Hablando de edificios...

Esta ciudad ya no resiste más errores de planificación

Cuando me toca dar explicaciones a esos extranjeros sorprendidos, les hago ver que es el resultado de nuestra pobreza, de la necesidad de invertir nuestros escasos recursos en salud y educación. No nos queda nada para construir calles ni siquiera para ensancharlas. Las pocas vías rápidas no resuelven mucho pues son de peaje. No hay vías libres (freeways).

Resultado: Tránsito infernal, tranques, y horas perdidas en las mañanas y en las tardes para ir y venir entre casa y trabajo, por distancias que medidas en metros son cortas y en minutos suman horas.

Resultado: las tierras cercanas al centro se tornan más y más deseables, y en consecuencia más y más valiosas. Su precio sube, forzando un uso más intensivo mediante edificios cada vez más altos. Como lo deseable es disminuir al mínimo la distancia entre hogar y trabajo, el que puede compra su apartamento en el edificio alto, que queda cerca, en vez de construir su casa en los suburbios, como ocurre en otros países.

En estos días hemos escuchado voces que lamentan la construcción de edificios altos y hemos visto esfuerzos por limitar su altura mediante fórmulas simplistas relacionando altura con ancho de calle, por ejemplo. Se recuerdan las bellas ciudades europeas y se olvida que fueron construidas antes de que hubiera ascensores. Se recuerdan ciertas zonificaciones establecidas en otras latitudes a mediados del siglo pasado (ya superadas), que trataban de evitar las sombras en las calles, y se olvida que acá buscamos sombra antes que sol, y no construimos edificios altos frente a frente con una pequeña calle de por medio, que es lo que dio origen a esos reglamentos, ya hoy reemplazados por otros mucho más funcionales.

Una de las cosas positivas que se hizo en nuestro país en los últimos años fue contratar, a costo multimillonario, la confección de un plan regulador para la ciudad de Panamá. Fue en el gobierno actual que ese plan fue aprobado por todas las autoridades correspondientes. Una de sus recomendaciones es aumentar la densidad de la ciudad, es decir la cantidad de población por unidad de área.

Y es que en un país con tantas necesidades tenemos que hacer el mejor uso posible de la infraestructura que tenemos, las calles, los acueductos, las líneas de agua etc. Y si al aumentar la densidad tenemos que mejorar esa infraestructura, agregar líneas, etc., esto será mucho más económico que extender la ciudad y construir nueva infraestructura por kilómetros y kilómetros, estaciones de bomberos y de policía etc. etc. Esa mayor densidad también fomentará una mejor característica urbana, a la vez que hará factible, al fin, la implementación del sistema de transporte público que tanta falta nos hace.

Densidad no es sinónimo de altura, pero la altura de las construcciones es una de sus determinantes. Por supuesto que como todo en la ciudad, su desarrollo requiere planificación y reglamentación. Se requieren transiciones entre áreas con construcciones bajas y zonas de mediana y gran altura. Se requiere una relación razonable entre altura y tamaño de terreno, entre uso y estacionamientos, etc. etc. Son muchos los factores que inciden en el tema; y son reglamentos que requieren continua revisión y actualización, como en efecto hace poco se hizo con el área de San Francisco, revisión que es compleja y requiere el aporte de profesionales de experiencia y la consulta con el público afectado. La ciudad es un organismo vivo y su reglamentación requiere cambios frecuentes pero evolutivos, bien estudiados y consultados, y anunciados con gran antelación.

Lo que no puede resistir el desarrollo de la ciudad son los cambios abruptos, resueltos con decisiones tomadas bajo presiones momentáneas, casos particulares o presiones de inversionistas y constructores.

El reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia nos retrotrae a los años cuarenta del siglo pasado y ha producido la necesidad urgente de legislación.

Ojalá esa urgencia y las presiones resultantes no nos conduzcan a errores que luego tomen años en corregir. Los cambios de planificación que se requieren, y que afectarán desde la calidad de nuestras vidas hasta el nivel de la economía nacional, tendrán efectos tan profundos que se hace imperativo que sean tomados en base a las opiniones de los habitantes de nuestra urbe y del consenso de opinión de los mejores profesionales que tiene el país, capaces de aquilatar, desde todos los ángulos, los efectos de las medidas que se pudieran tomar.

Esta ciudad ya no resiste más errores de planificación.

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