DERECHOS HUMANOS

Ruta por Darién ha cobrado la vida de, al menos, 25 migrantes

El director de Medicina Legal y Ciencias Forenses reconoce que existe un ‘subregistro’ en las cifras.

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Adultos y niños ponen en riesgo sus vidas al tratar de cruzar la selva, con la finalidad de llegar a América del Norte. Alexander Arosemena Adultos y niños ponen en riesgo sus vidas al tratar de cruzar la selva, con la finalidad de llegar a América del Norte. Alexander Arosemena
Adultos y niños ponen en riesgo sus vidas al tratar de cruzar la selva, con la finalidad de llegar a América del Norte. Alexander Arosemena

Al menos seis migrantes mueren por año al tratar de cruzar desde Colombia a Panamá por la peligrosa ruta de Darién.

Así se desprende de un informe del Ministerio de Seguridad Pública que da cuenta de que entre 2014 y este año han muerto 25 migrantes en esa región del país.

El director del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, José Vicente Pachar, sostiene que hay un “subregistro” de las defunciones en la selva. Añadió que muchas veces lo que hacen los funcionarios del Servicio Nacional de Fronteras o del Ministerio Público al encontrar un muerto es “dejar constancia del hallazgo”.

Un informe de la Organización Internacional para las Migraciones indica que en América Latina y el Caribe -donde se calculan mil muertes de migrantes entre 2014 y 2018- es difícil obtener cifras confiables, en particular en alta mar o en zonas selváticas remotas.

Darién, el final del camino

La inhóspita selva de Darién se ha convertido en el final del camino de muchos migrantes que buscan con ansias libertad, mejores condiciones de vida y paz. Su imponente y caudaloso río Turquesa es protagonista y a la vez testigo mudo de ese fatídico último momento: la muerte.

Las cifras oficiales del Ministerio de Seguridad Pública indican que 25 migrantes ilegales fallecieron, de 81 mil que transitaron por el área, entre 2015 y 2019, en su intento por cruzar de Colombia a Panamá por esa peligrosa ruta, para seguir su viaje a México, Estados Unidos o Canadá. Pero del otro lado de la moneda están los no contados, aquellos cuyos cuerpos nunca fueron recuperados.

Cruzar el tapón del Darién, la región más intransitable y peligrosa de América Latina, es un viaje duro que puede costarle la vida a los migrantes. Alexander Arosemena Expandir Imagen
Cruzar el tapón del Darién, la región más intransitable y peligrosa de América Latina, es un viaje duro que puede costarle la vida a los migrantes. Alexander Arosemena

No es un número menor si se tiene en cuenta, por ejemplo, que en toda la frontera sur de Estados Unidos (de 3 mil 169 kilómetros, 12 veces más extensa que la de Panamá y Colombia) murieron 398 personas en 2016, según la Organización Internacional para las Migraciones. Ese año fueron detenidas 611 mil 689 personas tratando de cruzar.

De los muertos en Darién, sin embargo, casi nadie habla, solo sus familiares. Pero el Turquesa, un afluente de la cuenca del río Chucunaque, por momentos da pistas de lo que pudo haber ocurrido con ellos, cuando entre su potente cauce es frecuente ver pedazos de tiendas de campaña, lo que sorprende porque no es un elemento que forma parte de la cultura de los emberá, únicos pobladores de esa región selvática.

Fue en la orilla de este río donde Bárbara Enriques cuenta que vio por última vez a su madre Eneida Milián, de 81 años de edad. Ambas migrantes cubanas intentaban llegar, junto a su familia, a Estados Unidos, pero primero debían cruzar Darién. Su plan era llegar a Bajo Chiquito, primer pueblo de Panamá donde arriban los viajeros una vez pasan la frontera con Colombia, y desde allí viajar a Costa Rica.

Madre e hija habían caminado cuatro días por la densa jungla después de salir de Colombia acompañadas de hijos, nietos y algunos conocidos, por lo que su única intención era descansar aquel 22 de abril pasado. Cerca del río podían tener acceso a agua y alimento, lo que motivó que comenzaran a levantar tiendas de campaña a lo largo de la orilla, ya que anteriormente no había caído una gota de lluvia.

En fin, era una caravana de entre 80 y 100 personas que se hizo cerca de aquella corriente de agua, la cual en ese momento estaba tranquila. Semanas antes, Milián había adquirido cierta popularidad, pues era la migrante de mayor edad en un grupo de cubanos que había salido de Trinidad y Tobago, luego cruzó por la selva del Orinoco, en Venezuela, y había llegado al país vecino, Colombia. Ahora, frente a sí, tenía su próximo gran reto: el tapón de Darién.

La tragedia

Llegó la madrugada del 23 de abril y, a eso de las 5:15 a.m., Enriques siente un fuerte ruido, como cuando un “gran tren” se pone en marcha, pero en realidad era una potente corriente de agua que a su paso arrastraba sin contemplación lo que estuviera enfrente. Ambas mujeres y sus familiares fueron arrastradas.

Enriques dormía en una tienda de acampar con su esposo e hijo de 11 años. Mientras que Milián estaba con su nieto, Ronniel Quintana, de 25 años de edad, y su esposa, quien estaba embarazada. Precisamente, por este último motivo Quintana socorrió en primera instancia a su pareja, pero cuando intentó hacerlo con su abuela, ya había desaparecido entre la oscuridad de la madrugada y la confusión del momento.

Cuando todos lograron ponerse a salvo y una vez amaneció, la familia comenzó la búsqueda. Caminaron río abajo por tres días seguidos, pero nunca dieron con la abuela. Con lo que sí se encontró Enriques y que aún no logra borrar de su mente, es con la “gran cantidad” de cuerpos de migrantes muertos que vieron mientras exploraban el área.

Ronald Pierre desapareció en la selva junto a su esposa y dos hijos. Cortesía Expandir Imagen
Ronald Pierre desapareció en la selva junto a su esposa y dos hijos. Cortesía

“Podrían haber quizás 10 [cadáveres]. Lo que sucede es que yo iba muy mal y mi hijo y mi esposo no me dejaban ni acercarme. Ellos mismos revisaban [los cuerpos] y eso fue muy duro. Yo, hoy por hoy, no me recupero, solo pienso en la selva y en mi mamá, y de verdad que es una tortura lo que he vivido y estoy viviendo”, lamenta Enriques desde Paso Canoas, en Costa Rica, donde ahora está pidiendo refugio. No pierde la esperanza de que en algún momento lleguen noticias desde Panamá sobre el hallazgo de su madre.

Cuando vieron que los esfuerzos de búsqueda estaban siendo en vano, la cubana y sus allegados siguieron su camino, y luego de un día y medio de viaje llegaron a Bajo Chiquito, donde informaron de lo que había sucedido en esa trágica madrugada al Servicio Nacional de Fronteras (Senafront).

Lo mismo hizo después cuando llegó al albergue de La Peñita en Darién y también en el albergue de Los Planes, en Gualaca, Chiriquí, pero sin novedades.

Para esas mismas semanas llegó a La Peñita, Jeremy, un niño proveniente de Angola, junto a sus dos hermanos, quienes relataron que una gran corriente de agua se había llevado a su madre, pero que ellos habían sido salvados por otros migrantes que estaban en el sitio.

En este caso, el Estado, a través de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia, lleva a cabo diligencias para ubicar al padre de los niños, quien está en Estados Unidos, así como a otros familiares en Angola, donde pese a la enorme riqueza petrolera , casi dos tercios de los hogares rurales viven con menos de $1.75 diarios.

Una historia similar a la de Enriques y Jeremy llegó contando a La Peñita un hombre proveniente del Congo, quien detalló que el poderoso cauce del Turquesa se llevó a su esposa y dos hijos.

Estos últimos dos relatos constan en informes levantados por la Defensoría del Pueblo en Darién, institución que todas las semanas hace recorridos por los albergues para refugiados en esa zona.

Pero las desapariciones en la selva de Darién y que no forman parte de las estadísticas oficiales del Estado vienen ocurriendo hace varios años, cuando comenzó el gran flujo migratorio. De eso da cuenta Yolanda Camilus, una joven haitiana quien vive en Estados Unidos, y que la semana pasada se puso en contacto con La Prensa, para informar que su hermano Ronald Pierre desapareció mientras hacía este viaje junto a su esposa y dos hijos.

En palabras de Yolanda, su hermano, quien emigró de Haití a Ecuador, salió del país suramericano en 2016 rumbo a Estados Unidos. Hasta que llegó a Colombia todo marchaba bien y mantenían comunicación constante por medio de las redes social. Hasta que ingresó a la selva.

Pierre venía acompañado de algunos amigos, quienes salieron con él desde Ecuador, pero lo dejaron en la jungla cuando decidió, por cuenta propia, ayudar a otro migrante herido. Desde ese momento, Yolanda no sabe nada de él ni del resto de su familia.

“No tenemos noticias de él desde 2016. Si tienen información de mi familia, por favor compartan”, ruega la joven desde Estados Unidos.

Funeral de solemnidad

En medio de este escenario está el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses (Imelcf), entidad a la que corresponde evaluar los cuerpos de migrantes cuando ocurre alguna tragedia.

Para el director del Instituto, José Vicente Pachar, el tema es algo “complejo” porque en Darién solo cuentan con un forense para atender los casos, no solo de migrantes que fallecen, sino también de toda la provincia.

José Vicente Pachar Expandir Imagen
José Vicente Pachar

Cuando nadie reclama el cuerpo del migrante, que generalmente es lo que ocurre, se hace un sepelio de “solemnidad”. De hecho, el año pasado llevaron a cabo ese proceso para darle sepultura a seis migrantes que perecieron en su travesía, y este año hay cuatro cuerpos que aún permanecen en la morgue.

Sin embargo, Pachar reconoce que hay un “subregistro” de las defunciones en la selva que no están dentro de los datos oficiales. “Obviamente, esa es una actividad clandestina, por lo que cuando fallece, la persona es abandonada y un cuerpo en la selva se descompone en cuestión de días”.

Si el cadáver presenta un avanzado estado de descomposición y está en un área distante, el director detalló que muchas veces el Ministerio Público o los agentes de Senafront “dejan constancia del hallazgo” y entierran el cuerpo en el mismo lugar donde fue encontrado. Posteriormente, el médico forense y los peritos exhuman los restos.

“Hay restos humanos de migrantes en la selva que aún hay que investigar. La magnitud del problema sobrepasa nuestras posibilidades y hemos comenzado conversaciones con el Comité Internacional de la Cruz Roja, para que un equipo forense internacional verifique la selva. El objetivo final es identificar a estas personas y conocer la magnitud del problema”, informó.

Bárbara Enriques junto a su madre Eneida Milián. Cortesía Expandir Imagen
Bárbara Enriques junto a su madre Eneida Milián. Cortesía

Por su parte, el ministro de Seguridad Pública, Jonattan Del Rosario, aseguró que tienen una “importante” presencia en Darién, pero aclaró que no pueden descuidar los puestos de control en la frontera para salir en una operación de búsqueda, porque debido a las propias condiciones selváticas sería poner en “riesgo” la vida de los agentes de Senafront.

Su mensaje a los migrantes es que el país hará todo lo posible para garantizar sus derechos humanos, pero que estos acontecimientos trágicos deben ayudar para que entiendan que esa no es la ruta a seguir para alcanzar algún tipo de sueño.

Precisamente, esa fue la ruta donde se vio a Milián por última vez, la abuela de 81 años de edad que antes de ingresar a la selva de Darién dijo en Colombia, a los demás migrantes de la caravana, que no se quedó en Cuba porque no quería morir sola y que quería ver a su hija y nietos cumplir sus sueños. Darién fue su camino final.

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