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La panameñidad por el mundo

Cuatro historias, cuatro lugares distintos, cuatro panameñas que encontraron ese sitio, ateniéndose a los cambios y choques culturales.

Con nueve años de vivir en Jordania, Joana Hamdan y su familia se ven día a día conviviendo con esta cultura: “Este país me llena de energía, y cada día hay miles de cosas por descubrir”.

No obstante, reconoce el choque que experimentó con una cultura tan diferente a la suya: “El inicio no fue difícil. Fue espantoso. Las comidas, el idioma, el adaptarse a un país con costumbres religiosas tan fuertes. Las formas de actuar, las vestimentas. Sin embargo, lo mas incómodo fue la religión”.

Joana es católica, y su esposo es nativo de Jordania. Según sus palabras, solamente un 10% de la población jordana practica el catolicismo.

Viendo positivamente lo que en Occidente suele considerarse controversial, destaca que la familia islámica “cuida y protege a la mujer, porque en ella recae el honor familiar, algo de lo que siempre debe de estar consciente. Las formas en que se nos cuida es algo de extremo. Hay familias muy tradicionalistas, pero aquí descubrí el significado del respeto por la familia, algo que ojalá existiese en Panamá, ya que se está perdiendo”.

Mientras se remite a las normas de una familia tradicionalista del islam –el hombre es quien provee­, “para no aburrirme, me reuno con amistades extranjeras que se dedican a obras benéficas. También me dedico a cooperar en diferentes actividades voluntarias”.

“Amo mi país, pero Jordania se me metió en la sangre”, concluye.

TÍO VILLO... EN TAIWAN

Un camión que se anunciaba con el Für Elise, de Beethoven, captó la atención de Chanthal Salazar, quien una tarde regresaba a su casa de la universidad, en Taichung, Taiwan.

“Al escuchar esa música, me recordó al busito de Tío Villo que pasaba todas las tardes por mi casa. Ilusa en pensar que algo así existiría en Taiwan, lo que me encontré fue un enorme y maloliente camión de basura”, cuenta.

En Taiwan, los camiones de basura usan música clásica de Beethoven o de Badarzewska para anunciarse. “Probablemente, esa sería una buena idea que se adaptase en Panamá y hacer la llegada del camión un poco más amable”, opina Chanthal.

Ese no fue el único choque entre Chanthal y su nueva realidad cultural: “Los primeros días fueron horribles. Cada vez que entraba a un restaurante, el menú era en mandarín y si acaso mostraban fotos”, relata sobre su primer encuentro con la gastronomía taiwanesa, acompañado del uso de los tradicionales palitos chinos. “Pareciera que el cuchillo y el tenedor fueran objetos en extinción en este país”.

También, dice Chanthal, “al llegar me dije: ´nunca me montaría en una moto. Me parece muy peligrosa”. Irónico, dos años después, “saqué mi licencia de moto y me hice dueña de una”, agregándola a la ciudad donde se calcula existen 50 motos por cada automóvil.

Al final de un camino recorrido durante cinco años, Chanthal concluye que “gracias a esta experiencia, he aprendido a ser independiente y considerada con mis padres. He conocido el mundo desde otra perspectiva y he visto a Panamá con otros ojos. Me siento muy feliz de poder regresar pronto”.

corazón DE AQUÍ Y ALLÁ

Para Tania Croston, una ingeniera civil panameña con una maestría hecha en Japón y un doctorado en Francia, el Saint-Martin-Lacaussade, al suroeste francés, es más que un viñedo; es donde hoy vive junto a su marido y su gata, cuya últimas tres letras de su nombre fueron divididas en C de “corazón, F de “francés”, Y y L de “latino”: Cefyl, la gata con el “corazón francés y latino”.

Tania dejó el casco de construcción y su oficio paralelo de profesora universitaria por una vida “más calmada”; la comodidad de su carro por su bicicleta y el transporte colectivo francés. “He cambiado el gimnasio por mis caminatas por los viñedos o en la Citadela de Blaye, un fuerte del siglo XVI. Ahora tengo tiempo para mis pasatiempos, entre ellos participar en los vide grenier [venta de cosas usadas]”.

Comenta que a su llegada le impactaron todas las ayudas sociales con las que cuenta. “Los medicamentos son reembolsados, así como las consultas médicas”.

Aunque el idioma facilitó la adaptación, así como el apoyo de su esposo, “decidir ser expatriada no fue sencillo: renunciar a una carrera y dejar a mi familia y amistades lejos, me sentía como pez del mar Caribe en el océano Atlántico”, confiesa.

La calma en Australia

La historia de Ilka Villarreal no es muy distinta, pues así como siguió a su esposo hasta Oceanía por su trabajo, tuvo antes un primer amor: viajar.

“Viajo desde los 15 años, y cada vez que lo hacía quedaba fascinada con lo bello de las ciudades, las diferentes personalidades y la promesa de un futuro mejor”, relata Ilka.

Ese futuro lo encontró en Suiza, mientras realizaba un postgrado. Así conoció a su esposo. “Mi objetivo fue regresar a Panamá, pero la vida te lleva por otros caminos. Cuando terminé el postgrado me encontré enamorada de uno de mis compañeros de estudio”.

Estando juntos, surgió una oportunidad de ir a trabajar a Nueva Zelanda, y “así fue que me encontré por primera vez tan lejos de mi patria”, relata Ilka.

“Todo comienzo es difícil, ya que hay que saber adaptarse al entorno, evaluar tus posibilidades, saber el idioma y respetar las leyes del país y sus costumbres”.

Hace tres meses, Ilka, esta vez con una pequeña de dos años, volvió a empacar para acompañar nuevamente a su esposo por un traslado laboral a Melbourne, Australia. “El campo laboral y la economía se pusieron más retadores. Aquí puedo dedicarle más tiempo a mi hija con solo mi esposo trabajando, y hay muchas más oportunidades”, concluye Ilka, enviando el mensaje que siempre extrañará a la numerosa familia que tiene en su tierra natal.

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