FORMADORES

Aquellos educadores del Colegio San Vicente David: Carlos Eduardo Galán Ponce

El 1 de abril de 1952, el padre John Cusack, sentado en un modesto escritorio, inscribía a los primeros alumnos de lo que sería el prestigioso Colegio San Vicente de Paúl de David. Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces y aunque ha pasado por diferentes administraciones religiosas, el colegio sigue su labor educativa. Ya no lo regentan aquellos inolvidables padres paulinos que se fueron dejando escrita toda una historia de formación de hombres responsables, pero nunca se borrarán de nuestra memoria tantas vivencias y anécdotas que allí tuvieron lugar y que aún encierran esas paredes; ni el gran cariño por ellos y por nuestros maestros. Lo que no queda, por designios del creador, es una buena parte de los personajes que le dieron calor y alegría a esas aulas de la familia vicentina.

Eran tiempos que lo enseñaban a uno a valerse por sí mismo. Los extensos patios alrededor de la escuela los limpiábamos a machete, bajo la dirección entusiasta de aquel recordado profesor Sebastián Gilberto Ríos. El mismo que los lunes, cuando nos reuníamos a cantar el himno nacional y el día había amanecido nublado, nos decía que el volcán Barú no se dejaba ver, avergonzado por la pena que le producía nuestro mal comportamiento. El profesor Gregorio Beitía, el tan recordado “Lelevitus”, hizo grandes esfuerzos por enseñarnos francés. En mi primer viaje a Francia, traté de hacerme entender en ese idioma y fue por gusto. Pero creo que la culpa fue de esos franceses antipáticos, porque yo me esforcé en pronunciarlo tal como él me había enseñado. Y qué decir del maestro Guillermo Guerra K., otro pionero de ese equipo educativo.

Éramos aguerridos en las competencias deportivas. Siendo un colegio secundario pequeño, presentábamos equipos de basquetbol en las tres categorías. Y no era fácil quitarnos los campeonatos. Manteníamos una rivalidad amistosa con el Colegio Félix Olivares. Las famosas kermeses en el parque de Cervantes las hacíamos nosotros mismos, sin ayuda de los padres de familias. Desde armar los kioscos hasta la venta de los productos. Y como era un colegio solo de varones, no había damas que nos ayudaran. El primer “sarao” que tuvo lugar en el colegio fue todo un acontecimiento. Fue la primera vez que jóvenes damitas pisaban nuestras aulas. No había licor, solo refrescos. ¿Aburrido? No hombre, se vivía mejor que ahora.

Una entusiasta joven, de una distinguida familia chiricana, llegó como la secretaria de ese proyecto educativo que se iniciaba. El éxito del proyecto dependería del entusiasmo de sus propulsores, de la calidez y el apoyo con el que la comunidad lo recibiera y de la actitud de los educandos. Como primer colegio secundario católico para varones en el interior del país, atrajo a estudiantes de familias de diferentes provincias, lo que creó un círculo regional de amistades que aún perdura. Como el cholo Coclé de la Pintada. El Burrito Moreno de Divisa e Isaac Zafrani de la capital. Y esa joven secretaria, hoy es una feliz abuela retirada. ¿Dónde crees? Pues en su casa campestre, rodeada del clima privilegiado de Boquete. La tierra de mis abuelos. Alguien grabado en la memoria de todos los exalumnos del colegio: doña Alicia Córdoba de Jaén y Jaén.

Y por esas aulas vicentinas pasó un hombre fuera de serie. Un profesor como ha habido muy pocos en esta provincia y que fue nervio y motor académico de la escuela. En un entorno regentado por los sacerdotes estadounidenses fundadores, que tenían que lidiar con las dificultades de un idioma que no era el suyo. Era tan versado en temas educativos y vivía su profesión, que igual impartía clases de gramática como de historia, música, cívica y geografía. Tan amigo como severo, cuando las circunstancias lo ameritaban. Aquí dictó sus primeras cátedras, recién egresado de la Universidad de Panamá y aquí le tocó vivir sus primeras experiencias como educador.

Era el año 1952, y el primer día de clases, en el antiguo edificio de la familia Miró, en la entonces Calle Cuarta, él nos reunió a todos los alumnos en el patio y luego de presentarse respetuosamente y saludarnos como si fuéramos mayores, siendo todos menores de 12 años, nos invitó a subir las escaleras que conducían a los salones de clase. Todos en fila lo seguimos en ese día tan especial para nosotros. En ese momento no teníamos la menor idea de cómo ese acto de seguirlo, marcaría nuestras vidas para siempre. Ese fue el inicio de una excelente formación académica, impartida por aquel hombre que en ese instante se había convertido en el alma académica de nuestro colegio. Un hombre que no solo supo transmitir sus conocimientos de las ciencias, sino que tuvo como meta enseñar a sus alumnos a ser hombres serios y responsables.

Ese carismático hombre de bien, a quien tanto le debemos, fue el profesor Fabián Gutiérrez Alvarado. Quien ya no está entre nosotros, pero cuyas enseñanzas siempre tendremos presente, tanto en el ejercicio de nuestras actividades profesionales como en las relaciones personales, todos aquellos que tuvimos el privilegio de ser sus alumnos.

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