HECHOS CONTRADICTORIOS

Patriotismo y politiquería: Daniel R. Pichel

Todos los años quedamos hablando de lo mismo. Las fiestas patrias, invariablemente dan tema para reflexionar un poco de qué somos y cómo nos vemos a nosotros mismos. Pero, este año, el asunto tomó un giro diferente. Al menos, no se dedicaron páginas completas a discutir si el tono del azul o el rojo o la dirección de las estrellas de nuestra bandera violan las leyes antediluvianas que se le ocurre desempolvar a algún ocioso.

Como siempre, no faltaron los artículos en los que no queda muy claro si celebran el hecho de que nuestro país se separara de Colombia hace 108 años, o si lo primordial es quejarse amargamente de cómo Estados Unidos se aprovechó de “empresarios y políticos” para “robarnos nuestra soberanía haciendo un canal”. Creo que, a estas alturas, es ridículo hacer de esto un tema de discusión pues, de una u otra manera, los hechos ocurridos en 1903 consolidaron nuestra nación sin que hubiera muertos de por medio. Lo cual, en mi opinión, es positivo.

El primer matiz novedoso es que, este año, la fobia contra el Halloween ha llegado a un nuevo nivel. Resulta que nuestra Asamblea Nacional, como no tiene nada relevante que discutir, está considerando prohibir (sí, leyeron bien, prohibir), la celebración de esta fiesta en los colegios del país. Inicialmente, pensé que semejante tontería debía salir de la cabeza de algún fanático religioso allegado al Opus Dei de los que pululan por el gobierno. Pero no, la razón es aún más banal que si se trata o no una celebración satánica. Resulta que, para nuestra intelectualidad legislativa, la celebración “no es propia de nuestro país” y “compite” con las fiestas patrias.

Aunque reconozco que nada de lo que sale de nuestra Asamblea debe sorprendernos, es inaudito que no entiendan que la manera de generar interés por las fiestas patrias no es prohibiendo nada, sino estimulando actividades relacionadas con esas fechas. Es mucho más positivo organizar concursos y convivencias de lectura, redacción, oratoria, declamación, fotografía, dibujo, pintura, escultura y música que convertir las fiestas de independencia en una simple cacofonía de tambores y cornetas de corte militaroide. Aún así, los desfiles son una tradición que me parece válida, si no fuera por la payasada que constituye que niños y adolescentes formen bandas, escuadrones y escoltas con más galones y charreteras que un soldado del ejército napoleónico. Eso, sin entrar en el detalle del aumento en los gastos escolares que representa conseguir uniformes, tambores, platillos, batutas y todo tipo de artefactos que se lucirán por dos o tres días. Cuando no paramos de quejarnos del alto costo de la vida, es curioso que las escuelas estimulen semejantes gastos superfluos.

Pero una vez en los desfiles, también es mucho lo que se puede comentar. Este año, acompañé a mi hija al desfile en San Miguelito. La organización me pareció bastante buena. Sin embargo, lo más nutrido de nuestra especie política, no podía faltar. A la orilla del trayecto, se lucía una recién estrenada ambulancia, que tenía un radiante letrero en un costado y en el frente destacando que era “gestión” de uno de los diputados saltimbanquis que tan de moda están. Me niego a mencionar su nombre, porque igual le sirve de propaganda. Yo, me sigo preguntando qué diablos tiene un diputado que andar consiguiendo ambulancias, en lugar de dedicarse a redactar y aprobar leyes que es para lo que se supone que fue electo. Encima, esas gestiones de los tránsfugas hacen demasiado sospechosa la epidemia de “mudanzas ideológicas” que hemos visto durante los últimos meses.

Otra cosa que me gustaría saber es cuántos hijos de los innumerables precandidatos presidenciales participaron de los desfiles “obligatorios” de este año. Sería interesante saber cuántos presidenciables mandaron a sus hijos a “marchar, con fervor patriótico”, y cuántos prefirieron llevárselos a Miami o a Orlando a disfrutar las fiestas patrias en inglés. Y luego, mandan mensajes por Twitter “felicitando a Panamá en su mes de la patria”. ¡Qué hipocresía!

Lo último que mencionaré es el ridículo alarde de fuerza que año tras año hace la Policía Nacional. Como dijo un amigo, por un momento, aquello parecía un show del Cirque du Soleil, pero en moto. Esta gente, exhibió “autos para persecuciones a alta velocidad”, “autobuses de lujo para viajes largos”, “unidades antiterror”, “equipos para inactivación de bombas” y quién sabe cuántas otras cosas en las que han encontrado cómo gastar el dinero de nuestros impuestos. Lo único simpático fue la unidad canina, en la que los perros tenían una mirada bastante más inteligente que algunos de sus entrenadores. Si todo lo que gastan en pistolitas y “armas de guerra” lo invirtieran inteligentemente en salud y educación, seguramente nuestro país progresaría bastante más.

En fin, celebremos nuestras fiestas patrias, pero mirandohacia el futuro con el objetivo de tener un mejor país. Ojalá, algún día, maduremos lo suficiente para entender que la única manera de lograr progreso es invirtiendo en capital humano y no gastando impuestos en cosas irrelevantes.

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