DESPILFARRO DEL TESORO NACIONAL

Lo que dicta la ´Constitución´: José de las M. González C.

Sin vericuetos oscuros, sin acepciones ambiguas y sin articulado laberíntico. Desde el emblemático nacimiento de la República, todas las constituciones dicen: “No habrá fueros ni privilegios en la República de Panamá”. ¡Qué ironía! Hay en esta república más fueros y privilegios que huevos pone la abeja reina en su bien organizado enjambre.

De los muchos privilegios que mastican vorazmente a la enclenque democracia panameña, el que más odia el pueblo es el que hace intocable al zángano depredador del erario. A los insoportables parásitos se les desprecia, porque desvergonzadamente insisten en continuar mamando las doloridas tetas de la ubérrima ubre de la Res-pública.

Las hambrientas garrapatas se han arropado con un manto de inmerecida inmunidad. Increíble, estos inútiles e insoportables bichos se enorgullecen enarbolando su túnica que ni con mucho oculta su desfachatez. Son tan mensos y ridículos, que se desgañitan llamándose dioses terrenales. Su ceguera crónica es tan aguda que juran que Panamá es su sagrado altar y ellos, ídolos llamados a ocupar un nicho en él. Intolerable. En tanto, los “inmunes” despilfarran las arcas nacionales, un maestro, un funcionario, un trabajador de la empresa privada o un obrero devenga salarios de hambre que apenas si alcanzan para una canasta básica pobre, casi miserable, y tiene que hacer malabarismos brujos para evitar morir de inanición. Los truhanes cínicamente se pelean la dorada bandeja repleta de dólares que el indolente pueblo injustificadamente no defiende. ¿Será posible que no lo hace por carecer de visión o valentía? Si ello es así, con su apatía está renunciando a su placentero porvenir.

Veamos otro exabrupto miope de la Constitución. Si un hombre del pueblo desea comprar un carro cumple con todos los trámites de ley. ¿Y? Pero si es un “honorable” diputado (tomo a este porque es el que tiene una jaba repleta de privilegios) que gana 10 o más veces lo que el hombre del pueblo, sin contar las sucias coimas y las turbias mordidas. se le exonera del pago de todos los impuestos. ¿Ha sido sepultado “no habrá fueros ni privilegios”? Por antelación, aceptamos que el intocable “padre de la patria” puede por ley importar carros exonerados de todos los impuestos, pero para su exclusivo uso y no para negociarlo.

Inconcebible, el “padre de la patria” no solo viola flagrantemente la ley, sino que también irrespeta al pobre hombre del pueblo y lo hace con vulgar insolencia y, más aún, con amarga mofa. A él no le importa un ápice la solvencia económica del saqueado tesoro nacional y, delincuencialmente, vende los vehículos de 100 mil o más dólares.

Para el ufano “padre de la patria”, esta vale lo que un bledo podrido. Solo tiene valor intrínseco, para él, los pingües dólares que engordarán aún más su obesa cuenta bancaria. Él, con inaudito sarcasmo, se pregunta: “¿Cometí un delito?” y socarronamente se dice: “sí, pero la ley no me alcanza”.

Es tan repugnante el actuar del “padre de la patria” (se admite que hay algunos diputados honestos y respetuosos de la ley) que el pueblo vomita amargadísima bilis al tener, obligatoriamente, que tragar la acre pócima. Pregúntate, pueblo panameño, cuánto se le roba a la agonizante caja del Estado bajo la miopía de los inconcebibles e inusitados privilegios dados con largueza a las alimañas pegadas, con regocijado contento, a la lastimada piel de la saqueada nación. Recordemos, aunque sea con amargura, al cúmulo de amebas. Hablo de la caterva de ineptos “altos” funcionarios que no aportan nada al muy necesitado país. A ellos se les podría tildar, sin rubor, tábanos chupa sangre del Estado.

Hay que aceptar que el tiempo se agota y, por ello, extirpar ya, y de un solo tajo, el sinnúmero de cánceres, pero no con oxidados revólveres al estilo caduco del pistolero Mariano Mena, sino inteligentemente; es decir, a través de una constituyente cuyo fruto sea una Constitución que taxativamente establezca que los poderes de Estado son autónomos, que gozan de independencia absoluta, real, nítida, sin vericuetos oscuros, sin acepciones ambiguas y sin articulado laberíntico. En fin, una Constitución que para hacerle una innecesaria reforma se requiera de la aprobación de al menos el 75% de los diputados que componen la augusta Asamblea Nacional y nunca del 75% de sumiso quórum. Es más, que para hacer efectivas las aberrantes reformas sea imprescindible dos Asambleas diferentes y no dos períodos legislativos domesticados, como se acostumbra en la nefasta actualidad.

Si así se hiciera, no podrían los todopoderosos gobernantes asesinar a la Constitución con tanta visceral alevosía, ni con tanta deslucida majadería ni con tanta aborrecible frecuencia.

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