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MEDIO AMBIENTE

Se acaban nuestras frutas silvestres: Augusto Arosemena

En una ocasión en que fui a un supermercado, observé unas guayabas en venta y pregunté de dónde procedían, me contestaron que eran importadas.

Entonces me puse a pensar en cómo se están acabando nuestros recursos. La guayaba fue una fruta de gran abundancia en nuestro país, se le encontraba en los patios de las casas, en las fincas, en los potreros y en los montes. Y teníamos variedad: la de pulpa roja era muy buena para jaleas; la blanca, de muy buen sabor; y la agria y la pequeña sabanera, ideales para hacer mermeladas.

Si estas variedades se hubieran cultivado y mejorado, hoy no tendríamos que importarla.

Lo mismo pasa con la guanábana, que durante un tiempo fue de poco aprecio. Se encontraban las frutas caídas del árbol sin que nadie mostrara interés por ellas. Hoy día tienen gran valor. Igual suerte ha seguido el nance que, en su época de mayor producción, solo bastaba limpiar alrededor del árbol e ir todos los días a cosecharlos. Pero ahora escasea y tiene un buen precio. Nunca vi que alguien plantara un árbol de nance.

Todas las frutas de los bosques están desapareciendo. No se encuentran caimitos, chirimoyas ni el anón; tampoco la cañafístula negra ni la de purga; no se ve la algarroba. Escasea hasta el piro y la piñuela, que nuestro campesino usa como medicina contra parásitos.

También se acabaron las frutillas que alimentaban a las aves, por eso emigraron la paisana, el tucán oropéndola, el chó- chó, el carpintero gigante de cresta roja, la paloma torcaz, la titibú, la rabilarga, la perdiz, y ya no se oye el trinar del chapín, del piquigordo, del bin-bin y del tronero; tampoco se escucha el canto quejumbroso del gallito de monte ni de la tapusa chiricana, que servía de reloj a nuestros agricultores.

Hasta las maderas finas y de construcción han desaparecido, porque se utilizan los árboles pero no se plantan otros. Transitar hoy día por un camino rural, es como caminar por la calle de un cementerio: no se escucha nada, todo rastro de vida ha desaparecido.

La naturaleza ha sido herida y nos está pasando una factura muy alta. Nos está racionando el elemento más valioso que nos da: el agua. Las frecuentes y prolongadas sequías, reducen el nivel de los ríos y quebradas, por eso ahora, solo escuchamos lamentaciones. O cambiamos de comportamiento o nos destruiremos a nosotros mismos.

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