EL MALCONTENTO

¿Se acabó la piratería?: Paco Gómez Nadal

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¿Se acabó la piratería?: Paco Gómez Nadal

La verdad es que no me sorprende que el 45% de la inversión extranjera en Centroamérica, durante 2014, llegara a Panamá. Es un buen país para los empresarios. Lo era con el empresario mayor al frente del negocio estatal, y lo es ahora que quien fuera su exvicepresidente y también ilustre empresario lleva las riendas del despropósito.

Cuando las autoridades de Panamá, totalmente permeadas aún por la herencia de Ricardo Martinelli, son capaces de confirmar un contrato más –uno de tantos– a las muy dudosas brasileña Odebrecht y española FCC con más sombras que luces es que el festín para los inversores extranjeros (y algunos de los nacionales) sigue en marcha.

Quien logra meter la mano en los jugosos contratos del país, no la saca. Y para meter la mano, lo más probable es que sea necesario firmar cheques de cinco millones de dólares como el que Hidalgo & Hidalgo le giró a Pipo Virzi a cambio de ciertas gestioncillas. No recuerdo la última vez que recibí un cheque con tanto cero, pero tampoco me imaginaba que los corruptos son tan torpes (o se sienten tan impunes) como para hacerlo.

Panamá sigue siendo buena tierra para piratas, que como en siglos anteriores, requieren de colaboradores internos que les allanen el camino del saqueo.

No hay duda de que la cantidad abrumadora de procesos e investigaciones abiertas contra exfuncionarios del gobierno de Ricardo Martinelli suponen un paso importante en el esclarecimiento de lo que costó esta fiesta de los piratas al Estado (aunque habría que sumar los sobrecostes, los presupuestos falsos y las obras ejecutadas con poca solvencia técnica), pero también es cierto que se necesitan dos pasos adicionales para que todo cobre sentido y que el país salga beneficiado. El primero sería que se modifique el marco legal, tan favorable a los piratas y tan lesivo para el Estado y los ciudadanos que lo soportan. El segundo sería que la justicia empiece a actuar con contundencia y a relacionar todo. Es decir, no se trata de robos aislados, de corruptelas desconectadas, sino de todo un entramado relacionado entre sí en las cloacas del poder pero, también, en las alcantarillas de las multinacionales que han entrado al país.

Ocurre con las empresas extractivas, no hay duda de que hay un patrón sospechoso en algunas de las constructoras. El país merece saber cuánto le ha costado del negociado de Odebrecht (que se inició durante el reinado de Martín el “grande” y sigue con el de Varela el “justo”), o el de Sacyr y su atraso sin fin en la ampliación del Canal, o el de FCC y el imprescindible balón de oxígeno que acaba de recibir de Panamá cuando su cuenta de resultados global empezaba a resentirse.

No es solo lo que se han robado los funcionarios corruptos, es lo que han robado los inversores (nacionales y extranjeros) de forma “legal”. Cadena del Frío, hospitales, aeropuertos, carreteras, comida, helicópteros… en cada metro de asfalto los panameños pierden dinero; en cada nuevo contrato, el mal olor impide el análisis certero de lo ocurrido.

Panamá necesita varias comisiones de la verdad, y una de ellas es sobre los negocios hechos en esta etapa de esplendor macroeconómico. Sería imprescindible para poner a cada uno en su sitio y reconocer a los empresarios que han intentado hacer negocio de forma ética y a aquellos (intuyo que mayoría) que han saqueado el país sin ningún tipo de escrúpulo.

Soy pesimista. Creo que la fiesta de la piratería sigue en marcha y que cuando las cifras de la macroeconomía empiecen a decaer (que sucederá), entonces llegará el Banco Mundial o el Banco Interamericano recomendando recortes en los derechos laborales, en el ya recortado sistema de pensiones, en las ayudas o subsidios… porque, como ya saben, las crisis contemporáneas las provoca el capital privado y la deuda se socializa para que las asuman las poblaciones. Así ha ocurrido en Europa y así ocurrirá (y ya ha ocurrido) en Panamá.

Si el gobierno actual quiere diferenciarse de lo anterior, tendrá que ser mucho más decidido y contundente. Al principio le acusarán de atentar contra la seguridad jurídica y el famoso “clima de negocios”, pero si se atreve a entrar en esa vereda incierta estará sembrando para que Panamá deje de ser tierra promisoria para bucaneros y vaya expulsando a todos aquellos inversores que la están sangrando.

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