SUEÑOS

La ciudadanía ´metrificada´: Dicky Reynolds O´Riley

Hablar mal del Metro es como proferir una herejía o buscarse una pelonera, porque todos parecen estar “metrificados”. Las mamás que cargan con niños, los ancianos, los turistas, las mascotas escondidas, los carteristas que estudian el área, hasta el que no tiene nada que hacer ni a dónde ir se introduce en el vientre de esa serpiente de metal, por curiosidad.

¡La felicidad completa! Todos más contentos que un bobo chupando caña. Los ciudadanos actúan como los de Macondo cuando les llevaron el hielo por primera vez, según el relato de Cien años de soledad.

Mientras esto sucede, hay vidas colaterales que parecen disiparse por el entusiasmo de la novedad. Todo está fríamente calculado, pero todavía no hay agua para mitigar la sed de algunos, y ni hablar del elemental aseo, todo por una distribución inadecuada, sin culpar a aquella que no ha caído y nos tiene cantando “Que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva”. El momento político nos hace pensar que la eternidad existe, porque la campaña pasada se enlazó con la actual, poniendo a prueba nuestra capacidad de hastío. Los precios de la canasta básica se mueven a la velocidad del Metro. No hay temas sobre corrupción ni jueces, etc.

Ex profeso, todo gira en torno al Metro que pareciera ser un satélite parecido al Sol. Haciendo un ejercicio, fui a dar mi paseíto en “la máquina de los sueños” y, furtivamente, me robé conversaciones. El espacio, entre gente y gente, no da para honrar un secreto.

Algunos pasajeros decían: “No importa que hayan robado, pero por lo menos lo hicieron”. “Si pierden las elecciones, le subirán el precio como castigo”. “¿Tendremos dinero para pagarlo cuando se acabe la ilusión?”. “Ese Martinelli sí es astuto...”, una expresión que dejo en el aire para la interpretación.

Otro espetó: “Esa no es su plata, son nuestros impuestos”. Uno de los últimos pasajeros en bajarse en la terminal de Los Andes fue más gráfico al decir: “He vuelto a mi realidad, soñé por 23 minutos”. Otro más escéptico dijo: “Ojalá no nos hayan llevado en el trencito”.

Cuando despertemos, ya será 5 de mayo y la conmemoración de la tragedia de El Polvorín.

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