LOS ATAQUES rACISTAS NO CESAN

Locura colectiva es el enemigo mundial

El fútbol, cuando no ofrece la victoria, causa reacciones incontrolables de furia, provocando efecto en masas y mucha violencia.

Se ha dicho mil veces que el fútbol es pasión de multitudes. El problema es que, al combinar el anonimato de la multitud con la irracionalidad de la pasión, el deporte se arrastra con demasiada frecuencia por niveles innecesarios de bajeza.

¿Suena exagerado? Harry Redknapp, entrenador del Tottenham, probablemente lo considere un juicio justo.

El domingo 2 de octubre, uno de sus jugadores, el togolés Emanuel Adebayor, tuvo que aguantarse que cientos o miles de fanáticos de un club al que supo darle muchas alegrías, 62 goles incluidos, le desearan la muerte.

“Deberías ser tú, el baleado en Angola”, le cantaron aficionados del Arsenal al delantero durante el clásico del norte de Londres, que terminó 2-1 para el local Tottenham.

Supuestamente el canto se refería a la emboscada que sufrió en 2010 la delegación de Togo que iba a la Copa Africana de Naciones en Angola.

La bronca que le tienen los Gunners no podía más que aumentar cuando hace un par de meses pasó a préstamo a su máximo rival, Tottenham.

Pero de eso se trata exactamente este tema: el odio futbolero lleva a algunos a pensar que un jugador se merece que le deseen morir a balazos en una carretera.

“Es repugnante. ¿Cómo le cantas semejante cosa a alguien?”, dijo Redknapp al condenar la actitud de la parte de la tribuna visitante que lo cantó. “Tienes que estar mal de la mente”, pero eso es apenas un ejemplo, no una excepción.

Hace unos días, fanáticos del Leeds, hoy en segunda división, recordaron a su enconado rival Manchester United la tragedia aérea de Munich en 1958, en que los Diablos Rojos perdieron a ocho jugadores.

Los fanáticos de Man U, por su parte, mostraron una bandera que decía “Estambul”, donde dos aficionados de Leeds fueron asesinados en 2000. Esto sucede en una liga que puede competir por el título de la mejor del mundo, pero la irracionalidad colectiva no conoce fronteras.

El domingo, los aficionados del Atlético de Madrid entonaron cánticos burlándose de la muerte del jugador del Sevilla Antonio Puerta. La temporada pasada, los aficionados del mismo club español trataron de “mono” al defensor brasileño Marcelo Vieira.

Su compatriota Roberto Carlos, quizás uno de los mejores laterales de la historia del fútbol, sufrió un similar insulto racista en junio cuando le arrojaron una banana en un partido de su equipo ruso Anzhi y salió de la cancha como protesta.

Hace unos meses, una hinchada belga le gritó “Fukushima, Fukushima” al arquero japonés del Lierse, Eiji Kawashima, recordándole el reciente desastre nuclear en su país.

Todos los fines de semana, en los estadios latinoamericanos sucede este tipo de cosas: porteros a los que llaman homosexuales cada vez que hacen un saque, o se les “acusa” de ser inmigrantes de países vecinos.

Es una lástima. Cantarle a los fanáticos rivales que “vinieron todos en un taxi” es un chiste tribunero que se usa en Argentina e Inglaterra. En Europa, los cantos ofensivos son una preocupación seria en la antesala de la Eurocopa 2012 y el Mundial de Rusia 2018.

Alexei Sorokin, director del comité mundialista, reconoció tras el incidente contra Roberto Carlos que el racismo es “muy difícil de controlar” en el fútbol ruso.

La pelea por la paz parece cuesta arriba, pero otras más difíciles se han ganado, como el combate a los hooligans que eran el rostro del fútbol británico en la década de 1980.

“No vamos a erradicar esto mañana, pero si lo reducimos poco a poco ya es algo”, dijo el árbitro belga Jerome Efong N´Zolo, que interrumpió un partido de primera división por insultos entre flamencos y valones, los principales grupos étnicos del país.

El primer paso es, claro, que los fanáticos que se consideran personas racionales se bajen de la pasión colectiva cuando esta pasa el límite de lo decente.

Si no lo gritaría solo en medio de la calle, ¿por qué hacerlo cuando está en medio de miles en una tribuna enardecida?, afirmó el excapitán de Brasil Sócrates.

“El fútbol, cuando no ofrece la victoria, provoca reacciones incontrolables de las masas”, dijo el periodista Diego Graglia, en su columna de opinión en The Associated Press.

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