Biología

Paleontología robótica: ‘Orobates pabsti’

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Si hace un par de semanas, recién estrenado el año, se habló en esta columna del nivel alcanzado por la robótica, con muñecas destinadas a satisfacer las ansias de quienes no saben o no se atreven a utilizar los cauces tradicionales de seducción, no cabía imaginar que el paso siguiente iba a ser el de reconstruir un animal del pérmico inferior —de hace cerca de 300 millones de años—, el Orobates, que representa la transición desde los ancestros compartidos por anfibios, reptiles mamíferos y aves, los tetrápodos, hacia los animales terrestres.

La revista Nature ha dedicado su portada del número del 17 de enero al robot diseñado por John Nyakatura, investigador del Instituto de Biología de la Universidad Humboldt de Berlín (Alemania), y sus colaboradores para recrear un Orobates pabsti. Que yo sepa, es la primera vez que alguien construye un robot capaz de asemejarse a un fósil. Y la razón de hacerlo es la de observar la manera como se movían los primeros colonizadores de los territorios terrestres. Dicha colonización fue posible gracias al huevo amniótico, que contiene en su interior el agua necesaria para que el nuevo ser se desarrolle lejos de charcas, lagos, ríos o mares. Pues bien, ¿de qué manera se desplazarían los amniotas por el terreno seco?

Se dispone de ejemplares fósiles completos de uno de los primeros amniotas, el Orobates pabsti, asociados además al rastro que dejaron en el suelo al desplazarse. Con esa información que relaciona características anatómicas y funcionales, Nyakatura y colaboradores crearon modelos cinemáticos que corresponden al modo de andar de aquellos cuadrúpedos que lograron aventurarse fuera del agua. Eligiendo los más plausibles, construyeron el robot. Capaz de caminar como se supone que lo hicieron los orobátidos. Los autores sostienen que sus resultados indican un grado notable de desarrollo en la locomoción de los tetrápodos del pérmico inferior. Esa forma de caminar por medio de una biomecánica relativamente avanzada se creía que había sido posterior. Al retrasarla en el tiempo, se sitúa en una época anterior a la diversificación de los vertebrados amnióticos, y en concreto a la que afecta a reptiles y aves.

Semejante conclusión, aun siendo hipotética, pone de manifiesto lo compleja que tuvo que ser la evolución de los vertebrados terrestres, si comparamos las diferencias que se observan hoy en la locomoción de cada lado. Y obliga a precisar el sentido de lo que supuso el abandono de la tetrapedia para pasar a la bipedia. Tanto las aves como los humanos somos bípedos, pero a ese rasgo funcional compartido se llegó por medio de procesos biomecánicos muy diferentes. Hoy día sigue siendo cierta la afirmación de Dobzhansky: nada tiene sentido en la biología al margen de la evolución. Nyakatura y colaboradores nos permiten entender un poco mejor la filogénesis de la marcha.

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