REFLEXIÓN

En torno a la ética de los partidos: Javier Comellys

Si bien es cierto que los partidos políticos constituyen la columna vertebral del sistema democrático, que a la vez juegan un papel relevante entre la sociedad y el Estado, y entre gobernantes y gobernados; que son agentes fundamentales en la socialización política en cuanto se refiere a la formación de la opinión publica, y constituyen el libre juego institucional, es decir, el peso y contrapeso necesario en la vida democrática, no menos cierto es que en nuestro país se vive y se percibe en ellos (cada día más y de forma intensa) una crisis ético-moral.

Esto es el resultado de la poca credibilidad y confianza de la ciudadanía y la sociedad civil hacia la clase política, por su falta de valores y propuestas, su sinsentido y poca conciencia solidaria. Cada cual quiere arrebatarle al otro lo que tiene, no existe un verdadero idealismo, ni sentimiento humanista. Nos importa más el bienestar personal que el servicio a la comunidad.

El germen de la corrupción pareciera estar arraigado en las venas de los funcionarios y en la mayoría de la clase política (que piensa que las instituciones son un botín) y ha corroído tanto las instituciones públicas como el sistema democrático, por eso nadie cree en los dirigentes.

Emmanuel Kant (1724-1804), pensador ilustre de todos los tiempos, decía que el hombre es libre por naturaleza y su razón le señala una ley moral que debe obedecer. En otras palabras, el fundamento de la ética es la ley moral que rige para todos. Es aquella instancia que juzga valores y conductas y hacia la que debemos dirigir nuestras acciones. Es decir, cuando nos referimos a ella, hacemos alusión a la forma de actuar, pensar y sentir de cada persona, del servidor público, empresarios y del funcionamiento del gobierno en el buen cumplimiento de su deber.

En otras instancias, si se quiere comprender la forma de pensar, sentir y obrar de cada persona, debemos conocer sus afanes pasionales, porque muchas veces somos arrastrados deliberadamente hacia la escoria social por un error de juicio o por el predominio de la pasión sobre la razón.

Es imposible obtener buenos resultados en la actividad política si no estamos motivados por los principios éticos. Ellos nos han demostrado que poniéndolos en práctica obtendremos una forma de vida casi perfecta. Esto es lo que necesitan los políticos para hacer de Panamá un país menos satanizado, violento, egoísta y menos corrupto. No necesitamos pactos que nos indiquen hacia dónde debemos dirigir nuestras acciones y metas, ni que las iglesias sean nuestros árbitros.

No se debe manipular el evangelio para que la Iglesia tome las decisiones que deben adoptar los políticos. Dado que no confiamos en nuestros propios valores, ni juicios, y porque somos incapaces de mantener el orden moral, buscamos refugio en los templos, en los santuarios y en la teología cristiana. Dejemos que las Iglesias ejerzan su función evangelizadora, porque ellas, al igual que la política, son instituciones autónomas e independientes.

La historia ha demostrado que la relación Iglesia-Estado siempre ha sido de hostilidad, antes y después de los tiempos de los emperadores romanos.

Las fuerzas morales son diferentes, son intangibles, por eso no podemos medir cuantitativamente sus efectos como una fórmula química, sin embargo, la humanidad siente su empuje, porque imantan los corazones y fecundan a los ingenuos.

Erich Fromm, pensador influyente del siglo XX, en su obra El corazón del hombre nos dice que “el ser humano siempre se ha caracterizado e identificado con los valores del mercado, la oferta y la demanda; como un bien de consumo, siente que su vida es un capital que debe invertirse provechosamente”. Lo que equivale a decir que solo lo material tiene un precio, y no lo espiritual. Ese es el comportamiento inmoral de muchos delincuentes corruptos de la clase política de nuestro país. Aunque no son todos, muchos se han caracterizado por ser individuos incapaces de adaptar su conducta a la espiritualidad y la moralidad promedio de la sociedad en que viven.

El problema moral de la clase política de este país radica en que ha perdido el sentido del significado y la singularidad propia y la de los demás. Ha hecho de sí misma un instrumento de propósito ajeno a nosotros; nos trata como simple mercancía de la enajenación social.

Es decir, se ha transformado al prójimo, como a nosotros mismos, en simples objetos moralmente inservibles. El resultado es que ya nadie cree en nadie ni en sus propios valores, impotentes y despreciados muchas veces por la forma de actuar y comportarse de sus dirigentes.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

19 Nov 2017

Primer premio

8 0 5 6

CCAA

Serie: 13 Folio: 12

2o premio

9078

3er premio

3785

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código