EL MALCONTENTO.

Abono para jardines ocultos

Tengo la suerte de estar rodeado de gente linda. De conocidos, amigos y fantasmas que me susurran al oído cuando no escucho la vida, que me insinúan los caminos cuando borro mis propias huellas, que escriben lo acertado cuando en las teclas de mi computador solo encuentro las letras que componen canciones tristes y lánguidas.

Me debato siempre entre las voces lúcidas y el sentimiento de que la mía no tiene mucho que decir ante una realidad tan apabullante. Me consuelo con lecturas como las que reseñaban la fértil visita de José Saramago a Bogotá donde, ante la insistencia de los presentes, apuntó: "yo no soy pesimista, lo que es pésima es la realidad".

Sin embargo, la gente linda que me acompaña y la única que me sostiene, insiste en que hay realidades esperanzadoras, gestos que destacar, pequeñas flores que nos alegran el día y la vida. El propio Nobel portugués volvía a acertar en la diana cuando concluía que "una caricia no puede prolongarse. Si la prolongas se convierte en molestia. Por eso, la felicidad tiene un tiempo. Pasa, te acaricia y se va. Pero volverá".

Hoy tengo ganas de caricias, de felicidad, de creer que, como tantos orquidiólogos panameños, merece la pena esperar ocho meses para ver en el jardín esa flor mágica, única y fugaz que pare esa mata siempre agonizante, siempre al borde del suicidio, siempre lanzando mensajes engañosos que solo el paciente aficionado a las orquídeas puede descifrar.

Y miren que sí, que en la ciudad se esconden orquídeas esplendentes, ocultas entre la maleza de las miserias cotidianas. Pequeños submundos luminosos, positivos, reales, ejemplares que, quizá, si todos supiéramos más de jardinería podríamos trasplantar, reproducir, abonar, regar…

Una matica sorprendente se esconde, por ejemplo, todos los sábados en los cines Alambra de Vía España. Allá, en las mañanas, más de 100 personas de diversos pelajes se sientan en una sala a escuchar hablar de cine, a hablar de cine y a ver cine. Jóvenes universitarios de mochila y esperanza, mujeres de mediana edad todavía con la energía necesaria para emocionarse, algún intelectual despistado mezclándose con la humanidad, parejas que quieren quererse juntos… y al frente de este jardín Alexandra Schjelderup, una jardinera optimista, cargada de abono para sus proyectos y de una sonrisa para sus cercanos. Un milagroso esfuerzo privado donde no hay una cultura fomentada desde lo público.

Hay otra huerta llena de vitaminas e ideas en La Casona, este espacio a medio construir-derruir donde lo más alternativillo de la ciudad se da cita desafiando a los prejuicios y a los maleficios de las platas y las trancas. No tiene que gustarle a usted, pero sí debería emocionarle la fuerza y la resistencia de quienes no creen en los noes y generan espacios verdes para ciudadanos ahítos de grises y de opacos escenarios cotidianos.

Los setos que ha abonado durante años la arquitecta Raisa Banfield también me parecen oasis a cuidar. Como casi todos nosotros, podía haberse quedado con su linda familia y su profesión –eso es el paraíso prometido ¿no?–. Pero la indignación ante lo que sucede alrededor pudo más y es una de esas líderes naturales de la clase media que ha logrado cambios, y ha contagiado a decenas de vecinos y ciudadanos en general. Para ese contagio no hay fumigador que sirva. Como tampoco lo hay para las indignaciones útiles de su compañero de batallas Carlos Varela, quien, a pesar de la tenacidad del Mivi para ignorar que una ciudad está compuesta por ciudadanos, sigue insistiendo en que la ley no debe ser de caucho, ni caprichosa ni debe estar al servicio de los poderosos.

Me emocionan los vecinos que en barrios como Las Mañanitas logran el acueducto que durante años les ha negado el Idaan, flores regadas con su propia agua. Me avergüenza no ser como algunos quijotes desconocidos que dedican su tiempo y su alma a ayudar a las comunidades, a empujar la rueda de una sociedad por encima de las piedritas que ponen autoridades, empresas y canallas varios.

Casi todas estas flores, y todas las que en este artículo no aparecen, son como una venganza contra los pirómanos políticos, contra los adormecidos, contra los pesimistas –como yo–, contra los especuladores, contra los obtusos, contra los piratas modernos armados de dos ojos y muchas tretas, contra el sistema cruel y el consumismo embrutecedor, contra los centros comerciales llenos de espejitos y vacíos de sentido, contra la carrera sin meta, contra el sinsentido vendido de razones, contra la miopía del poder Ejecutivo, el ombliguismo corrupto del legislativo y la ausencia vergonzosa del judicial…

Hoy quiero abonar estos jardines y animar a mis colegas periodistas a que busquemos estas flores, las mostremos para provocar envidia y ejemplo, y las cuidemos sin perder la autocrítica. Estas gotas de esperanza, demasiado individuales todavía para llegar a ser ilusión de cambios estructurales, son el inicio. Un inicio fértil.

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