta hoy en Casa Melissa, en San Francisco.

Este montaje se presenta hasta hoy en Casa Melissa, en San Francisco.

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Al borde de un ataque de nervios

Una buena obra de teatro puede servir de espejo a nuestra realidad enterrada. En algunos casos, la exagera para hacernos encarar las complejas dinámicas del entorno que nos define. Y en otros se concentra en la minucia de lo cotidiano para explorar a fondo nuestra incapacidad de escaparnos de relaciones que nos destruyen.

El loco y la camisa, que está en cartelera hasta hoy 7 de mayo en Casa Melissa, explora la cotidianidad de una familia disfuncional que vivirá eternamente a punto de explotar.

ARGUMENTO

La trama de la obra no es complicada. María Pía (interpretada por Mariana Núñez Haugland) es una “joven quedada” de una familia de clase media baja. Para su fortuna o desdicha, se ha conseguido un novio inescrupuloso (Mariano, interpretado por Jairo Quintero) que le ha prometido un mejor futuro en una casa de mil metros cuadrados en un mejor barrio de la ciudad.

María Pía ha organizado una cena para presentarle su novio a su familia y quiere causar la mejor impresión. Desafortunadamente, no solo debe lidiar con un padre autoritario y desapegado (Agustín Clément) y una madre sumisa y desesperanzada (Perla Zafrani), sino que también debe resolver el pequeño inconveniente de un hermano (Beto, Alessandro Galipoli) con la mala costumbre de pegar tiros dentro de la casa y no filtrar nada de lo que dice.

PERSONAJES

Desde la primera escena, nos enfrentamos a la asfixiante realidad de lo cotidiano, con los padres de María Pía manteniendo conversaciones paralelas, monólogos en realidad, donde la madre plancha sin sazón un mismo pantalón y el padre lee repetidamente las mismas páginas de un periódico.

Cargando la mayor parte de la tensión dramática de la obra, Agustín Clément nos muestra un hombre que se ha acostumbrado a vivir aislado de las necesidades de su familia y se nutre de sus deficiencias.

Pequeños gestos de inconformidad por el café quemado e infantiles recriminaciones por la camisa ajada, tan familiares en tantas familias, revelan la historia de años de control total del padre hacia una madre que ha perdido su identidad de mujer.

Por su parte, Alessandro Galipoli nos regala un Beto lleno de ternura y necesidad de conexión con su familia. Con su constante y penetrante contacto visual con los otros personajes, y movimientos de brazos descoordinados, Alessandro juega con el estereotipo del “loco de la casa”.

En una familia donde impera la ausencia, Beto es el más presente y con el tipo de empatía que le permite adivinar las máscaras que llevan puestas las personas que lo rodean.

Haciendo la señal del Zorro, Beto irrumpe en las conversaciones entre padre y madre, y madre e hija para cuestionar las mentiras que se cuentan entre ellos para poder mantener el equilibrio familiar, no escapar y seguir atrapados en la telaraña que los une.

Como buen justiciero en contra del sistema imperante, su ayuda no es bienvenida y solo produce desequilibrio y, eventualmente, el caos.

Mientras que las motivaciones de los personajes nos quedan claras desde el principio, las conexiones entre ellos no se logran desarrollar a fondo en esta propuesta.

En general, los actores no explotan las múltiples oportunidades que regala el texto para matizar sus personajes.

Soy de los que prefiere que las obras duren dos o tres minutos más para aprovechar los silencios, pausas y leves cruces de miradas que revelen la complicidad, batallas y desaciertos compartidos entre los personajes en un pasado referente.

Esto ayudaría a explicar mejor la relación entre María Pía y Beto, la violenta escena final y la decisión de la madre de seguir encerrada en una relación que la ha dejado con los ojos secos.

ESPACIO

Dirigida por Agustín Clément, la obra se monta en Casa Melissa, un amplio espacio alternativo que simula la sala y la cocina de este clan.

En lugar de ser público de una obra de teatro, me sentí como el vecino chismoso de la casa de enfrente que desde la ventana disfruta con morbo los pormenores de las conversaciones íntimas de una familia que no conozco y no quiero llegar a conocer.

Al mismo tiempo, debido a las peculiaridades y sofisticación del espacio, algunos de los elementos de la escenografía enviaban mensajes mixtos sobre el nivel económico y estado anímico de los personajes.

El loco y la camisa es un poderoso texto del argentino Nelson Valente con un gran potencial para conmover y hacernos cuestionar las historias que unen a las familias.

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