CULTURA DE SUBSIDIOS

Creando la red nacional de vagos: Roberto Brenes P.

Cada día es más evidente que el entramado de subsidios escolares, ayudas contra la pobreza y programas de la mal llamada Red de Oportunidades, lejos de generar incentivos correctos para mejorar la calidad de vida de los menos ricos, se han convertido en un enorme cultivo de parásitos. Particularmente en el interior de la república estos programas, ahora exacerbados por la regaladera electoral, no generan los fines sociales deseados y hacen caro y difícil contratar mano de obra para el trabajo productivo. Más grave aún, incitamos la cultura de la ociosidad, juega vivo y sobre todo de dependencia casi patológica en las dádivas del Gobierno.

La semana pasada, el joven rey Guillermo Alejandro de Holanda anunció el fin del estado de bienestar en ese rico país, con larga tradición de solidaridad comunitaria a través del Estado. El nuevo modelo holandés se dirige a una “sociedad participativa” en la que la gente debe responsabilizarse más de su futuro, crear sus propias redes de apoyo y superación con menos apoyo del Gobierno.

El rey ha sido claro y explícito acerca de un tema que las naciones del norte de Europa –vistas como ejemplo de grandes logros sociales– venían discretamente desmontando. A pesar de ser prósperos, los nórdicos tienen claro que el pueblo que gravita alrededor de ayudas y subsidios, sin ninguna relación con la productividad, no podrá sostenerse para siempre, por muy rico que sea. Además, ya les quedó claro que una cultura de subsidios ni crea ni promueve hombres libres, productivos y con una moral laboral y personal valiosa. En breve, el parasitismo produce parásitos, no ciudadanos con criterio propio.

Acá en nuestro trópico, muchos de estos programas se adoptaron con la intención correcta de resolver, o al menos mitigar, problemas de pobreza, desamparo y deserción escolar. Pero han perdido el rumbo original o se han desnaturalizado por un interés estrictamente político o, peor aún, se han acumulado unos encima de los otros, sin coordinación ni evaluación. Vamos hacia un estado de malestar descontrolado.

El resultado más palpable de estos desaciertos es que estamos creando, casi sin darnos cuenta, una pléyade de rentistas. Los beneficios acumulados en las familias beneficiarias casi les permiten a los jefes de familias y parentela (generalmente hombres) vivir sin trabajar. Así, estos vagos son, además de un lastre financiero, el referente social “modelo”. ¿Qué tal?

Desde el punto de vista estrictamente económico, estos subsidios han generado una crítica escasez de mano de obra. Es interesante y trágico leer las minutas de las discusiones de la Comisión de Salario Mínimo, particularmente las del interior del país. Ya nadie quiere trabajar, o aquellos pocos que consideran hacerlo se ofrecen por cifras exorbitantes, porque sus necesidades básicas, al menos, la cubren los regalos del Estado papá. Hay ejemplos que van desde la gradual reducción de la mano de obra que cosecha café, hasta la desaparición de trabajadores en las explotaciones ganaderas. Las fincas se han visto abocadas a importar vaqueros y peones de Colombia.

Encima de todo, ahora se evalúa un nuevo aumento del salario mínimo que huele a politiquería tratando de homogenizar un solo salario nacional. Con un sueldo de entrada más alto, poca gente interesada en trabajar y una moral laboral propia de un perico ligero, nuestros recursos humanos están en franca devaluación. Pero si estas distorsiones económicas arrojaran claros resultados positivos en la generación de panameños que crece y se educa, ¿podría moralmente justificarse la ociosidad de unos por la formación de otros? Habría que evaluarlo, pero no lo creo.

Hay otros países que atacan el problema sin crear estas distorsiones. Además, si la mayor parte de la educación integral de un niño se obtiene en el hogar, ¿dónde está el ejemplo de tesón, laboriosidad y afán de superación de que se nutre ese infante, si lo que ve en su casa es a un padre echado en la hamaca o jugando dominó, matando el tiempo entre las quincenas o viendo cómo se pega de otro programa de regalos políticos?

Ante una nueva contienda electoral, el futuro de estos programas se fortalece. No hay un solo político que salga siquiera a pedir una evaluación seria de los programas. Mucho menos las instituciones internacionales como el BID y el Banco Mundial, que ayudaron a crearlas. La alta burocracia internacional aprendió hace mucho que su fastuosa supervivencia está garantizada mientras no cuestionen con insistencia los tema politiqueros, aunque la población pierda y sufra.

Para los panameños que pagamos los impuestos, que hacemos posible esta fiesta, ¿tiene sentido económico y moral este modelo de sociedad? ¿Quién, bajo este esquema de desarrollo, será el panameño del futuro? ¿Será alguien parecido a un chino, trabajador y tenaz con mucho afán de salir adelante? ¿No nos estaremos pareciendo más a los parias cubanos y nicas, y con ello ayudando a entronizar un populismo total que se cargue lo que tenemos y lo que no tenemos, incluidas nuestra libertades personales?

Mientras el rey de Holanda y el Primer Mundo empiezan a caminar a contrapelo del populismo y la falsa solidaridad, nosotros, los reyes del realismo mágico, insistimos en improvisar para perder.

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