EL MALCONTENTO

El poder de la memoria colectiva: Paco Gómez Nadal

Nuestra memoria ha sido sustituida por tarjetas SD que, según nuestra capacidad de compra, vacilarán entre las escasísimas de 4 gigabyte (GB) hasta las flexibles de 64 GB. Esa es nuestra memoria, dura lo que dura la obsolescencia programada y almacena la fugacidad para no volver a pensarla jamás. Olvidamos nombres, números de teléfono y fechas importantes. Olvidamos direcciones, referencias y estrofas de canciones que algún día nos conmovieron. Si algo ha logrado el biopoder es confundirnos al extremo –con la sobredosis de información fragmentada y fragmentaria– y desmemoriarnos.

La realidad mediática, simulada –que es la que vivimos– es vertiginosa. Los acontecimientos se suceden de forma voraz y se produce el efecto archivo: una vez que hemos visto algo en el noticiero ese algo pasa a alguna zona de archivo que lo invisibiliza. Podemos recorrer la secuencia Martinelli corrupto-detenidos en protestas por termoeléctrica-estreno de la Guerra de las Galaxias-aniversario de la invasión-nueva crema contra la celulitis-los mejores memes del año 2015-Steve Harvey presenta Miss Universo, sin pestañear.

Todo se amontona en un coctel sin sentido, pero que marca los ritmos de nuestra amnesia. No es casual. Recordar es manía de resistentes, de seres humanos con conciencia, de pueblos que mantienen vivos a los suyos y que respetan las luchas propias, aunque se haya salido maltrechos de ellas.

Si es cierto que somos tremendamente frágiles ante este bombardeo de olvido, también es verdad que los seres humanos somos una especie resiliente. Tenemos la capacidad de resistir y de responder. Eso es lo que me parece que acontece cada 20 de diciembre en Panamá. Mucha gente recuerda de forma terca, se empeña en rescatar las imágenes de la infamia, se hacen preguntas, cuestionan la débil actitud del poder actual respecto a las deudas del pasado. Lo hacen en las paredes, en las redes sociales, en las conversaciones, en los espacios públicos… Gente que sabe que son lo que fuimos, que no podemos ser lo que no sabemos que hemos sido.

Así, en la periferia de la desmemoria oficial, se va construyendo una narrativa colectiva, una memoria tan imperfecta como lo son los recuerdos, pero que tiene el tremendo poder de construirse de manera colectiva y pública. De nada sirve recordar lo que nos explica como nación si el ejercicio es privado.

Apuesto por la memoria colectiva como una de las formas de combatir la amnesia suicida de los pueblos. Una memoria que ponga a cada uno en su sitio, que señale a victimarios y que dignifique a las víctimas, que utilice símbolos para visibilizar lo oculto y no dude en limpiar de suciedad los recuerdos intencionalmente enlodados por los escribanos del poder. Apuesto por la memoria colectiva heredable, esa que tejemos cuando somos conscientes de que si somos algo debemos ser ancestros de las generaciones futuras y que eso nos obliga a contar a los que llegan de dónde venimos y cuáles fueron nuestros fracasos.

La memoria colectiva, la que no se redacta en los ministerios de (re) Educación, casi siempre narra derrotas, porque las grandes victorias suelen corresponder a los que nos desmemorian. Sin embargo, es obligación de los tejedores del común rescatar las pequeñas victorias, los relatos de resistencia, la microhistoria de los nadie que durante unas horas o encaramados a una sola frase fueron el ejemplo de un pueblo.

No me gusta la imagen de la invasión en la que solo hay victimarios y víctimas, porque diluye las pequeñas resistencias, los actos de insumisión, la solidaridad entre los afectados, las pequeñas historias heroicas. Las hay, las he escuchado de algunas amigas y amigos que vivieron aquellos días, pero creo que ni se cuentan las suficientes ni de forma tan habitual como se debería.

Panamá, dice un gran amigo, es uno de los países más maltratados en el imaginario colectivo de la propia Latinoamérica. Rescatar la memoria de los de abajo contribuye, sin duda, a modificar esos prejuicios. Nosotros elegimos qué se cuenta: o la versión sin aristas del final de feliz de una pérfida dictadura o la que narra una historia compleja de colonialismo, resistencias, derrotas y esfuerzos por perdurar que son el verdadero relato de lo ocurrido.

El poder de la memoria colectiva está en su capacidad de sembrar memoria y conciencia de pueblo, en su vigorosa terquedad para rescatar la historia usurpada a toda una nación, en su inagotable ejército de “recordadores” que unidos, al ceder el ruido de los televisores, pueden componer una banda sonora alterna a este soniquete enlatado por los que no solo quieren que olvidemos, sino que nos quieren imponer sus recuerdos maniqueos. Por eso es importante que en cada pequeña resistencia, en cada mínimo movimiento organizado alguien se encargue de la memoria, de documentar la versión de los nadie, de multiplicar la voz de los enmudecidos. La memoria es conciencia y la conciencia es casi lo único que nos da dignidad.

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