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Cultura cinematográfica

El discreto encanto de la matiné

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Dicen que las salas de cine están condenadas a desaparecer porque las nuevas generaciones lo ven casi todo en sus teléfonos móviles o en sus iPads. Es una realidad que ya se palpa en cines semivacíos, pues son cada vez más los que prefieren ver películas en dispositivos portátiles o en la comodidad de la casa, donde un filme de estreno no se distingue de una serie de televisión.

Hoy en día es común encontrar a pocos espectadores desperdigados en sillones mullidos. Ya la experiencia de ir al cine no es como hace años, cuando se hacía cola para ver el último estreno y en el teatro no había ni una butaca vacía. Contrario a como cabía esperar de una experiencia colectiva, las tardes de cine pueden convertirse en momentos de soledad, en los que un puñado de perfectos desconocidos no alcanza a llenar con sus risas o sus emociones la atmósfera del recinto.

A pesar de los malos augurios que pesan sobre el futuro del celuloide, con el paso del tiempo, lejos de perder el entusiasmo juvenil por el séptimo arte concebido para una gran pantalla, hoy más que nunca busco ese espacio extrañamente íntimo en la oscuridad de la sala. Y si antaño la sesión de los sábados en la noche era mi favorita (incluso la llamada sesión “golfa” de la madrugada), ahora lo es la matiné de fin de semana: esa franja de la una o las dos de la tarde, cuando la mayoría de las personas está de compras o aprovechando la luz del día para pasear.

De toda la vida la matiné ha atraído a quien prefiere la quietud de la penumbra mientras el resto pulula en las calles. Es una sesión que inevitablemente me lleva hasta la céntrica calle madrileña de Bravo Murillo, cuando mi padre me llevaba al cine Cristal o al Europa; ahí, en un anticuado recinto con butacas raídas y olor a rancio, veíamos musicales como El violinista en el tejado, Oliver o Melodie. Un chiquillo, Mark Lester, era la estrella revelación y mi corazón infantil latía por aquel ídolo juvenil cuya fama se diluyó al hacerse mayor.

El cine de matiné también marcó la etapa adolescente, cuando escapábamos del aula para aprovechar la sesión del mediodía, en la que las salas de “arte y ensayo” ofrecían sesudos filmes extranjeros con subtítulos. Fueron los años de la educación sentimental con Truffaut, Godard y Rohmer. También los de la decadencia de Visconti y de Pasolini. O películas densas de Europa del este como Cuerno de cabra que, a pesar de su pasmosa lentitud, ocupó durante meses la cartelera. Eran los tiempos en los que salas minúsculas eran templos para jóvenes cinéfilos.

Fueron en aquellas matinés donde los primeros amores brotaron con la misma intensidad con la que Belmondo y Jean Seberg se besaban en Al final de la escapada; Marlon Brando seducía a una jovencísima María Schneider en El último tango en París; o los divinos Helmut Berger y Romy Schneider encarnaban el crepúsculo aristocrático en Luis II de Baviera. Tiempos lejanos en los que un romance de juventud se sellaba viendo nada menos que Sacco y Vanzetti. Todo un coctel de amor, política y cine.

De aquel entonces perduran los recuerdos de sensaciones, sueños y sentimientos que se fraguaron al filo de la tarde y al calor de aquellas apretadas salas. El cine aprés midi es una historia de amor en sí misma. Una pasión adolescente que resiste la gradual inercia y falta de curiosidad que parecen ganar terreno con la edad. Dejarse deslumbrar hasta el final por el arte de la vida en movimiento.

Hay quienes no conciben ir al cine si no van acompañados. Para mí, en cambio, la hora mágica de la matiné es ideal a solas. Una escapada que evoca cuando hacíamos novillos para saltarnos el tedio de las clases. Ese deambular solitario por la ciudad para acabar en el refugio de los minicines de la calle Fuencarral o de Bellas Artes. Un ciclo de Claude Lelouch. La nueva cinta de los hermanos Taviani. O un extraordinario Scorsese, que ya sobresalía con Mean Streets. Ese paréntesis de esparcimiento. Lo que el recordado cantante Antonio Vega llamó “el sitio de mi recreo”. Así es la hora de la matiné.

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