PENSAMIENTO CRÍTICO

Democracia, política y espectáculo: Iván Samaniego

Mis primeros escritos publicados hace 16 años en el entonces diario Universal estaban dirigidos al ámbito político partidista. “Políticos sin ideales”, “Políticos y credibilidad” fueron algunos de los que escribí. Temas que en el transcurrir del tiempo dejaron de interesarme, apostando por problemáticas vinculadas a mi profesión.

Desde entonces no discurría sobre esta materia por considerarla estéril, improductiva e inútil. Sin embargo, no resistí a la idea de develar algunas ideas sobre lo que observo actualmente, pues en los años que tengo de vivir en este sistema político no había tenido la oportunidad de recrearme en un fenómeno psicosocial producto de una cultura enfocada en la escena, el maquillaje, la estética y el eslogan, no por el contenido. Sujeto a las normas de la realidad espectral que ofrecen los medios de masas.

El “candidato espectáculo”, propio de una cultura light, es aquel que nos convierte en simples espectadores de este show mediático, ofrecido a gran escala por los medios de masas. Es aquel que, sin fundamento ni ideología alguna, aparece ante nuestros ojos como un bufón para causarnos unas cuantas carcajadas complacientes. Por otro lado, a los candidatos con algún grado de seriedad también se les ve por doquier, incluso haciendo shows en programas de humor. Algunos se han transformado en vendedores de felicidad, convirtiendo una necesidad en propuestas, cuya confusión semántica no hace más que alimentar la ignorancia de un pueblo convertido en mercado clientelista.

El político panameño se guía por la opinión de una mayoría encuestada. Si se dice que la corrupción es un tema secundario, frente a problemáticas como el costo de la canasta básica, entonces la corrupción es un tema irrelevante. Esto no tiene importancia, porque una mayoría opina eso.

La idea errónea de los candidatos de seguir la supuesta voz del pueblo, ahora en términos más pragmáticos el mercado político, apuesta por una supuesta sabiduría que los guía, pero esto es un arma de doble filo. Por ejemplo: vox populi, vox Dei, proverbio establecido por Alcuino de York en la Edad Media, acuñado por muchos políticos en su discurso y del cual derivan frases como la voz soberana del pueblo, es un mito o creencia distorsionada. Si la voz del pueblo es la voz de Dios, entonces, ¿por qué el pueblo judío condenó a Jesús a la cruz (según las escrituras)? o ¿por qué el pueblo alemán auspició el genocidio del Führer en la Segunda Guerra Mundial?

Sigmund Freud era más conservador en este sentido al considerar que las masas no piensan, son menos reflexivas, y se movilizan por las emociones, no por el pensamiento crítico. La historia de la humanidad ha demostrado cómo el poder hipnótico de algunos tiranos y líderes políticos sobre las masas condujo a sociedades enteras al desastre. Así ocurrió en la Segunda Guerra Mundial. Desde este punto de vista, pensar que la democracia es un sistema infalible es erróneo. Como dice Jorge Luis Borges, se trata en el menor de los casos de un error estadístico, pues la mayoría no siempre tiene la razón.

El sistema que llevó a los venezolanos a la situación en que se encuentran es democrático, pues quien consolidó al chavismo en el poder fue el propio pueblo, o en otras palabras, la mayoría en términos estadísticos.

La democracia apuesta por una autorregulación del sujeto colectivo (el pueblo) y la autoridad reposa en este sujeto, lo que no es más que pura abstracción, pues partiendo de este supuesto, la verdad de la historia humana se inclina por demostrar que solo existen dominantes y dominados, y son los poderes económico–políticos los que verdaderamente gobiernan.

En psicología social hay un concepto que se denomina “pensamiento social” y que indica cómo el pensamiento de un grupo de personas, aunque no necesariamente sea correcto, tiende a unificarse a través de la presión de conformidad, para convertirse en una verdad incuestionable. Este tipo de pensamiento llevó a decisiones costosas y erróneas, como a la invasión de la bahía de Cochinos (Cuba), y a acciones en la guerra de Vietnam por parte del Gobierno de Estados Unidos que empeoraron dicha guerra. Ahora, que sean evidentes ciertas falencias del sistema no significa que me incline por otros, como el comunista, pues prefiero la libertad de expresión –que es lo bueno de la democracia– a que un tirano me indique cómo debo pensar a través de la violencia. Prefiero pensar que la fórmula está en estimular desde pequeños (a través de la educación) a las personas para que desarrollen un pensamiento crítico reflexivo, cosa que los políticos inconsciente e históricamente han evitado.

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