ANIVERSARIo. 70 años de la bomba atómica en hiroshima

El horror que cayó del cielo

Para la mayoría de los estadounidenses, las bombas atómicas sobre Japón pararon la II Guerra Mundial. Historiadores dicen que no hacían falta.

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Junto al domo que se convirtió en monumento de la tragedia de Hiroshima, los japoneses encienden lámparas para honrar a las víctimas. Junto al domo que se convirtió en monumento de la tragedia de Hiroshima, los japoneses encienden lámparas para honrar a las víctimas.
Junto al domo que se convirtió en monumento de la tragedia de Hiroshima, los japoneses encienden lámparas para honrar a las víctimas.

¿Era necesario? La pregunta lleva 70 años haciéndose y es parte de un debate que persiste hasta el día de hoy.

Aquella mañana del 6 de agosto de 1945, el capitán Robert Lewis, copiloto del bombardero Enola Gay, un B-29 de la fuerza aérea estadounidense que acababa de lanzar la primera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, anotó en su diario, tras mirar la gigantesca nube en forma de hongo que se había formado: “¿Cuántos japoneses matamos?”. “Honestamente me cuesta encontrar las palabras para explicar esto. Dios mío, ¿qué hemos hecho?”.

Los datos fríos los registra la historia: una bomba de uranio-225 estalló a las 8:15 a.m. a 600 metros de altura sobre la ciudad, ardió a un millón de grados centígrados, matando de manera instantánea a cerca de 80 mil personas, en su mayoría civiles, y a otra cantidad similar en los días, semanas y meses sucesivos. Provocó un vasto incendio que consumió por completo el centro de la ciudad y causó graves daños en el resto de la urbe.

En Estados Unidos, hoy no hay mucho remordimiento. 56% de los estadounidenses encuestados en febrero pasado, por el Pew Research Center, dijo que arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki estaba justificado.

El 7 de diciembre de 1941, Japón, aliado de la Alemania nazi, y que avanzaba por toda la cuenca del Pacífico asiático como incontenible potencia invasora atacó, de manera sorpresiva, la base estadounidense de Pearl Harbour, en Hawái.

El ataque provocó una ola de indignación tan grande en Estados Unidos, que obligó al país a entrar de lleno en la Segunda Guerra Mundial.

Muchos estadounidenses creen en la versión oficial: la bomba lanzada el 6 de agosto de 1945 sobre Hiroshima y la de Nagasaki, tres días después, evitaron que Estados Unidos invadiera Japón, salvando cientos de miles de vidas de soldados estadounidenses y de civiles japoneses.

Sin embargo, para mediados de 1945, ya Japón estaba prácticamente vencido.

Hay historiadores, incluso en Estados Unidos, como Tsuyoshi Hasegawa, de la Universidad de California, que piensan que no fue la bomba la que forzó la capitulación del Ejército del emperador Hirohito el 15 de agosto, sino la declaración de guerra de la Unión Soviética contra Japón del 8 de agosto de 1945.

El padre Arrupe y Gabo

En América Latina, los eventos de Japón sonaban lejanos. Tal vez la excepción fuese Panamá, donde versiones militares señalan que los japoneses planeaban un ataque con submarinos contra la Zona del Canal, que no llegó a concretarse por el fin de la guerra.

Una de la voces que dio a conocer los horrores de la bomba de Hiroshima en este lado del mundo fue el sacerdote jesuita español Pedro Arrupe.

Después de la Segunda Guerra Mundial y tras 12 años en Japón, recorrió el mundo dando conferencias y así llegó a Bogotá, Colombia, donde un joven reportero de 22 años reproduciría una entrevista que le hizo en el diario El Espectador. Aquel muchacho era un tal Gabriel García Márquez.

Arrupe le contó a Gabo que Hiroshima, una ciudad de 400 mil habitantes, no había sufrido hasta entonces un solo bombardeo. No obstante, sus habitantes disciplinados acudían a los refugios cada vez que sonaban las alarmas. Aquella mañana también lo hicieron, pero volvieron a salir cuando se les avisó que ya no había peligro.

Arrupe, que se encontraba en el noviciado, a seis kilómetros del centro, de pronto vio “un resplandor como el de la bombilla de un fotógrafo”, le dijo a Gabo.

El jesuita le habló de un humo blanco y espeso que durante 10 minutos ocultó a la vista “el gigantesco e incontenible incendio que devoraba la ciudad”.

Arrupe supo que no se trataba de un incendio corriente cuando vio a tres mujeres jóvenes, abrazadas, que con el cuerpo en carne viva surgieron de los escombros.

HOY

70 años después Japón se ha convertido en una nación que, en lugar de venganza, se abocó a sacar lecciones de la guerra, reconstruirse y honrar a los fallecidos, así como a tratar las secuelas que en miles de personas dejó la radiación. (Con servicios internacionales)

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