¿De dónde es tu abuela?

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Qué coraje y belleza más grandes el de esta nieta de panameña: Manuela Saenz Aispuru. Aguerrida en el combate del amor y en el combate real. Fue la esposa del Libertador durante los últimos siete años de él (de 1823 a 1830. Él falleció el 17 de diciembre de 1830). El mariscal Antonio José de Sucre vio cuando se fajaba a tiros contra los enemigos españoles, ayudar a heridos, cabalgar en la línea de frente. Y la nombró coronela y hoy el Ejército de Ecuador la recuerda con el rango de generala. Se enfrentó a la muerte en la batalla de Ayacucho, en 1824.

Murió el 23 de noviembre de 1856 en el puerto de Paita, Perú, víctima de la peste (difteria), pobre, inválida, pero desbordante en dignidad, con su alma gigantesca.

En nuestra ciudad su padre, Simón Sáenz, la casó con un comerciante inglés, James Thorne, quien se la llevó a vivir a Lima, donde empieza su conspiración contra el virreinato de Perú.

En los años turbulentos de las guerras de la Independencia, a muy pocas mujeres les cupo un papel protagónico. Sobresale la formidable personalidad de la inteligente colaboradora y compañera de Simón Bolívar, que llegó a merecer cabalmente que este la llamara “la libertadora del Libertador”.

Pero en 1822, después de la victoria, sus esfuerzos y su valor se vieron recompensados: fue una de las 112 damas de Lima que recibió, por decisión del general San Martín, la Orden del Sol, la más preciada condecoración de la Sudamérica liberada.

De Lima se trasladó a Quito, justo a tiempo para presenciar la entrada triunfal de Bolívar.

Fue en el gran baile de la Victoria, celebrado en casa de Juan de Larrea el 16 de junio de 1822, donde se encontraron por primera vez la señora de Thorne y Simón Bolívar. Allí empezó todo. Bolívar quedó cautivado: el altivo porte de Manuela, la elegancia de sus vestidos y de sus movimientos, su lenguaje, su rapidez para la réplica aguda, sus juicios lapidarios sobre los miembros de la sociedad quiteña.

Su entrega total a la persona y al ideal de Bolívar quedó demostrada la famosa noche de septiembre de 1828, en Bogotá, cuando, sable en mano, hizo frente a las pistolas y cuchillos de los conspiradores que iban a matar al prócer. Su arrojada conducta dio tiempo a este para ponerse a salvo, organizar la represión y regresar luego a abrazarla y decirle conmovido: -“Manuela, mi Manuela, eres la libertadora del Libertador”.

Poseía una intuición infalible para detectar a los enemigos ocultos.

En 1830, al morir Bolívar, Manuela intentó suicidarse, pero aún le quedaban muchos años de vida desdichada. Desterrada sucesivamente de Colombia y de Ecuador, acabó como vendedora de tabaco en Paita, puerto del norte peruano. Inválida desde 1847, no pudo escapar cuando una epidemia de difteria asoló la región en 1856. El 23 de noviembre de ese año sus restos fueron arrojados a la fosa común, y sus papeles -la voluminosa correspondencia con el Libertador- ardieron en la fogata encendida por el Cuerpo de Sanidad.

Un amigo de ella llegó a rescatar una hoja ennegrecida donde aún podía leerse: “El hielo de mis años se reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti, no puedo privarme voluntariamente de mi Manuela”.

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