Darién

Un santuario estuvo en peligro

Los estudios del proyecto Plowshare serían desarrollados por científicos de Estados Unidos y Panamá.

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Se pensó en el Darién como el sitio propicio, porque era un territorio inexplorado. Se pensó en el Darién como el sitio propicio, porque era un territorio inexplorado.
Se pensó en el Darién como el sitio propicio, porque era un territorio inexplorado. Alexander Arosemena

La provincia del Darién fue el área escogida preliminarmente, para el estudio de factibilidad de un canal a nivel construido con técnicas de excavación nuclear. La provincia tenía una baja densidad de población, y la cuenca de los ríos Tuira y Chucunaque, podía ser transformada en parte de un amplio canal de navegación, que uniera los océanos Pacífico y Atlántico.

Los trabajos empezaron en 1965, y para desarrollarlos se constituyó un grupo denominado The Atlantic-Pacific Interoceanic Canal Study Commission: integrado por Raymond A. Hill, Robert G. Storey, Robert Anderson, Milton S. Eisenhower y Kenneth E. Fields.

Los estudios del proyecto serían desarrollados por científicos estadounidenses, quienes incorporaron a notables investigadores panameños como la antropóloga Reina Torres de Araúz, quien subcontrató a tres de sus estudiantes panameños, y un estudiante de antropología en México, para realizar los trabajos de campo en la región. Aníbal Pastor, Alejandro Hernández, Raúl González y Francisco Herrera, fueron quienes conformaron este equipo.

LOS TRABAJOS

Respecto al proyecto del canal atómico por Darién, el antropólogo Francisco Herrera recuerda que “durante los estudios del canal a nivel 1966-68, la Dra. Torres de Araúz fue contratada por Battelle Memorial Institute para ejecutar un estudio de las culturas de las poblaciones que residían en Darién, para determinar, especialmente a través de su cultura material, los impactos que podría tener el uso de la energía atómica en la región, de la ruta Sasardi Mortí y áreas aledañas”.

Recuerda Herrera que para entonces, “Darién era un territorio inexplorado para mucha gente, una región marginal y casi inexistente en el imaginario popular, excepto que era monte y peligroso, poblado por indígenas y afros, donde se extraía madera y se producía plátano que se vendía en Panamá.”

Por su parte, el físico nuclear y profesor de la Universidad de Panamá Bernardo Fernández, quien no participó de los estudios, considera que el proyecto de canal atómico por Darién tuvo muchas complejidades que dificultaron su realización.

“Si hablamos de Darién, que es un santuario de vida, tenemos variables nuevas como lo es la vida animal, vegetal e incluso otras formas de previda como priones, todas ellas silvestres.  Además, el clima no es predecible y la propagación de la nube radiactiva es incierta.  Por otro lado, nosotros no tenemos ni historial ambiental ni red suficientemente densa de medición para mejorar la capacidad predictiva, luego preventiva ante una eventual amenaza no prevista”, comenta Fernández.

Francisco Herrera explica el alcance de los trabajos que se debían realizar: “el estudio debía tomar en cuenta el uso de energía atómica y sus impactos en la región, que pudiera afectar a la población que eventualmente volvería a residir en la misma”.

Los estudios completos tardaron aproximadamente cinco años, durante los cuales se analizó la ecología darienita, se realizó un inventario impresionante de la vida silvestre en esta provincia, y sobre todo, se estudió la variedad de culturas humanas que allí convivían.

El 1 de diciembre de 1970, los comisionados estadounidenses le remitieron su informe al presidente Richard Nixon.

En la carta remisoria, se le recomienda claramente al mandatario estadounidense descartar la idea de construir un canal a nivel con excavaciones nucleares por el Darién.

Después de conocer el gran valor ecológico y cultural del área, los comisionados concluyeron que el mundo perdería demasiado si se usaban explosivos atómicos en la región.

AMBIENTALISTAS

En la década de 1970 los ambientalistas estadounidenses desarrollaron una profunda preocupación de que Estados Unidos podía retomar el proyecto, y por este motivo presionaron al Senado estadounidense, durante las negociaciones del tratado Torrijos Carter, para que incluyeran en este acuerdo restricciones claras y reglas definidas sobre la protección ambiental del territorio panameño contra un proyecto de un canal atómico.

Para el físico Fernández las lecciones aprendidas de estos estudios, se centran en una consideración vital para el futuro de Panamá: “No debemos descartar la idea de un nuevo canal, sino más bien buscar las nuevas tecnologías que permitan hacer un nuevo canal de esclusas, quizás en un lugar con menos características de santuario natural como es Darién o ampliar el actual de manera científicamente justificada.  Debemos escuchar las opiniones de los dueños del planeta (los ciudadanos), no solo de los panameños, sino también la de los especialistas para buscar el equilibrio que permita tomar decisiones correctas”.

El antropólogo Herrera considera que: “una de las principales lecciones respecto a esta época cuando se emprenden muchos proyectos que, sea que terminen o no, la comunidad sigue siendo ignorada en la toma de decisiones”.

El lago Chagan sigue siendo hoy en día un embalse de 10 millones de metros cúbicos de agua radiactiva. Ese pudo ser el destino de los ríos Tuira y Chucunaque, y con la huella de ese proyecto sería la radiación, devastación, enfermedad y pobreza en todo el país.   

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