EL MALCONTENTO

El refugio de Chelsea está en Panamá: Paco Gómez Nadal

Chelsea Manning tiene una esperanza. Su decisión de afrontar públicamente su condición de género habrá confirmado a muchos que la traición a la patria puede ser explicada por su flojera sexual. Ya se sabe: posmodernidades relativistas que van en contra de la moral pública y las buenas costumbres y que los ñángaras y los disolutos justifican sin pudor. Ya que Chelsea se va a pudrir 35 años en la cárcel por sacar de la gaveta los secretos de un imperio con muchas vergüenzas que esconder, quizá pueda buscar refugio en Panamá, ahora que hemos firmado el llamado Consenso de Montevideo. Es cierto –no nos engañemos– que nosotros siempre hemos sido más del Consenso de Washington, ese que nos ha garantizado el expolio continuado y la perpetuación de la división de clases, tan sana esta para la patria boba y la estabilidad democrática del voto inútil.

Sin embargo, los tiempos han cambiado. Ahora, los valores del Consenso de Washington son universales y “naturales”, mientras que las modas y la estupidez políticamente correcta nos han obligado a firmar el Consenso de Montevideo. Lo que dice ese consenso, en el que no estamos de acuerdo, es que la gente que se autodenomina LGTB (no lo traduciré para evitar laberintos) es igual que nosotros, la gente honorable que durante siglos hemos hecho de la doble moral un cálido refugio para nuestras mentiras. Es evidente, y nosotros lo tenemos claro, que no somos iguales. Nosotros somos superiores moralmente.

Contaba hace un par de días Ricardo Beteta que el presidente de la República, Ricardo Martinelli, le confesó no estar interesado en estos asuntos. Y yo lo entiendo. Ricky personifica al hombre de verdad: fuerte, rofión, siempre decidido a ir un paso más allá, algo violento y con ninguna duda en su corto horizonte. Si hay un representante del modelo patriarcal heterosexual es él. Solo le falta, es verdad, haber vestido más tiempo el uniforme militar una vez que salió de la Staunton Military Academy y haber crecido unos centímetros más, pero no le podemos pedir la perfección a quien dirige nuestros gloriosos destinos.

Chelsea podría escribirle a Ricardo y pedirle el favor de que intermedie por él y quizá, a cambio, la soldado Manning podría ser el rostro transformado de una campaña de publicidad de la ATP para promocionar el turismo médico a Panamá, donde un cambio de sexo sería tan asequible como una falsificación del registro público. La campaña sería más barata que la página web de la Autoridad de Turismo y, después, el pastor Álvarez, desde la celda conjunta a Manning en La Esperanza podría redimirlo de sus pecados y convertirlo al rebaño del Señor... es decir: a su rebaño particular.

Nada de esto pasará, coincidirán conmigo. Es solo un delirio. Igual que lo es la firma del Consenso de Montevideo por un gobierno que ha violado todos los derechos humanos y que ha demostrado un desprecio absoluto por toda diferencia que no le aporte votos. Fíjense si no: Martinelli no tuvo reparos en cantar y bailar junto a Dj Black e, incluso, en inventarle puesto, o en nombrar a una ministra de Educación afrodescendiente para obtener los votos de una comunidad importante en el país y en las urnas. Sin embargo, la comunidad gay, lesbiana y transexual todavía no es tan grande como para tener que camelársela.

La ONU estará feliz porque colecciona firmas en documentos inútiles que jamás contemplan herramientas de verificación reales y con capacidad coercitiva. Son 38 países los que firmaron el documento con tan falso título que también exige modificaciones de las legislaciones nacionales para proteger la vida de las mujeres y avanzar en el espinoso tema del aborto. Lo firmaron pues los representantes de países donde, en general, se penaliza el aborto, se persigue a la comunidad LGTB y se limitan los derechos de cualquier modelo de familia que no sea el tradicional, nuclear, heterosexual (y si es posible católica).

Es decir, avanzamos en el planeta de la hipocresía, en el que celebramos cumbres costosísimas para que los gobiernos se comprometan con asuntos que no tienen intención de cumplir y así ratificar que lo importante en política es la foto y los titulares, no los hechos.

Pensándolo bien, la pobre Chelsea no tiene ninguna oportunidad, ni en Panamá ni en Estados Unidos, el país rey en la doble moral a pesar de que su puritanismo religioso le obligaría a ser un poco más coherente. No es planeta este para traidores, transexuales y pequeñajos.

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