TAREA DE GOBIERNO

El acoso de la corrupción en Panamá

¡Increíble, pero cierto! Tanto en la ciudad como en el campo, en los fatigados pasillos ministeriales y demás instituciones estatales o en las Universidades inquietas, en las mansiones suntuosas o en las viviendas de renta limitada y los tugurios, en los mentideros de cafeterías, restaurantes y discotecas, en la Policía Nacional, en el Ministerio Público, en las Alcaldías Municipales, en la Asamblea Nacional o en la Corte Suprema de Justicia, hay una palabra que sirve de denominador común: corrupción.

A juzgar por lo que se oye, gran parte del país se encuentra alarmantemente corroído. A los más varios niveles la gente habla de negocios vertiginosos y voraces, de narcotráfico, de asaltos, de nepotismo, de robos y lavado de dinero, crímenes y abusos de la más triste especie. El acoso de la corrupción (y la inseguridad) es tal, que en poco tiempo ha ido minando la conciencia de los panameños.

Panamá, lamentablemente, vive hoy la apoteosis del mal sentido reverencial del dinero. Grandes y pequeños inclinan la cerviz y se postran genuflexos ante “el becerro de oro”. He aquí un problema demasiado grave para tratarlo con pasión o con ligereza. Es menester analizar con frialdad el quebranto que ha producido en la salud del país la fiebre del consumismo. Solo conociendo las causas y el volumen de la erosión sufrida por el cuerpo social se podrán arbitrar los remedios sin minimizar ni desorbitar la realidad.

Panamá ha sufrido en las últimas décadas dos aguaceros torrenciales: el de los tecnócratas y el de la televisión. Los primeros, salvo algunas relevantes excepciones, se entregaron con frenesí a cantar el desarrollo material, olvidando los otros desarrollos igualmente necesarios para la sociedad: el religioso, el cultural, el social, el político, el moral.

Paralelamente, a buena parte del pueblo panameño, sobre todo a la gente pobre de la ciudad y del campo, se le fijó como nuevo horizonte la pequeña pantalla y quedaron en poco tiempo profundamente materializados por el alud de una publicidad sin control.

En este sentido el daño que ha hecho la televisión en los últimos años es incalculable. Bueno es incorporar a las gentes a la sociedad de consumo, pero midiendo previsoramente tiempos y esfuerzos y sin perder el equilibrio necesario para la armonía de los diferentes valores que generan la felicidad del hombre.

El Panamá parásito de la corrupción no se ha detenido como algunos querrían suponer en los niveles políticos o administrativos. Lo ha invadido todo porque el fruto sano se zocatea en seguida si no se separa a tiempo del que está cedizo. Así, ciertos escandalosos negocios públicos han sido paralelos a los privados; así, ha descendido el termómetro religioso en no pocos sectores hasta los cero grados de la indiferencia; así, se han multiplicado como las arenas del mar los merodeadores de comisiones, los intermediarios que exprimen el trabajo de otros y los elegantes usureros de la sociedad de consumo; así, la relajación de las costumbres ha desbordado a los clubes exclusivos, se ha instalado en las clases medias y araña ya a ciertos sectores del clero; así, se ha producido la falta de respeto de los alumnos para con los maestros y profesores, y de los hijos para con los padres; así, se aplaude la holganza juvenil como sistema de vida.

En Panamá se ha consagrado últimamente la moral del triunfo. Lo que importa es triunfar. Triunfar a toda costa. El cómo da igual. Si se alcanza el fin, todos los medios han sido buenos. Sin duda, son muchísimos en nuestro país, y en todos los sectores y niveles, los que permanecen ejemplarmente incontaminados, negándose a participar en la ceremonia de la confusión.

Sería interesante renunciar momentáneamente a las estadísticas triunfales y saber qué piensa de todo esto el Panamá real; el de las amas de casa, el de los educadores, el de los empleados de Banco que cuentan las cuentas del montón de dólares y la voracidad; el de los panameños honrados y de buena voluntad esparcidos al viento de la geografía istmeña.

Pero los que enmascaran en la ortopedia de la tecnocracia los más suculentos negocios, los mascarones de proa de las naves corrompidas, ni quieren ni pueden conocer, en medio del festín de la disipación, ¡ese Panamá real que contempla atónito cómo se cierne el temporal en el horizonte! A nuestro juicio, una de las tareas esenciales con las que se enfrenta el actual Gobierno, es decir ¡basta ya!, y reducir la corrupción.

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