HACER JUSTICIA

Veinte años no son nada: Fernando Sucre Miguez

Cuando a principios de los años 90 se dictó en Estados Unidos la sentencia que condenaba a 40 años de prisión al exdictador Manuel A. Noriega, todos sabíamos que no se cumpliría en su totalidad. Tratamos de olvidar aquellos terribles días y continuamos con nuestras nuevas vidas en democracia. Luego empezaron los rumores sobre su libertad y los cuestionamientos políticos y diplomáticos por su posible extradición a Panamá, a fin de que cumpliera sus condenas pendientes por delitos cometidos en este país.

Dos gobiernos diferentes aplazaron la decisión, y posteriormente Francia lo reclamó, solo para decirnos dos años después que nos lo regalaba. Bueno, ahora llegó el turno de la verdad y de saber si somos capaces de hacer cumplir las leyes panameñas y las sentencias de los tribunales de justicia, pero admito que veo con preocupación el panorama.

Para los que no recuerdan o estaban muy pequeños en esa época, la historia de Noriega no es más que una cadena de vivencias oscuras. Desde su ascenso al poder, tras el fatídico golpe de Estado de 1968, y el posterior contragolpe en 1969, su vida estuvo plagada y dirigida hacia el mal. Como jefe del G-2 –brazo ejecutor de espionaje, desapariciones, exilios, torturas y muertes– de Omar Torrijos, hasta su llegada al máximo escalafón de la comandancia del Ejército, no dejó en su correr nada más que sudor, lágrimas y sangre.

Tras alcanzar, sin mérito propio ni por batallas ganadas, el cargo de general en 1983, la corrupción y criminalidad llegó al más alto grado. Traicionó a sus propios colegas al prometer al exgeneral Rubén Darío Paredes su apoyo para la elecciones de 1984. Al perder las elecciones el candidato oficialista contra Arnulfo Arias, Noriega ordenó que se perpetrara un fraude electoral. Luego, cuando los panameñistas protestaron sacó a toletazos a hombres y mujeres de la sede, en avenida Balboa, para que quedara claro que la decisión estaba tomada y que a él no se le podía cuestionar.

Tan solo un par de años más tarde se apuntó otra muerte, pero como era general lo hizo con extraordinaria severidad, ordenando la decapitación de Hugo Spadafora, crimen no visto ni en estos tiempos de tanta violencia.

Finalmente, traicionó otra vez a uno de los suyos, Roberto Díaz Herrera, sin contar que él cantaría, prueba en mano, muchas de las cosas que sucedían en la comandancia, y que aunque sabíamos, no teníamos las pruebas. Fue en ese momento que entró en acción un grupo valeroso de hombres y mujeres que creó la Cruzada Civilista e iniciaron una batalla frontal y sin armas contra el despiadado dictador.

Noriega hizo alarde de su poder reprimiendo manifestaciones, apresando a oponentes cuya única defensa contra él era la palabra; torturando a nuevos y viejos enemigos; cerrando medios de comunicación y enfrentando a los panameños unos con otros. Cuando el Gobierno americano decidió levantarle cargos por lavado de dinero y tráfico de drogas, su defensa fue que la Cruzada Civilista era la causante de aquellas calumniosas acusaciones. Durante esos tres terribles años, la Iglesia católica no hizo más que lo que le correspondía: defender a los oprimidos. Entonces el dictador inició ataques contra esa institución.

Más de uno creyó que una invasión estadounidense causaría toda una desgracia, pensaban que Noriega, el Ejército panameño y los Batallones de la Dignidad pelearían hasta liquidar al último soldado de EU. Pero la madrugada del 20 de diciembre demostró todo lo contrario a su lema “ni un paso atrás”. Algunos de sus seguidores pelearon y perdieron la vida, pero él, al sentirse igualado al resto de los panameños –desarmado– corrió de casa en casa de los pocos amigos que le quedaban, hasta esconderse bajo la sotana de aquella que tanto atacó: la Iglesia.

Su llegada a la Nunciatura Apostólica ha estado plagada de misterios. El nuncio no estaba en ese momento en Panamá y los norteamericanos lo trajeron antes de la llegada de Noriega en un avión militar.

Unas semanas más tarde, y con la indignación del pueblo panameño que le tocaba las puertas de la Embajada del Vaticano, Noriega realizó otro acto de cobardía y se entregó al Ejército de EU, que para ese momento era el único que le podía garantizar su derecho a la vida, ese derecho que él no le respetó a tantos.

Ahora retorna, supuestamente, a cumplir su sentencia por algunas cosas que le pudieron demostrar; nuestro norte debe ser que cumpla la sentencia, sin considerar su salud o edad.

La Cruzada Civilista desea hacer una manifestación de recibimiento. Me parece que no debemos caer en ese error. Eso es lo que Noriega desea: sobresalir, saber que aún es importante para algo, que algunos temen los secretos que pueda revelar y que otros lo recuerdan con odio.

Ignorémoslo, pero si lo que de verdad deseamos es justicia, denunciémoslo ante las cortes internacionales por violación de los derechos humanos, como le ha sucedido a más de un dictador; al fin y al cabo, 20 años no son nada.

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