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PLANO URBANO: El nuevo palacio de convenciones y otros...

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OPINIÓN

Hace varias semanas (ojo, no añado atrás) los miembros del Colegio de Arquitectos celebrábamos en un espléndido acto de un hotel local la toma de posesión de la nueva directora del Colegio, Mary Carmen Boullosa, distinguida arquitecta con posgrado en Ingeniería Gerencial, y allí nos presentaron el llamado nuevo centro de convenciones de Panamá, cuya construcción avanza en la calzada de Amador.

La presentación, realizada en inglés y traducida simultáneamente por un muy hábil intérprete, se refirió largamente a la efectividad de un programa que maneja diseño y sistemas constructivos. Cuando, muy al final, se nos mostró la arquitectura del centro de convenciones, creo no exagerar al decir que todos los presentes quedamos desilusionados por lo poco atractivo del proyecto en ejecución.

Si el diseño presentado lo comparamos con el diseño del muelle norte del aeropuerto de Tocumen, cuya llamativa silueta del edificio vista desde el cielo se mostrará como un hermoso pájaro o un avión ultramoderno que parece solo una inmensa ala, el centro de convenciones pierde por “tremenda goleada”.

El diseño de Tocumen pertenece al notable arquitecto inglés Norman Foster de fama mundial. La maqueta de este nuevo muelle se puede observar en la actual terminal.

Ambos proyectos tienen algo en común: fueron contratados bajo el esquema llave en mano.

Este lucrativo “negocio” es el resultado del ingenio de poderosos inversionistas que pueden financiar proyectos multibillonarios, para ser pagados después de su entrega. Uno de esos dos proyectos nos dará un edificio para enorgullecernos y el otro nos obligará a lamentarnos por siempre.

Los contratos llave en mano son la peor solución, no para el Gobierno que resuelve “prontito”, sino malísimo para el fisco, que somos nosotros.

En los contratos llave en mano cada proponente trae un diseño diferente y su propia propuesta financiera. Si son cuatro proponentes, son cuatro proyectos diferentes que no podemos comparar, pues sería enfrentar peras con manzanas y pixbaes con cañas. No existen evaluaciones técnicas de expertos arquitectos, sino las presiones de los competidores que cuentan siempre con “amigos” oficiales que apoyan a cada cual.

Nadie conoce el supuesto costo de construcción, porque las cifras finales no desglosan el costo de los planos ni los costos financieros involucrados.

En cambio, si el Gobierno abre a concurso arquitectónico, digamos el Hospital del Niño, con un programa definido, cada arquitecto presentaría su proyecto con iguales espacios y requisitos. El jurado sí compararía peras con peras. Luego, si se saca la construcción del diseño ganador a licitación, los contratistas competirían sobre la misma base. El Gobierno tendría ya acordado la entidad internacional de financiamiento que brindaría el préstamo necesario. Eso significaría transparencia y correcta participación de empresas panameñas de diseño, de construcción y de inspección, incluyendo la posibilidad de que empresas financieras locales quedaran incluidas en el paquete financiero.

La ley que rige la profesión de ingeniería y arquitectura en Panamá, es la única que permite que el cónyuge extranjero de una persona panameña, pueda ejercer esa profesión en Panamá.

También cuando se trate de una pareja, ambos extranjeros, radicados en Panamá, de tener hijos panameños (léase anclas), se les permitirá ejercer la profesión, incluyendo cuando el hijo panameño sea adoptivo. Solo se les exigiría la convalidación de sus títulos. Traigo el caso a colación porque están llegando empresas que traen un proyecto prediseñado. En los años previos a la confección de nuestra ley profesional, discutíamos la posibilidad de aceptar diseños de arquitectos brillantes del exterior y la conclusión siempre fue positiva, siempre y cuando esos famosos arquitectos se asociaran a firmas panameñas establecidas, para dejar algunas enseñanzas y algo de la participación monetaria. Debo destacar ese concepto cuando el reconocido arquitecto Edward Stone, norteamericano, obtuvo el contrato para diseñar el hotel Panamá y se asoció a la firma panameña Méndez y Sander, con un notable resultado de arquitectura panameña tropical reconocida internacionalmente. Esa creencia se mantiene firme en mis razonamientos, desde que armábamos la ley que hoy nos rige.

Me adelanto a proponer que en el Colegio de Arquitectos de la SPIA estudiemos un anteproyecto de ley para establecer la obligatoria asociación de arquitectos extranjeros que tienen encargos en nuestro país, de asociarse con firmas panameñas establecidas para preparar sus planos finales. Esto tendría las siguientes ventajas para el país y los arquitectos locales: 1) El diseño se ajustaría al clima panameño, los arquitectos de afuera y los locales intercambiarían conocimientos novedosos, técnicas nuevas y características nuestras; 2) La firma panameña obtendría reconocimiento de los organismos internacionales financieros; y 3) La firma panameña recibiría mayor participación financiera del contrato. Todo en ventajas para el país.

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