El Panamá de don César

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CORTESÍA\Daniel Mordzinski CORTESÍA\Daniel Mordzinski
CORTESÍA\Daniel Mordzinski

César Young Ñúñez ingresó al ambiente literario, primero como tertuliano, durante la década de 1950, cuando en la ciudad de Panamá los cafés eran los sitios obligados para, además de tomarse un cafecito bien caliente, debatir aireadas ideas, declamar encendidos poemas de amor o para conocer el más reciente bochinche del ámbito político o cultural.

Era la época del Café Refresquería Oriental en San Felipe, el Café Coca-Cola en Santa Ana y el Café Iberia en la avenida Central, donde parte de su público habitual eran los poetas, los novelistas y los artistas plásticos.

Entre todos, dos sitios ganaron la mayor estima de a quien le fue concedido en 2002 el Premio Nacional de Poesía Ricardo J. Bermúdez.

“Cuando iba a hacer mandados abordaba los buses de Calidonia y me bajaba en la parada del Parque de Santa Ana. Antes de ir a la casa pasaba siempre por el Café Coca-Cola, y después por la Librería Cultural Panameña. Ambas estaban en la misma manzana. Allí, siendo un pelao, terminé de formarme como un devorador de libros”, dice quien tuvo por más de tres lustros la columna ‘Cartas a Julio Viernes’, en el periódico La Prensa.

Su cultura enciclopédica la consiguió, en parte, gracias a que entró en contacto con lo más granado de la intelectualidad istmeña de mediados del siglo XX.

En establecimientos como el Coca-Cola y la Cultural Panameña se hizo amigo de los escritores José María Sánchez, Tristán Solarte, José Franco, Demetrio Herrera Sevillano, Ramón H. Jurado, Eudoro ‘Lolo’ Silvera, Joaquín Beleño, Rogelio Sinán, Neco Fábrega, Demetrio Korsi, Enrique Núñez y Everardo T. Hernández, así como del abogado Secundino Torres Gudiño y periodistas como Leonidas Escobar...

“Eran personas con mucha labia y sentido del humor, que me apreciaban mucho y me alentaron a escribir y a leer. Los recuerdo con mucho cariño”, dice el autor de versos publicados en revistas y antologías en Estados Unidos, Argentina, Holanda, Alemania, México, Venezuela, Nicaragua, Costa Rica y Colombia.

También encontraba a estos personajes en librerías como la Preciado, frente a la plaza Catedral; la Menéndez, al lado del teatro El Dorado; la de Rubén Irigoyen en la calle 12, y La Selecta ubicada por la iglesia de La Merced. Ninguna existe hoy.

En esos establecimientos siempre confiaron en don César, pues le daban los libros para pagarlos cuando la mesada diera para más, y después, cuando el salario alcanzara.

Cuando no estaba enfrascado con la lectura, no había más ‘tutía’, todos los senderos lo llevan a ver películas en el teatro Ancón, donde se enamoró de los ojos de Lana Turner, la cintura diminuta de Silvana Mangano, la mirada de Lauren Bacall y las piernas sin fin de Gina Lollobrigida.

En el teatro Panamá, ubicado en la calle 17 oeste, veía producciones de vaqueros y piratas y soñaba con ser Flash Gordon y Fu Manchú. Mientras que en el más bello de todos, el teatro El Dorado, además de consumir séptimo arte dedicado al humor y al amor, participaba, a veces con suerte, en las Noches de Banco y Wahoo, con premios en efectivo. Tampoco estas salas están en pie.

Cuando se podía, también visitaba las cantinas La Herradura de la calle J, la Handcock de la avenida Central, La Melena en la calle Carlos A. Mendoza, y La Montmartre en Calidonia, donde escuchaba los boleros de Daniel Santos, el ‘jazz’ de Nat King Cole, la cálida voz de Frank Sinatra, el mambo de Benny Moré y la rumba de Rolando Laserie.

A fin de cuentas, la avenida Central, Santa Ana y San Felipe fueron el epicentro de la ciudad capital cuando don César desbordaba lozanía. “Ese Panamá me parece muy hermoso y lamento que ya no existan esos sitios”, opina el que de chiquillo vivía en la avenida B, por Salsipuedes, arriba de la Ferretería Tam, “que ya la tumbaron como tumban todo lo que parece viejo en este país”, agrega.

Recuerda la época en que los barrios populares no eran considerados zona roja, y los zaguanes de sus edificios estaban limpios de ladrones y suciedad, donde lo normal era por las mañanas y las tardes el olor de los puestos de frituras, que vendían desde pescado frito a bofe y hojaldres; donde los vecinos jugaban en el patio interno al dominó o a las cartas, mientras otros hablaban de boxeo, béisbol o de la vida ajena con esmero y sin disimulo.

Eran barrios donde se respiraba cortesía y hospitalilidad , donde le fiaban los periódicos, o los buenos samaritanos de la esquina le informaban si la amada de turno había pasado por esos lares y, lo más importante, si había preguntado por él.

“Fue un Panamá que ya no es el mismo que el de ahora. Era un Panamá más risueño, no había tanta inseguridad. Era un país más honesto y quizás más simple, pero más auténtico. Ya no hay esa clase de camaradería entre los escritores y entre los vecinos de tu propia calle”, reclama el que en 1962 obtuvo Mención de Honor en el Premio Literario Ricardo Miró con la obra Del otro lado del viento; en 1965 una segunda mención con Poemas de rutina, y el Premio Universidad (1972-1973) por el poemario Instrucciones para ángeles.

EL ANDARIEGO

Don César era un adolescente cuando se enteró de que existía una Academia Literaria Ricardo Miró y solicitó ingresar a ese colectivo. “Era como un círculo de lectura. Allí nos reuníamos todos los que teníamos vocación por las letras y de inmediato fui nombrado secretario”.

Las sesiones ocurrían en el salón histórico donde se instaló el Congreso Anfictiónico; allí había una foto enorme de Simón Bolívar. “Era un ambiente increíble que se perdió”, señala quien recibió en 2014 la Condecoración Rogelio Sinán.

Si don César parecía un andariego es porque simplemente lo era. “Mi papá tenía la sastrería La moneda de oro. Él me retenía lo más que podía, pero cada vez que yo podía me le escapaba para ir al Coca Cola, a la Cultural o al cine. No recuerdo si me regañaban”, dice con sonrisa pícara.

Esas andanzas tenían sus ventajas. Monchi Jurado, en el Coca-Cola, le propuso escribir una columna quincenal y luego semanal en el periódico El Día. “Todavía guardo algunos de esos recortes”, comenta orgulloso.

Un día Joaquín Beleño leyó uno de sus textos “y me tomó mucha admiración. Nos hicimos muy amigos. Luego desayunábamos o almorzábamos en el Nápoli, frente al Instituto Nacional, y cuando yo crecí tomábamos un par de vinitos”, cuenta y ríe sin parar.

A los 16 años gana un segundo lugar en un premio mundial para estudiantes cuyo tema era la paz. El certamen ocurrió en Francia. “Todavía tengo la carta, donde me informaban el resultado, metida en un álbum. Me dieron un cheque de 50 balboas. En esos años era bastante plata. Cambié el cheque en el Chase Manhattan Bank de la Central y me sentí millonario”.

Otra parte de su vida de joven la hizo en el parque Catedral. Cuando todavía era alumno de secundaria se hizo amigo entrañable de su profesor de griego y latín en La Salle, Carlos Pérez Herrera, quien era director de un semanario católico y le propuso que tuviera una columna quincenal.

Al rato, una comadre de su mamá le consiguió un empleo “formal y normal”, en el departamento de reclamos de una compañía de seguros.

“Era el ayudante del señor Guillermo Quintero. Él recibía a los reclamantes de accidentes de auto. Pronto me mandaron a viajar por todos lados y lo hice durante 20 años. En esa empresa me jubilé”, señala quien también fue profesor asistente en la Universidad de Panamá.

Cuando pasó a ser un especialista hecho y derecho en tasar las pérdidas de los clientes, lo mandaron a formarse a Bogotá, Quito, Guayaquil, Medellín, Lima, Caracas, San Juan, Miami...

HACIA LAS LETRAS

Pasar de lector a escritor fue algo natural. “Con Leonidas Escobar, que también era poeta, hacíamos versos improvisados en el Coca-Cola y los mejores se publicaban en El País. Así comencé a publicar mi poesía”.

Su libro Poemas de rutina apareció cuando estudiaba en la Universidad de Panamá y de la mano del profesor y poeta José de Jesús Chuchú Martínez. “Era uno de los mejores críticos literarios”, agrega.

Por entonces, don César era alumno en la Facultad de Español, y en el periódico La Voz Universitaria salieron unos cuantos sonetos suyos. “Chuchú los leyó en mi presencia en una de las clases que él nos daba en español. Imagínate eso”.

El dramaturgo y ensayista apreció tanto lo que hacía aquel chico, que escribió“un texto sobre mí como en el pasado lo había hecho Joaquín Beleño. Bertalicia Peralta le publicó ese texto en El País. Ese también lo tengo yo guardado por allí”.

“Poemas de rutina es de lo más bello que se haya publicado últimamente (...) Nos habla en un español fresco, recién hecho, caliente todavía, elaborado con una artesanía verdaderamente notable e insólita en nuestro medio de poetas iluminados o perezosos”, escribió Chuchú Martínez en el diario y después esto se reprodujo como prólogo en Poemas de rutina. “Chuchú no le escribía a casi nadie. Era muy estricto en sus cuestiones. Con ese aval suyo me fui lejos”.

¿Cómo se financió este proyecto? Con una fiesta en Panamá Viejo, en la casa de la mamá de Chuchú. “Hicieron más propaganda que la peste. A peso era la entrada para esta actividad benéfica, otros daban hasta uno o dos dólares”.

Después vendrían los poemarios Instrucciones para ángeles (1972), Carta a Blancanieves (1976), Poesía mía que estás en el cielos (1991 y 1996)...

De estudiar en la Escuela de Español, años después pasó a ser profesor de allí durante 5 años. “Me retiré porque quería tener más tiempo para escribir y leer. Fíjate tú. A mí la vida me ha tratado bien después de todo. Me he ganado distinciones como el Ricardo J. Bermúdez y el Rogelio Sinán. He tenido una vida bastante pintoresca. Siempre fui fiestero, lo sé, pero siempre cumplí con mis obligaciones. Las cosas que he conseguido han sido porque he trabajado bien duro. Sin mucho escándalo he hecho mi vida”.

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