PAULO COELHO

Viajar después de muerta

RUTA. Siempre pensé en lo que sucede cuando esparcimos alguna porción de nosotros mismos por la Tierra. Ya me corté cabellos en Tokio, uñas en Noruega, vi correr mi sangre de una herida al subir una montaña en Francia. En mi primer libro

Un día leí en el diario francés Le Figaro un artículo de Guy Barret sobre un caso real acontecido en 2001, cuando alguien llevó hasta las últimas consecuencias esta idea. Se trata de la americana Vera Anderson, que pasó toda su vida en Medford, Oregón. Siendo ya de edad avanzada fue víctima de un accidente cardiovascular, agravado por un enfisema de pulmón, lo que la obligó a pasar años dentro de un cuarto, siempre conectada a un balón de oxígeno. Esto en sí ya es un suplicio, pero en el caso de Vera la situación era aún más grave porque había soñado con recorrer el mundo y había guardado sus ahorros para hacerlo cuando estuviera jubilada.

Vera consiguió ser trasladada a Colorado, para poder pasar el resto de sus días en compañía de su hijo Ross. Allí, antes de hacer su último viaje tomó una decisión. Ya que nunca había podido ni siquiera conocer su país, viajaría entonces después de muerta. Fue a ver al notario local y registró el testamento de la madre: después de morir le gustaría ser incinerada. Sus cenizas debían ser colocadas en 241 pequeñas bolsitas que serían enviadas a los jefes de los servicios de correos de los 50 estados americanos y a cada uno de los 191 países del mundo – de modo que por lo menos una parte de su cuerpo visitara los lugares que siempre soñó.

En cada envío, Ross incluía una pequeña carta donde pedía que dieran digna sepultura a su madre. En los cuatro rincones de la Tierra se creó una silenciosa cadena de solidaridad, donde simpatizantes desconocidos organizaron ceremonias y ritos diversos, siempre tomando en cuenta el lugar que a la fallecida señora le hubiera gustado conocer.

De esta manera las cenizas de Vera fueron esparcidas en el lago Titicaca, en Bolivia, siguiendo las antiguas tradiciones de los indios aymara; en el río que pasa frente al palacio real de Estocolmo, en las márgenes del Choo Praya en Tailandia, en un templo sintoísta en el Japón, en los témpanos de la Antártida, en el desierto del Sahara. Las Hermanas de la Caridad de un orfanato en la América del Sur rezaron durante una semana antes de esparcir las cenizas por el jardín, y después decidieron que Vera debería ser considerada una especie de ángel de la guarda del lugar.

Ross Anderson recibió fotos desde los cinco continentes, de todas las razas y culturas, mostrando a hombres y mujeres en el acto de honrar el último deseo de su madre. Cuando vemos un mundo tan dividido como el de hoy, donde pensamos que nadie se preocupa por los demás, este último viaje de Vera Anderson nos llena de esperanza al saber que aún existe respeto, amor y generosidad en el alma de nuestro prójimo.

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