EL MALCONTENTO

El (inmoral y costoso) subsidio a los ricos: Paco Gómez Nadal

El informe que presentó en plena semana de pasión la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (Cepal) y Oxfam fue demoledor. El estudio desnuda la profunda injusticia tributaria que rige en la región y demuestra con fríos datos el descaro fiscal de las élites latinoamericanas, siempre llorosas ante la “intervención estatal” y siempre beneficiadas por un subsidio permanente que se traduce en una profunda desigualdad.

Ya sabíamos, gracias al nada sospechoso de ñángara Banco Mundial, que Panamá es el décimo país más desigual del planeta, compitiendo con Estados africanos y con los vecinos Honduras, Colombia, Brasil, Guatemala o Chile. No hacen falta estadísticas para quien tiene ojos, no hacen falta informes para quien pasa hambre frente a la opulencia o para quien teniendo empleo debe hacer equilibrios para llegar a fin de mes. La desigualdad, la inequidad, es un hecho tangible que no es más que la consecuencia de unas causas estructurales arrastradas por siglos y que ningún crecimiento “milagroso” del PIB puede solucionar (Panamá vuelve a ser un buen ejemplo de esta verdad). Hay muchas: el control político de las economías nacionales por una pequeña élite criolla, el racismo, el modelo rentista, el extractivismo, la exclusión política de amplios sectores de la sociedad, la precaria educación… Pero la Cepal y Oxfam se han centrado en una de las causas que sería más fácil (y polémica) de combatir: la injusticia tributaria. Estas organizaciones nos han confirmado que el 10% más rico en América Latina y en el Caribe solo aporta en impuesto un 5.8% de sus ingresos brutos (aunque en la mayoría de países no pasa del 3%), mientras concentran el 70% de la riqueza de sus países. Así es en Panamá, donde el decil más rico no llega a tributar ni el 6% de su renta.

La injusticia tributaria se confirma cuando sabemos que las personas asalariadas tributan una media del 10% de sus salarios y que los ricos de otras latitudes (incluso los que pagan pocos impuestos, como los estadounidenses) aportan entre el 14% y el 20% de sus rentas. Sin impuestos no hay Estado, sin Estado no hay redistribución ni solidaridad social, sin solidaridad social la vida común es una lucha por la supervivencia injusta y dolorosa.

Muchos de nuestros ricos latinoamericanos suelen apelar al esfuerzo individual para que los países alcancen el nivel de desarrollo de los Estados más ricos, pero olvidan mencionar que mientras en la región los impuestos no suponen ni el 21% del PIB nacional (un 19% en Panamá), en los países ricos de la OCDE ese porcentaje se encarama al 34%. En esa brecha se encuentran muchas explicaciones y en el 6.3% adicional que los más ricos eluden en impuestos cada año (unos 320 mil millones de dólares). Nuestros ricos se lamentan cada vez que se les pone un impuesto, pero recomiendan que se aumente el ITBM para nivelar las cuentas del Estado o se quejan de que los Estados sin ingresos se endeuden para cumplir mínimamente con sus obligaciones sociales. Nuestros ricos también suelen quejarse de los subsidios que los gobiernos conceden a los más pobres para pagar la energía o el gas y argumentan que esas políticas fomentan la pereza (casi innata) de los más desfavorecidos (¿por quién son desfavorecidos?). Esa quejadera continua no tiene otro objetivo que generar el ruido suficiente para que la mayoría de la población no se dé cuenta de que es ella la que mantiene un (inmoral y costoso) subsidio a la riqueza que ha permitido, según la Cepal y Oxfam, que “entre 2002 y 2015, las fortunas de los multimillonarios de América Latina crecieran en promedio un 21% anual; es decir, un aumento 6 veces superior al del PIB de la región”.

No trato de reconstruir un discurso de lucha de clases ni de abogar por el fin de la riqueza: mi idealismo y mi ingenuidad no dan para tanto. Pero sí considero que es imprescindible una nueva política tributaria, unos candidatos a presidentes (a ser posible, no millonarios en defensa de sus privilegios) que incluyan en sus programas una propuesta fiscal seria que no prometa reducir impuestos para estimular la economía (una de las mayores falacias de las élites) ni abran zonas francas allá donde lo que hace falta son espacios de justicia económica.

Los impuestos excluyen o incluyen, generan un clima de solidaridad interclasista o alimentan la inequidad y la frustración. Es imprescindible que ese 10% más rico abandone su radicalidad ideológica (ellos son los radicales) y entiendan que debe aportar al sistema general en justicia, según el nivel de sus ingresos. Mientras eso no ocurra, seguiré considerando como vergonzosas curitas la tan manoseada responsabilidad social corporativa, las fundaciones caritativas alimentadas con las migajas de la riqueza o los patéticos teletones que socializan la culpa y la desigualdad. Los “subsidios” encubiertos a los ricos son otra forma de corrupción económica y moral.

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