Una ciudad de cartón piedra

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Una ciudad de cartón piedra

Estuve hace años una vez en Las Vegas, esa ciudad de cartón piedra levantada en un desierto por los gánsters del juego y la diversión.

Ni siquiera me hospedé en uno de los mejores hoteles del lugar, casi todos lujosísimos, sino en uno más bien de medio pelo que terminaba dando el pego.

En todos los lugares de la suite donde me quedé había una maquinita de juegos, un artefacto al que poner a bailar echándole unas moneditas por si caía la suerte en manos del jugador.

Siempre he mirado con desprecio intelectual la manía del juego, aunque me interesó el delirio del jugador que lo pierde todo con tal de explotar su pasión ludópata durante días y días esperando que la máquina se ponga de su parte.

Tuve en mal tiempo un amigo que jugaba en las máquinas una gran cantidad de dinero diario. Mientras fumaba sin parar, echaba y echaba monedas en aquella caja eléctrica que lo devoraba todo. De vez en cuando caía en las manos del jugador una cantidad mínima de monedas, lo que alegraba hasta la estupidez al ludópata empeñado en arruinarse.

Por lo tanto, y por ese desprecio natural hacia el juego, ni siquiera eché una simple moneda de unos centavos en ninguna máquina de Las Vegas, sino que me limité a observar hasta la extenuación los tipos de jugadores y jugadoras que perdían su vida, su dinero y su salud delante de aquellos artificios.

Una vez llegué en la madrugada al hotel donde estaba hospedado. Había una mujer entrada en años entre el humo de su cigarrillo y el nervio constante de sacarle petróleo a la maniquita.

Estuve viéndola media hora, mientras me limpiaban los zapatos cansados de caminar Las Vegas de cartón piedra. Me fui a acostar sobre las cinco de la mañana y me levanté a tomar desayuno cuando ya caían las horas del sol: sobre las dos de la tarde. Y allí, en medio del mismo humo, con una mano llena de monedas y la compulsión en cada gesto del rostro estaba la jugadora, impertérrita el ademán, fuera de día o de noche.

No le importaba el dinero ni si la veíamos o no los turistas, no le importaba la pérdida de tiempo ni la enfermedad que la dominada por dentro y por fuera. Solo le importaba una cosa: jugar, jugar, jugar.

Pero la maquinita siempre le pedía, ella tenía que volver de nuevo a cambiar unos billetes verdes y transformarlos en balas de monedas para luchar contra su destino.

Me pasé así unos días inolvidables, viendo jugar a todo tipo de ludópatas y fumadores contra el mundo que ellos mismos habían fabricado para arruinarse.

La pasión del jugador, dicen los que la han sufrido, no tiene fin y es peor o parecida a la del narcotráfico: mientras peor, mejor, y viceversa.

Todos esos días en Las Vegas pude verlo, y lo único que saqué en claro de aquel viaje que tanto terminó por aburrirme es que las hamburguesas de la ciudad de cartón piedra son riquísimas. No recordaba haber probado una carne de hamburguesa más exquisita, salvo un fin de año en el Sheraton de Chicago, un Chicago nevado y frío, lleno de novelas negras por todos lados. Y las de Las Vegas eran buenísimas, rodeadas en el plato por unas papas fritas francesas excelentes y que me hacían buena compañía.

Un día de aquellos me levanté temprano para volar, ver y bajar al fondo del Gran Cañón. Y allí, en su lugar de vigilancia, frente a la maquinista traidora, estaba la fumadora de siempre luchando a brazo partido contra su ruina.

Estuve todo el día fuera, bajé en helicóptero los 1800 metros del aire hasta llegar al fondo del Gran Cañón, hablé con los indios navajos encargados de cuidar el lugar sagrado, volví a subir, tomé la avioneta que me llevó hasta mi hotel y cuando entré allí estaba la señora, la jugadora impenitente.

Como si tal cosa, como si no hubiera pasado el tiempo. Me di cuenta de que tenía pinta de pensionista más o menos rica y que de verdad se divertía cuanto podía y más luchando con la maquinita sin ganarle siquiera un round por puntos. Cuando me acosté, derrotado de cansancio, pensé en Einstein. Y en una de sus verdades cada vez más irrefutables: que el número de imbéciles que hay en la especia humana es infinito.

Poco a poco, contándolos como si fueran ovejas, me quedé dormido, como un lirón de esos a los que no despierta ni un terremoto en casa. La ciudad de cartón piedra me ha dejado siempre un recuerdo agridulce.

Como digo, lo único que recuerdo muy bien de todo son las hamburguesas. Claro que ir a Las Vegas a comer hamburguesas me parece de imbéciles, de esos de los que habla Einstein que son una inmensa mayoría entre nosotros.

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