EL BIENESTAR DEL PAÍS

Señor Presidente: I. Roberto Eisenmann, Jr.

Tras casi tres años de haber ocupado la Presidencia ya hay ciertas cosas importantes que sabemos son parte de su personalidad y estilo, y que no van a cambiar en los próximos dos años que faltan de su gobierno. Son estas:

1. Usted es un trabajador hipertenso y vigoroso hacedor de cosas. Hacer –y de inmediato– es para usted mucho más importante que cumplir con la ley, ya que la misma puede (según su criterio) paralizar la acción.

2. Como consecuencia de lo anterior, usted es constructor de cosas y destructor de instituciones. Las cosas materiales están hoy y mañana no, pero las instituciones costaron sangre y son las fundaciones de nuestra democracia. Esto para usted parece tener poca importancia, porque la sangre derramada fue de otros, pero es bueno que lo analice, si puede lograr algún momento de serenidad.

3. Su sistema psicológico parece requerir que esté constantemente a la orilla del barranco, en sobresalto diario... y, desafortunadamente, así ha tenido al país. Hasta ahora esto le ha comprobado a la mayoría del país que su producto político es –en balance– mayormente negativo, lo cual ni el exceso de publicidad puede resolver. Además, por su falta de palabra ha perdido algo que no se puede recuperar: la credibilidad.

4. Esta personalidad suya es naturalmente confrontacional. Así, ha confrontado a la sociedad civil, a la sociedad obrera llevando a los moderados hacia el radicalismo. Igualmente confronta a los empresarios, a los medios de comunicación, a los periodistas, a las Iglesias, a los opositores políticos, a los que fueron sus propios aliados políticos... y a los indígenas.

5. La gobernabilidad es una palabra ajena a su pensar, y lo es muchísimo menos el lograr gobernabilidad por la vía de consensos ciudadanos. Eso para usted es “co-gobernar”, palabrita que también usaba su predecesor. Es producto de presidentes sin preparación para el puesto que –como dicen los gringos– just don´t get it (simplemente no entienden).

6. A pesar de sus estribillos de campaña “entran limpios y salen millonarios”, “pueden meter la pata, pero no la mano” y un largo etcétera, usted aplica sus experiencias de salvajismo empresarial al manejo del Gobierno. Para usted todo –absolutamente todo– es una transacción económica y ahora, para lograr ventaja en cada transacción usa los poderes del Estado (auditorías, amenazas, intimidaciones y otros medios) para procurar debilitar al contrario en la transacción, permitiéndole comprar barato. Esto –la compra– se aplica a cosas, activos ajenos, a personas y a legisladores, todos por igual.

7. Usted no solo no ha hecho lo prometido por combatir la corrupción e impunidad, sino que ha adoptado todas las malas prácticas de gobiernos anteriores y las ha multiplicado geométricamente, en lo que pareciera una obsesión insaciable que ya ha permeado de arriba hacia abajo en todos los niveles del Gobierno. El cambio prometido ha resultado ser cambiar nuestra imperfecta y frágil democracia por una cleptocracia, en la que la corrupción ha sido convertida en obsesiva regla, ya no en excepción.

Bueno, estas son las cosas buenas y malas que, como son de personalidad y hábito, no considero posible cambiar en lo que falta de su período presidencial.

Ahora, algunos consejos de un ciudadano con algunos añitos más que usted, que quiere por sobre todas las cosas que usted termine su período constitucional con el menor de los traumas posibles, para bien de nuestro país:

1. La economía está volando. El crecimiento económico llegó al 10.5% el año pasado gracias en gran parte a las inversiones públicas (Canal y Gobierno central)... pero tres cosas hay que recordar:

a. La economía se compone de transacciones y la psicología de los agentes económicos. Los sobresaltos políticos –en gran parte innecesarios– van minando psicológicamente a los agentes económicos, hasta llegar un punto que pueden afectar negativamente las inversiones y el crecimiento económico. Si no hay crecimiento no puede haber desarrollo... y se arriesga la paz social del país.

b. La corrupción desatada –convirtiendo la democracia en cleptocracia– también mina la confianza de la mayoría de los agentes económicos, multiplicando aún más los posibles efectos negativos en la inversión y el crecimiento.

c. Ya se comienza a tomar nota de los negativos a nivel de las evaluadoras internacionales y los respetados medios internacionales, tipo The Economist, y una vez toma cuerpo una opinión negativa internacional, cambiar la tendencia es casi imposible. Crear una tendencia económica positiva toma muchos años; convertirla en negativa, solo meses.

En conclusión: Usted, señor Presidente, puede llegar a dañar incluso lo más importante que ha ayudado a construir durante su gobierno: el crecimiento económico.

2. Puede ocurrir una “implosión” de su gobierno, o sea una explosión de adentro autoprovocada, principalmente, por la corrupción. Ya se escucha desde adentro (en nuestro país no hay secretos) disgustos dentro de la propia cúpula por “cruces, “malos repartos”, etcétera.

Como esta situación es emocional y no racional, tarde o temprano provocará que algún participante disgustado “derrame las empanadas”, creando un macro escándalo con consecuencias impredecibles. Una implosión acabaría por anular de una sola vez su legado y las posibilidades políticas futuras de su partido, cuyas masivas inscripciones –sabemos todos– son extremadamente frágiles por ser compradas y no producto de la convicción.

3. No es necesario describir el obvio riesgo de una tercera explosión con los indígenas, que en esta vuelta están representando el sentir de la inmensa mayoría de la sociedad. De ocurrir la “implosión” o la explosión que veo posible, no solo sufrirán usted, su familia y su cúpula política... sino también el país.

Ya en una ocasión vivimos avergonzados como panameños, y no quisiera verlo ocurrir otra vez, sobre todo cuando –gracias al manejo del Canal panameño y el crecimiento económico– como nación estamos a unos pasos de ganarnos un estable respeto internacional en el concierto de naciones.

Ojalá, señor Presidente, que se permita usted junto con su familia íntima reflexionar sobre lo que le escribe este ciudadano sin agenda, sin ambición alguna y solo pensando, como de costumbre, en el futuro del país que estamos dejando a nuestros hijos, nietos y (en mi caso ya) bisnietos.

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