RECORDERIS

Todo lo bueno del pasado: Carlos Eduardo Galán P.

En esta, nuestra querida provincia, nadie pasaba hambre. Con las pocas excepciones de unos cuantos latifundios en el oriente chiricano, los campos estaban ocupados por pequeños aparceros que con el esfuerzo de su trabajo obtenían holgadamente de su tierra el sustento para su familia. El campo era fuerte y consistente. Las generaciones que se sucedían lo heredaban para continuar y mejorarlo en la misma actividad. Una casta de hombres y mujeres esforzados e independientes, que la política solo la oían por sus radios.

En 1940, con 110 mil habitantes, se sembraban en Chiriquí 35 mil hectáreas que producían 750 mil quintales de los tres granos básicos. Había comida abundante y barata para todos. Nadie pedía ni recibía limosna. Ni por la mente más satánica pasó la idea que llegaría un día en el que habría que hacer filas interminables para poder obtener comida importada. O para recibir un jamón o una bolsa de alimentos de un político sinvergüenza, con la intención de comprar su voto con ello. Cómete el jamón y olvídate de ellos.

Éramos una sociedad de características culturales muy similares. Producto de nuestras costumbres ancestrales y el aporte de aquellos inmigrantes que nos llegaron entonces, a hacer de esta tierra su hogar. Y trayendo consigo sus diferentes habilidades artesanales, complementando con ellas los servicios que requiere toda comunidad organizada para subsistir. Y legislaciones serias, producto de gobernantes responsables, supieron normar ordenadamente esas migraciones para el beneficio y desarrollo de toda la comunidad.

Esta calidad de sociedad hizo que el delito fuese algo casi inexistente. Podías dormir con la puerta abierta. Las buenas costumbres y la cortesía predominaban en el trato diario. Había respeto hacia los mayores. En hogares y escuelas se inculcaba a niños y adolescentes el estricto concepto de la honradez y las buenas costumbres. Grandes y chicos, pobres y ricos, se vestían con pulcritud y se expresaban con cortesía. La música era una armonía que deleitaba los oídos. Los maestros eran un constante buen ejemplo donde quiera que fueran. Se brindaban clases de “orden y aseo”, de “urbanidad” y de “cívica”.

El deporte sano era parte esencial de la formación académica. Las veladas eran actividades sanas en las que los alumnos mostraban sus dotes de oratoria o sus diferentes habilidades artísticas. Concursos como los actuales, motivando a las niñas a cómo “moverlo” mejor, es algo que no hubiese cabido jamás en un programa escolar.

En cada calle de cada barrio existía “la tienda” de un panameño, ahí los vecinos obtenían sus alimentos a precios razonables. Y “fiao”. La Visa de entonces era una libretita en la que se apuntaba a cada uno lo que llevaba para luego pagar en la quincena. Sin intereses. Y encima te daban “ñapa”. Los supermercados, donde encontrabas de todo, eran netamente chiricanos. Y los podías encontrar en varias partes de la provincia.

Grandes empresas regionales nos proveían de todo lo necesario para una vida cómoda y además proyectaban sus actividades a otras áreas del país. Había diversiones sanas y salas de cine en las más importantes ciudades de la provincia. Poseíamos todas las industrias básicas indispensables, producto del ingenio y el esfuerzo de los ciudadanos. Y sus propietarios se sentían a gusto viviendo y criando a su descendencia en su propia provincia. Y de pronto... nos caen en pandilla los importadores y los “inversionistas”. Hoy se siembra en este granero casi la misma área que hace 70 años. Nos han atiborrado de gente de diversa clase y de todas partes del mundo. Todos invitados a comer aquí.

¿Este es el pasado al que “Panamá no puede volver”? Bueno, algunos sí tienen un presente mucho mejor, por eso, no lo quieren soltar.

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