[RETOS DEL PENSAMIENTO]

Ejemplos más allá de las leyes

El concepto de la ejemplaridad pública, sistematizado por el pensador Javier Gomá, abre un debate de ideas en tiempos de descrédito institucional.

La ejemplaridad ha merodeado durante siglos por los códigos, aunque sin ser definida por ellos. Ha navegado las orillas de la filosofía, pero sin ser tratada específicamente en los manuales. Hasta que el filósofo Javier Gomá le consagró un ensayo entero: Ejemplaridad pública (Taurus). Fue hace dos años. El libro tuvo su repercusión entonces, pero es ahora cuando todos parecen decididos a agarrarse a la idea como a un clavo ardiendo: políticos de todos los ámbitos e ideologías, la monarquía y otras instituciones lo reclaman como una necesidad, como una exigencia en tiempos de juicios por corrupción, de voluminosos sumarios por malversación donde los buenos ejemplos no abundan precisamente.

Pero, ¿no será este un concepto demasiado difuso? ¿Una aspiración que vive más en las intenciones y las acciones que en la realidad? “La ejemplaridad está un paso por encima de la ley”, asegura Gregorio Peces-Barba, que fue presidente del Congreso de los Diputados y es uno de los padres de la Constitución. “Todos los ciudadanos con responsabilidad pública están sometidos a la ley y al derecho, pero por encima de eso existe, además, un cuidado y una exquisitez que es lícito demandar en las formas”, añade el político socialista.

“Más ejemplos y menos leyes”. Es lo que propone Gomá. Quizás lo haga en un arrebato idílico, pero sin duda necesario. Deseable. Aunque, aclara, que el concepto que formulado por él, no se refiere solo a cargos públicos, ni afecta únicamente a las élites. No es aristocrático; es democrático. “Y está secularizado. Va en contra de lo que proponía José Ortega y Gasset en su Rebelión de las masas. No se concentra en una minoría de lo que él podía considerar elegidos como los mejores. Vivimos en una red de influencias mutuas y por tanto todos somos ejemplares para todos”. Nadie debe escapar a esa telaraña. Todos estamos atrapados en ella.

La ejemplaridad tiene que ver, sencillamente, con eso tan difícil que resulta inspirar confianza. “Debe ser un estímulo persuasivo, no coercitivo”, añade Gomá. En ese sentido, resulta curiosa esa avalancha de biografías y autobiografías que pretenden convencer a los electores con palabras (letras, en este caso), antes que con hechos. De Obama a Rajoy, hoy un líder no es líder si no se le santifica con un libro. “En esto, ese género ha sustituido a los programas políticos, como tampoco es casualidad que la de Rajoy se titule En confianza”, asegura Gomá.

Con la ley no basta. Porque en ella, ya se sabe, está la trampa, como se puede observar en los juicios a los que asistimos estos días. Tampoco la confirmación del sometimiento a la justicia resulta suficiente cuando se trata de instituciones como la monarquía. El ejemplo exige más, a juicio del filósofo José Luis Pardo. “En un Estado democrático, todas las altas instituciones, además de ejercer su función, son vistas como símbolo y ejemplo del Estado mismo, y por tanto quienes las representan parecen estar sometidos, no solamente a la ley positiva, sino también a una suerte de aprobación moral suplementaria”.

En el caso de la monarquía, en medio del caso Urdangarin y de ajustes contables, resulta una cuestión de legitimidad, cree Pardo. “Cuando actúan de forma poco ejemplar, y aunque no lleguen a infringir ninguna norma, perjudican a la institución a la que representan. El caso de las monarquías constitucionales tiene todavía un plus de sensibilidad en este sentido, porque se trata de una institución cuyo origen es anterior a la soberanía popular y que justamente apoya toda su legitimidad en esa función de símbolo y ejemplo del Estado. La falta de ejemplaridad, pues, no está castigada por la ley, pero en este caso se lesiona mucho más que en ningún otro”. La corona solo tiene una función para Pardo: “Ser símbolo y ejemplo (que es el único resto que retiene de sus viejos privilegios históricos), de manera que cuando esta se resiente, es la institución misma la que resulta dañada en su totalidad”.

Pese a que viste ropajes morales, la ejemplaridad genera un rechazo por algunos sectores de la ciudadanía. Muchos votantes no desean ensalzar figuras cuya virtud se pueda admirar, sino que se conforman con referentes fieramente humanos. ¿Cómo explicarse si no, casos de fidelidad como la de los italianos a Berlusconi, ejemplo de tergiversación y manipulación de la ley hasta extremos histéricos, o últimamente el de Francisco Camps, en Valencia?

El pensador Reyes Mate, autor entre otros estudios sobre la memoria de Luces en la ciudad democrática, cree que es un concepto resbaladizo: “La ejemplaridad tiene dos lecturas, una buenista y otra crítica. El ciudadano expresa buenos sentimientos hacia lo excelente, espera la virtud, ser mejor que la media, es una admiración dominada por una servidumbre voluntaria. Todavía tiene algo de aristocrático eso de dar ejemplo, pero, en realidad, muchos prefieren identificarse con otros que no lo dan”.

La propuesta de Gomá es totalizadora. Cicerón la definía como una uniformidad de vida. En este sentido, lo público y lo privado deben convivir, según el ensayista. “Existen múltiples ejemplos de la vida pública que tienen su explicación en lo privado. A lo mejor un ciudadano o un cargo cumplen la letra de la ley, pero no su espíritu hasta un punto que sus acciones puedan resultar repugnantes para la sociedad”.

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