DEBER CIUDADANO

Cultura política panameña: Alberto Valdés Tola

Si hacemos nota de la realidad política actual en nuestro país, posiblemente tengamos la percepción de que la cultura política panameña está en crisis. Esta apreciación muy común entre algunos ciudadanos, entendidos o no en materia política, no es del todo falsa; sin embargo, carece de la profundidad reflexiva necesaria para identificar aspectos estructurales constitutivos del universo sociopolítico del país.

Ante todo, debemos ser conscientes de algunas premisas políticas importantes. Primero, en Panamá se ha dado siempre, y sin excepción histórica, una hegemonía plutocrática del poder (poder político en manos de los más poderosos en materia económica); lo cual implica la adopción de lógicas politicopartidistas cimentadas bajo el beneplácito cuasi aristocrático de algunas familias elitistas (oligarquía).

Segundo, si bien es cierto que la sociedad civil ha orientado en ciertos momentos históricos su poder político, masificando la opinión y respuesta ciudadana, su inconstancia como termómetro crítico ha sido lamentable al punto que su ineficacia ha permitido la aparición de procesos casiquísticos carismáticos que han influido y mermado la representatividad democrática del Estado, además de influir en la deslegitimación del mismo frente a la ciudadanía.

Tercero, y en un orden de ideas aún más distante de la consideración política de algunos, los grupos de interés en nuestro país han sido como sombras transparentes (en términos alegóricos), ya que a pesar de su incidencia oculta en las decisiones políticas de la nación, su rol ha sido ampliamente documentado en el imaginario político del ciudadano común.

Así, estos grupos supuestamente al margen de la política han constituido plataformas, económica y social, para la aparición de candidatos y partidos políticos; al tiempo que influyen, en una suerte de clientelismo político, en la elaboración y adopción de las políticas estatales.

No obstante, a diferencia de otras sociedades, estos grupos de interés no han desembocado formalmente en el advenimiento de organismos complejos de representación política, como lo son el corporativismo (sindicalismo político) o el policy-networks (pluralismo político). Ahora bien, y a pesar de la existencia de cierta orientación corporativista por parte de algunos sindicatos, su esencia política sigue siendo de tipo partidista (búsqueda del poder por el poder).

Estos elementos de nuestra cultura política, permiten enmarcarla dentro de la etiqueta politológica denominada parroquial (ciudadanos con poca conciencia e injerencia en el sistema político de su país). A diferencia de otras culturas políticas como la subjetiva o subjetivista (ciudadanos con cierta conciencia política e interesados en los productos del sistema político, pero pasivos frente a su constitución) y participativa (ciudadanos con una alta conciencia política y participativa en la elaboración del sistema político); que son características de democracias menos incipientes que la nuestra, como es el caso de Costa Rica y Chile, por nombrar solo algunos casos en Latinoamérica.

De esta forma, la cultura política panameña requiere de una reingeniería, que contemple principalmente el advenimiento de un ciudadano más crítico y participativo en el sistema político. Que evite el secuestro del poder político por parte de algunos grupos y partidos políticos, mediante su participación activa en los asuntos de Estado. Que ayude a consolidar nuestra débil democracia, mediante actividades cívicas ordenadas que representen el sentir ciudadano.

Y, por último, que instigue enérgicamente a los gobernantes mediante la opinión pública, con miras a evitar desaciertos políticos que puedan minar la gobernabilidad y el mismo desarrollo sociopolítico y económico de la sociedad panameña.

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