REFLEXIÓN

La historia universal del ‘juega vivo’: Elpidio J. González A.

Borges me perdonará el atrevimiento. Basta leer su Historia Universal de la Infamia para comprobarlo. Se cree, equivocadamente, que el vivaracho es una especie endémica de nuestro país. No lo es ni siquiera de América Latina. Este espécimen tiene un origen oscuro, y las sociedades de por acá son solo una expresión de comportamientos universales que atañen a la humanidad en su conjunto.

Se pueden identificar otras expresiones equivalentes a nuestros vivarachos. Me propongo enumerar algunas. No se puede entender la consolidación de Estados Unidos como la mayor economía del planeta, sin el papel del imperialismo. Los enclaves y las imposiciones económicas en los países pobres propiciaron este proceso que se venía fraguando con dinamismo desde el siglo XIX. Dar apoyo a la independencia de un país débil, como el Panamá de principios de 1900, para luego apropiarse de su rumbo económico por casi 100 años, ¿no es un poco jugar vivo?

Veamos ejemplos más actuales. La reciente crisis económica mundial, ¿no es en parte el resultado del comportamiento irresponsable y egoísta de un conjunto de individuos con enorme poder político y financiero? La evasión de impuestos en los países ricos, núcleo del escándalo de las sociedades offshore, es casi idéntica a nuestras vernáculas coimas y a la indignación de una curundueña por tener que pagar alquiler. Hemos identificado el “juega vivo” en otras sociedades aparte de la nuestra. ¿Por qué, entonces, a algunos países les va bien y a nosotros, no?

Es cierto que el “vivarachismo” sirvió para enriquecer a muchos países, sin embargo, no podemos atribuirle a ello su adelanto científico, tecnológico y social. Pudo contribuir parcialmente, proveyendo facilidades y libre albedrío (aspectos precarios en el mundo subdesarrollado), pero no es ni de lejos la causa principal. Nuestro modelo del “juega vivo”, del individualismo salvaje, más allá de ser éticamente incorrecto, es históricamente incorrecto. Dejemos el romanticismo a un lado. Lo que han entendido las mayorías en algunos países desarrollados no es, léase bien, “no es” que debemos tener empatía, ser solidarios y perseguir el bienestar colectivo, sino que este puede ser un medio efectivo que propicie el bien individual. Un comportamiento nada nuevo, identificado por Montaigne, por Tocqueville y hasta mencionado por Joseph Stiglitz en uno de sus artículos.

En resumidas cuentas, no es el bien por el bien. Es el bien, porque voy a estar bien. Si se logra que la mayoría de los panameños reconozca la utilidad del bien común como vehículo para alcanzar su bienestar individual, habremos dado un paso importante en pos de mejores condiciones de vida. No obstante, este giro del pensamiento colectivo no garantiza salir del subdesarrollo, porque este fenómeno es social y económico, a la vez, y sus causas se vinculan a estructuras de inequidad propiciadas por la configuración del mundo y del sistema que lo rige. Pero este cambio es necesario y nos conducirá a un mejor desarrollo de las capacidades humanas y del entorno, norte y principal objetivo al que nos debemos encaminar.

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